Empujar
Columna semanal
El disparador
Isidoro Reyes saca un número apenas ingresa al banco. Camina unos metros y en la sala de espera se encuentra con una veintena de personas. De pie, observa a la gente que, un tanto inquieta, aguarda su turno. Escucha que alguien resopla y murmura algo pero no identifica quién. Se da media vuelta, como regresando hacia la entrada; pero enseguida vuelve sobre sus pasos y se dirige hacia a un asiento vacío, en la primera de las seis filas, que están todas ocupadas.
Reyes abre el libro que lleva consigo y lee: “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo…”
-¡¿Qué pasa en caja?! -grita alguien y resuena en la sala. Reyes se da vuelta y ve a un hombre, de unos sesenta años, con una barba blanca y tupida. El hombre, de la voz ronca, potente, está echado en diagonal sobre su asiento, con las piernas estiradas, el codo en el apoyabrazos y la mano derecha aguantando el peso de su mentón.
-Están atendiendo, señor -responde una vocecita suave, algo temblorosa, que emerge detrás de una mampara de vidrio esmerilada, donde se mueven los ejecutivos de cuenta del banco. Solo se ven sus siluetas.
-Sí, de a uno atienden, ¡una caja sola! Un día voy… -protesta el hombre, que bufa y mira el suelo. En la sala no vuela una mosca. La mayoría de la gente mira hacia el cartel luminoso, a la espera de su turno.
Reyes retoma su libro. “Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal…”.
-¡Qué banco pedorro! -suelta el hombre de barba, que se pone de pie y dos segundos después se vuelve a sentar. A su alrededor se genera un murmullo, se amontonan las quejas: “Hace media hora que no pasa una persona”; “¿A nadie le importa que esperemos como ganado?”; “Nos damos cuenta de que esto es una vergüenza, pero nadie dice nada”; “¿Por qué nadie dice nada?”; “Por suerte el señor les recriminó algo… Al menos se saca la bronca usted, ¿no?”.
-Un día voy a sacarme la bronca en serio con estos tipos… -dice el hombre, que parece entre sereno y pensativo; se rasca la barba, mirando un punto fijo hacia donde están las cajas, como si estuviera meditando una decisión. O al menos eso imagina Reyes, de forma deliberada, mientras se pregunta si la queja puede ser eficaz al punto de modificar algo lo cotidiano.
-El teléfono por favor. No puede usarlo acá -le advierte un señor de la seguridad privada a un joven sentado dos asientos más allá que el barbudo.
-Atiendan, por favor. Eso debería decir usted -interviene el barbudo. El señor de seguridad, inexpresivo, no responde y se aleja.
-En lugar de vigilar acá, podría mirar que pasa ahí adentro, en las cajas… ¿Se fueron todos al baño o qué? -insiste el barbudo. El murmullo general crece más que antes. Un par de personas se paran. A estos se suman los que siguen llegando al banco. Un sonido convoca la atención de todos. El cartel luminoso indica: M38, Caja 3. Uno que está al lado del barbudo pasa. Suena otra vez: N34, Caja 2. Pasa otro. Suena otra vez: J70, Caja 1. Pasa el barbudo. La sala de aquieta, la gente sigue pasando, Reyes retoma su libro: “…como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera…”. Sonido, cartel, su turno.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com