En el pequeño productor está la clave para que se mantenga la actividad

Ángel Spampani, uno de los pocos pequeños productores frutícolas que quedan en pie en el Valle, recuerda su llegada a la zona y explica su secreto para mantenerse en el mercado.



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Spampani en lo suyo, rodeado de árboles frutales en la chacra.

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Su inseparable compañero, el Rastrojero que utiliza para repartir la fruta entre sus clientes.

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La fruta que produce Ángel muestra los rigores del tiempo.

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Para el productor Ángel Spampani “la chacra es mi libertad”

Un rastrojero verde impecable con el que reparte la fruta que produce y unas ganas de laburar la chacra de las que ya se ven poco son la carta de presentación de Ángel Marcelo Spampani, de profesión productor, y a punto de cumplir 80 años.

Nacido en Italia, llegó al Valle en el año 1939. Precisamente el 17 de agosto de ese año, acompañado de su padre, su madre y su hermana, la familia hacía base en una casa de adobe para trabajar en una chacra plantada con viñas ubicada en la zona de Stefenelli. Traían sólo eso, ganas de hacer, y vaya si pudieron.

“Mi mamá casi no trabajó en el viaje de Italia a Argentina, porque yo era el único nene en el barco (tenía un año de edad) y fui el juguete de los marineros que me enseñaron a caminar”, rememora de aquel momento según le contaron luego.

¿Cuál fue la razón del desarraigo?, “Trabajar, mi papá vino a trabajar la tierra, en los años 30 acá había mucho laburo y poca gente para realizarlo. Mi viejo estaba en un vivero en Italia, pero acá estaban unos parientes de mi mamá que escribían y les pedían que se vengan”.

El 17 de agosto del 39 llegaron y “el 18 mi papá ya estaba podando viñas”, cuenta Ángel. Pero ese fue sólo el comienzo. Luego vinieron otras chacras y ya en mejores condiciones laborales.

Desde Stefenelli se mudaron a Guerrico. “Los Frank le ofrecieron llevarlo de encargado a Guerrico a una chacra que habían comprado contra la costa del río y allá fuimos, en esa época era la última chacra trabajada que daba al curso de agua”, recuerda el productor.

Después de ahí el doctor Félix Navarre, que era el médico de cabecera de la familia y tenía una chacra en Canale al fondo “le ofreció a mi papá trabajarla a medias y nos volvimos a mudar. Ahí yo iba a la escuela 35 de Cuatro Galpones donde terminé sexto grado. Soy la segunda promoción de sexto de esa escuela”, dice orgulloso. El último periplo fue cuando marcharon a trabajar con Roberto Belloni, frente a la escuela 35, chacra en la que su padre estuvo 22 años hasta que terminó su actividad laboral.

Pero cuando el protagonismo golpeaba a la puerta de Ángel, una alergia lo alejó de las chacras durante 8 años en los que fue... comerciante.

Lo recuerda así: “Fui uno de los primeros pacientes del doctor Pojarni cuando llegó a Roca, probó la máquina de rayos X conmigo, la armó adelante mío. Él le dijo a mi viejo que era conveniente que me sacara de la chacra porque me iba a ir mal con la salud. Ahí a los 18 años me tuve que ir, porque me metía adentro del monte frutal y a la noche no podía dormir por la alergia”.

“En Roca encontramos a Bertuzzi (comerciante) que nos dijo que su hijo vendía el negocio, ubicado la esquina de calles Villegas y Neuquén donde hoy hay una casa de pastas, que en ese entonces se llamaba El Hornero. Ahí me inicié en la actividad y estuve trabajando como negro 8 años. Aprendí muchas cosas, una de ellas es que como comerciante uno es un esclavo, y a mí me gusta la libertad”, explica convencido de la experiencia adquirida.

En ese negocio Ángel vendía de todo: yerba, azúcar, alpargatas, camisas, pantalones, agujas, palas, ollas, verdura, fruta... “¿Quiénes me llevaban la verdura?, Eduardo Diniello, Abdala, Raimondo, ellos recibían la verdura que venía del mercado de Abasto en tren, la manzana también venía del mismo lugar”, cuenta de aquellos años.

En esa época, dice Ángel “yo conocía a Liguori, que cuando tenía cuatro años me enseñaba a embalar fruta en la chacra de Frank, y le pedí que me vendiera manzanas y me dijo que no porque eso venía todo del Abasto, fijate qué locura, la manzana que se embalaba acá en Liguori iba al Abasto en Buenos Aires, y de allá volvía al Valle para que nosotros la vendiéramos”.

¿Por qué pasaba esto? Porque acá no había frigoríficos, no había forma de mantener la fruta una vez cosechada.

Nuevo intento productivo

Como el comercio no era el fuerte de Ángel por eso de la pérdida de la libertad, surgió una vez más la opción de la chacra. El regreso lo plantea así: “opté por ver si lo que había dicho el doctor Pojarni era cierto”.

Así fue como junto con su hermano consiguieron 6 hectáreas de campo abandonado, sin plantación. “Sólo yuyos, rebrotes de olivillo y tamarisco. Era un campo donde el dueño criaba animales”, recuerda.

“Ahí hicimos todo, arrancamos de cero emparejando con mi hermano. A raíz de los problemas que tenía con la fruta en el negocio que tuve, me di cuenta que hacía falta que un productor trajera los productos de temporada, porque cuando estaba en el negocio venía uno con dos cajones de damascos, otro con un cajón de duraznos, y no había una continuidad porque no tenían producción. Hacia falta un abastecedor de productos de acá en temporada, entonces dijimos: vamos a hacer la chacra con un popurrí de fruta para vender en nuestro mercado y salimos del otro donde entregamos la producción y no sabemos cuándo cobramos, porque lo que pasa hoy ya pasaba en aquella época”, comenta Ángel sobre la decisión de la comercialización propia. Una decisión que aún mantiene por estos días, el reparto personal comercio por comercio.

