Encrucijada

Redacción

Por Redacción

Por Héctor Ciapuscio

Donde nuestros especialistas en teoría política se inspiran en Weber, Sartori o Bobbio, este profesor brasileño abreva en Tucídides, el Imperio Romano o Machiavelli. Es la diferencia entre una visión jurídico-sociológica y una histórico-política, lo blando y lo duro. No es de ahora, hace cincuenta años que lo viene haciendo -él integró en los años del desarrollismo autonomista la vanguardia intelectual de los Prebisch, Furtado, Sábato, Valdez, Iglesias, Sunkel, Ferrer y Cardozo- que Hélio Jaguaribe nos orienta hacia el mundo de las cuestiones trascendentes. Y cada vez que lo hace ganamos en claridad. «La Nación» del 3 de marzo recoge a toda página un reportaje efectuado por su corresponsal en Río bajo el título «No hay destino para una Argentina y Brasil aislados» en el que el pensador, a la luz de la dinámica de la globalización, ofrece su visión prospectiva de nuestros países. Habla allí de cuánto se han superado los desencuentros argentino-brasileños, cómo somos psicológicamente unos y otros (nosotros demasiado extremistas, ellos demasiado acuerdistas), cómo nos ven y cómo los vemos (nos admiran por la cultura, los admiramos por su pujanza), las características de las sociedades (mejor integración social la argentina, mejor integración nacional la brasileña), los tremendos problemas que nos aquejan (por ejemplo, la marginalidad y el delito en las grandes urbes que acarreó la migración interna que no supimos administrar), la feliz sintonía actual entre ambas naciones (que no se debe a Kirchner o Lula sino que es estructural). Pero, quizá debido a las limitaciones del periodista, hubo poco sobre lo más sustancial que podía decir don Hélio a la masa de lectores de un diario importante, aunque sí una observación significativa sobre el ALCA y el Mercosur: que los argentinos se han dado cuenta de que la vinculación del país de los '90 con Estados Unidos era pura retórica y que aquéllos tienen muy poco para comprarle a la Argentina y tienen todo para venderle.

Conviene ampliar estas ideas suyas. No hace mucho desarrolló en la revista de la Universidad de Buenos Aires bajo el título «La opción de hierro», una fundamentación de su pensamiento sobre el tema.

Afirmaba que la Argentina, habiéndose equivocado seriamente en la segunda parte del siglo XX respecto de su orientación sociopolítica y macroeconómica (ejemplificándolo respectivamente con el paralizante antagonismo peronismo-antiperonismo y la insensata política de desindustrialización de Martínez de Hoz), estaba hoy compelida a optar, sí o sí y en corto plazo, entre el ALCA y el Mercosur. Hasta ahora nuestra vocación por este último ha sido vacilante debido a ciertas pretensiones de tipo racial, a la gravitación del pensamiento de la escuela de Chicago y la desconfianza de algunos con respecto a una posible supremacía brasileña. Hay sectores para los cuales es preferible someterse a la dirección de la mayor potencia del mundo, que al de una potencia secundaria. Pero, ¿qué es lo que en términos objetivos conviene? La opción ALCA para la Argentina y Brasil significaría que en las relaciones de intercambio industrial el primero alcanzaría una irrisoria tasa del 1,43%, contra un 5,58% del segundo y un 58,67% de EE. UU. Para nuestros dos países representaría un catastrófico retroceso a modelos de productores de materias primas y artículos agropecuarios e importadores de bienes y servicios de complejidad tecnológica. El tratado con el ALCA, que se debería firmar en el 2005, será -en los términos propuestos- un «delicious free lunch», un delicioso almuerzo gratis de las grandes empresas de Estados Unidos (1) y el fin de nuestras posibilidades de autonomía. Brasil, sin embargo, es el único país de los del Mercosur que dispone de alternativas para no dejarse absorber por el ALCA en caso de que aquel sistema no subsistiera. Como China, Rusia y la India, por su extensión casi continental y su población de 170 millones, tendría en el límite posibilidades de un acuerdo estratégico con esos colosos y otro económico con la Unión Europea.

La posibilidad más favorable para la Argentina, el Mercosur, se ve afectada a veces por consideraciones de orden psicológico, preconceptos tales como el temor de un liderazgo brasileño. (Un temor opuesto -el liderazgo de la Argentina como resultado de una supuesta superioridad cultural- no es ajeno a la mente de muchos brasileños). Jaguaribe piensa que ponderando las cosas reales y su complejidad, hay una equivalencia entre los dos países que perdurará por años. Por otra parte, si bien la realidad dice que Brasil es tres veces más grande, tiene cuatro veces más población y un PBI mayor, no es menos cierto que hay factores que se olvidan: primero, que el interés brasileño en el Mercosur es sobre todo político y el argentino sobre todo económico; segundo, que la cultura brasileña es «lírica», no «épica», y que por lo tanto, además de que no tiene posibilidad alguna de imponerse de un modo coercitivo, nunca tendrá realmente deseos de hacerlo. Resumiendo: la Argentina y el Brasil no tienen más opción que la de consolidar y expandir el Mercosur incorporando en los próximos años a Chile y Venezuela, e intentar la constitución, mediante una acuerdo con los restantes países, de un Sistema Sudamericano de Cooperación Económica y Política que instituya un régimen de libre comercio entre sus miembros.

 

   (1) Esto me recuerda una fabulita de Fedro que ven los principiantes en latín para ejercitarse en traducción. Cuenta que una vez la vaca, la cabra y la oveja se asociaron con el león en el bosque para cazar un gran ciervo. Hechas cuatro partes de la presa, así se declaró el león: «Tomo la primera porque me llamo león; me daréis la segunda porque soy fuerte; la tercera me corresponde porque valgo más; lo pasará mal quien toque la cuarta». La moraleja: «Numquam est fidelis cum potente societas», nunca es confiable la sociedad con el poderoso.


Por Héctor Ciapuscio

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora