En picada
Tal vez sea prematuro declarar la muerte de Aerolíneas, pero aun cuando se supere el actual conficto surgirá otro igualmente rencoroso.
En comparación con virtualmente todas las otras empresas públicas de los años premenemistas, Aerolíneas Argentinas era considerada relativamente eficiente: tuvo que serlo porque a diferencia de las demás competía en el mercado internacional y, de quererlo, en muchas rutas los usuarios podían optar por otra compañía. Por eso, era razonable suponer que una vez privatizada Aerolíneas estaría en condiciones de prosperar pero, por desgracia, esto no ha sucedido, de suerte que es posible argüir que venderla fue un error.
Después de todo, mientras que pronto resultaría evidente que los servicios brindados por las sucesoras de Entel y otras empresas similares eran muy superiores a los prestados por el Estado, el que Aerolíneas ya se hubiera visto obligada durante mucho tiempo a medirse con sus equivalentes de los países más avanzados supuso que los cambios inmediatos serían escasos. Además, la empresa que se encargaría de manejarla, Iberia, no sólo era estatal sino también notoria por lo mala que era la relación de los gerentes con los pilotos y otros empleados. Así las cosas, no extraña que a partir de su venta la trayectoria de Aerolíneas haya sido tan accidentada, ni que en la actualidad corra peligro de quebrar de una vez y para todas.
A pesar de las negociaciones de último momento que continuarán y de los esfuerzos oficiales por esgrimir argumentos políticos con la esperanza de presionar así al gobierno español que, a través del holding estatal SEPI -la Sociedad Estatal de Participaciones Estatales- podría aportar más dinero, a esta altura lo más probable es que Aerolíneas comparta el destino de Viasa, la empresa venezolana que cayó en bancarrota luego de ser abandonada por Iberia. Por muchas razones, tal desenlace constituiría un golpe muy duro. No sólo sería cuestión de la pérdida de la aerolínea de bandera cuya mera existencia fue motivo de orgullo para muchos, sino también de que su eventual desaparición serviría para intensificar todavía más la sensación generalizada de que el país está rodando irremediablemente cuesta abajo.
Por cierto, no sería fácil concebir un peor momento para el conflicto que se ha desatado. El clima imperante ha incidido de manera muy negativa en la actitud de los empleados de Aerolíneas, de los cuales los más politizados se creen militantes de una campaña continental, cuando no mundial, contra «la globalización», mientras que la debilidad patente del gobierno del presidente Fernando de la Rúa ha hecho más intransigente a su homólogo español, que ya se ha granjeado una reputación europea poco envidiable por su escasa voluntad de tomar en cuenta los intereses ajenos.
Puede que todavía sea prematuro declarar muerta a Aerolíneas, pero en los días últimos los vinculados con las negociaciones parecen haber llegado a la conclusión de que aun cuando se logre superar el conflicto actual pronto surgirá otro igualmente rencoroso, hasta que los españoles decidan no aportar un solo centavo más. Si esto ocurre, los directivos y, según parece, el gobierno delarruista también responsabilizarán a los combativos sindicatos locales, mientras que éstos atribuirán la liquidación de la empresa a la insaciabilidad de los financistas y a la prepotencia de los españoles. Sin embargo, aun cuando haya sido comprensible la resistencia de los gremialistas a aceptar el plan de «racionalización» propuesta por la SEPI que implicaría el despido de más de 400 empleados, no podrían salir airosos de un conflicto en el que la otra parte considera la bancarrota una alternativa perfectamente válida. Si se tratara de un enfrentamiento entre Iberia y los gremios españoles, la posición del gobierno sería sin duda alguna muy distinta -al jefe del gobierno José María Aznar no le haría ninguna gracia el colapso de la línea aérea nacional de España-, pero por ser cuestión de un país extranjero, puede darse el lujo de hacer gala de su severidad a pesar de que debería preocuparle el que tanto aquí como en el resto de América Latina el entusiasmo inicial por las inversiones de la «madre patria» ya pertenece al pasado, lo que podría significar que en adelante las procedentes de otros países cuyos empresarios son conscientes de la importancia de las relaciones humanas reciban un trato preferencial.