“En mi chacra plantamos manzanas, peras, duraznos, higos, pelones, ciruelas, nueces. En la fruta que se pudo pusimos distintas variedades para que maduren en diferente época. Hubo un intento con uvas para vinificar y para consumo en fresco, pero como necesitábamos mucha gente para los trabajos y no conseguimos personal capacitado optamos por sacar la viña y poner pasto. Un vecino se encarga de enfardar y se cobra con el mismo producto, si enfarda 100 se lleva 60 y nos deja 40, lo único que hacemos es regar. Y como ya estamos con edad avanzada o “pasados de estudio como decimos nosotros” ya hay varias cosas que dejamos de hacer”, explica entre risas Ángel.

Spampani tiene 40 clientes que “recorro dos o tres veces por semana, vendo toda la producción durante todo el año. En invierno vendo manzanas y peras que tengo guardadas en frío”.

Los del año que viene

Las picardías en la comercialización de fruta no son una exclusiva de esta época. Si no que lo diga el propio Spampani cuyo padre ya lo vivía en carne propia.

“Mi papá decía siempre “el año que viene no me van a joder”. Pero siempre lo embromaban con el descarte, con la forma de pago, lo escuché durante los cuarenta años que estuvimos juntos. Y yo le decía: viejo, el año que viene no te van a joder en esto, pero te van a joder en otra cosa. Fue cuando dije que nosotros los productores somos “los del año que viene”. Cae una helada y qué decimos: bueno, vamos a ver si el año que viene tenemos mejor suerte. O viene el comerciante y se lleva la fruta y qué decimos: Me cagó este, pero el año que viene no me agarra más...”, y así vamos pasando los años y quedando los productores en el camino”.

“El valle frutícola se hizo con el trabajo de los pequeños productores, y los gobiernos no han sabido o no han querido cuidarlos”.

La pérdida del tren y la cultura del trabajo

La visión de la actividad frutícola y la importancia del pequeño chacarero en todo este andamiaje resultan clave en lo que sería el ideal productivo para Ángel Spampani. Y lo fundamenta: “Si vos tenés una empresa que maneja 100 hectáreas, esta tiene tres tractores y sus tractoristas, dos máquinas para curar, una rastra de discos, una desmalezadora, un encargado y dos o tres peones, un total de 6 o 7 personas. Si esa chacra la dividís en 10 de 10 hectáreas tenés 10 chacareros, 10 tractores, 10 tractoristas, 10 máquinas de curar, 10 rastras, 10 encargados de chacra... se multiplica el trabajo. Nuestros gobernantes nunca tuvieron esto en cuenta, siempre dijeron que lo importante eran las grandes extensiones. Hoy vos tenés esas 100 hectáreas abandonadas, pero si hubiera estado repartido, aunque algún productor se hubiera caído tendrías a los otros 9 trabajando”.

Su idea de comercio

“Para que una chacra rinda, todo depende de cómo se trabaje. Si pongo una planta de manzana, a los cuatro o cinco años tengo fruta. Ahora, ¿para qué tengo esa fruta? Para venderla... ¿A quién? Mercado sobra, pero tengo que venderla yo. Si se la doy a un comerciante, él hace su negocio, pero el negocio mío lo tengo que hacer yo... y esto es lo que no se entendió en la generalidad de los chacareros”.

El futuro

“Respecto de sus expectativas para el sector, Spampani tiene su teoría y la explica así: “Todavía van a desaparecer unos cuantos productores, todos aquellos que han cerrado el círculo van a seguir, los que no lo hicieron se van todos, el año que viene o el próximo, es cuestión de tiempo”.

Datos

“Los productores no quisimos agarrar el tren infinidad de veces”, dice Ángel. Y explica: “En el año 50 más o menos, Juan Domingo (Perón) compra los ferrocarriles y con ellos venían los galpones de la FD que eran parte del ferrocarril. Se crea en ese momento el IAPI para la comercialización de la fruta del valle. Vinieron varios técnicos a recorrer las chacras, dieron algo de dinero y se llevaron la cosecha. Estando acá entregaban plata, pero cuando se fueron no pagaron más. Al año siguiente volvieron con la promesa de pagar y volvieron a llevarse la fruta. Los productores tendrían que haberle dicho entonces al gobierno que ellos iban a manejar la comercialización, pero no lo hicieron. Por eso perdimos el tren”.

“¿Si hubo años buenos para la fruta? Muy buenos... En la década del 50 o del 60 la fruta que hacíamos iba al galpón y teníamos un 2 ó 3% de descarte. Eso cambió porque no tenemos responsabilidad. Antes la gente no tenía tanto estudio, pero era más responsable. Iban a ralear o a podar y lo hacían; hoy podan la mitad de la planta, ni las ramas secas le sacan”. Y cierra así: “Hemos perdido la cultura del laburo, y eso no se recupera de un día para otro, ni en este gobierno ni en el que viene”.

Ángel Spampani, en una férrea defensa de los productores pequeños.

Datos

“El valle frutícola se hizo con el trabajo de los pequeños productores, y los gobiernos no han sabido o no han querido cuidarlos”.
6
hectáreas con frutas y el agregado de pasturas es el capital que hoy sustenta a los hermanos Spampani.
40
negocios aproximadamente conforman la cartera de clientes de este productor.
16
años ininterrumpidos estuvo Spampani al frente del Consorcio de Riego y Drenaje de General Roca, de donde se retiró en el 2011.

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En el pequeño productor está la clave para que se mantenga la actividad