Encuentro en Río
Con la excepción, es de suponer pasajera, del atribulado jefe de Gabinete Jorge Capitanich que, para sorpresa de muchos, inició su gestión con conferencias de prensa cotidianas, los integrantes del gobierno kirchnerista han preferido mantener a raya a los periodistas no militantes, sobre todo cuando estaban procurando disfrutar de algunos días de tranquilidad en el exterior. Así y todo, si bien es comprensible que el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, y sus amigos se hayan sentido sumamente molestos al verse interpelados en el aeropuerto de Río de Janeiro por miembros de un equipo del canal TN, del Grupo Clarín, su forma de reaccionar ante lo que tomaron por una invasión de su privacidad fue tan escandalosa que hicieron de lo que, de otro modo, hubiera sido un roce menor, un episodio que será recordado por mucho tiempo. Según se informa, luego de amenazar a los cronistas con “comerlos crudos” y, para más señas, impedirles bajar del avión en Ezeiza a su regreso a la Argentina, los acompañantes de Echegaray los atacaron físicamente con violencia insólita durante diez minutos sin que el funcionario intentara frenarlos. Para Echegaray, el incidente fue desafortunado no sólo porque sirvió para brindar la impresión de que suele rodearse de matones, entre ellos empresarios de trayectoria que en opinión de algunos motiva sospechas, sino también porque llamó la atención a la contradicción insalvable que se da entre sus propias palabras y su conducta personal. Mientras el jefe de la AFIP exhorta a la gente común a vacacionar en el país y, el cepo cambiario cada vez más draconiano mediante, le obstaculiza el acceso a divisas extranjeras, no vacila en gastar miles de dólares para pernoctar y cenar en uno de los hoteles cariocas más costosos. De ser cuestión de un ciudadano privado acomodado, a nadie se le ocurriría criticarlo por permitirse tales lujos, pero sucede que no lo es. Como funcionario de un gobierno que está luchando por impedir que los turistas adquieran dólares u otras monedas para gastar en el exterior, de tal modo agravando el déficit financiero que es uno de los grandes problemas del país, a Echegaray le corresponde tratar de convencer a la ciudadanía de que él mismo está tan dispuesto como el que más a respetar a rajatabla los principios que reivindica. Por injusto que le parezca, no es excesivo exigirle cierto grado de coherencia. Para hacer aún mayor el impacto político del episodio, la conducta lamentable de Echegaray y sus amigos en Río de Janeiro parece sintomática de la desmoralización de un gobierno que se sabe incapaz de encontrar una salida de la crisis que se las ha arreglado para crear. Tanto la situación actual como todas las tendencias son negativas y se prevé que el 2014 resultará ser un año difícil para la mayoría de los habitantes del país. Lo entenderá muy bien el mandamás de la AFIP, ya que, lo mismo que el vicepresidente Amado Boudou, en una encarnación anterior militó en la agrupación “liberal” de Álvaro Alsogaray que se especializaba en advertirnos acerca de los peligros planteados por el voluntarismo inflacionario. Es de suponer, pues, que como otros miembros del equipo económico heterogéneo que procura instrumentar las instrucciones erráticas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Echegaray se dio cuenta hace tiempo de que “el modelo”, basado como está en una combinación perversa de inflación, estadísticas fraudulentas y controles asfixiantes, está a punto de hundirse, pero es reacio a abandonarlo por prever que, en el llano, podría aguardarle un sinfín de disgustos legales. Huelga decir que el riesgo así supuesto acaba de aumentar. Merced al incidente que protagonizó en Brasil, en adelante los medios manifestarán aún más interés que antes en las actividades de Echegaray y en la evolución de su patrimonio personal, lo que no le convendrá en absoluto, ya que en nuestro país es habitual que las dificultades enfrentadas por exfuncionarios jerárquicos cuando ya carecen de poder político tengan su origen en investigaciones periodísticas, no en el trabajo de organismos de control debidamente neutralizados o de aquellas instituciones judiciales que habrán sido previsoramente “democratizadas” por gobernantes deseosos de ahorrarse problemas en el futuro.
Con la excepción, es de suponer pasajera, del atribulado jefe de Gabinete Jorge Capitanich que, para sorpresa de muchos, inició su gestión con conferencias de prensa cotidianas, los integrantes del gobierno kirchnerista han preferido mantener a raya a los periodistas no militantes, sobre todo cuando estaban procurando disfrutar de algunos días de tranquilidad en el exterior. Así y todo, si bien es comprensible que el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, y sus amigos se hayan sentido sumamente molestos al verse interpelados en el aeropuerto de Río de Janeiro por miembros de un equipo del canal TN, del Grupo Clarín, su forma de reaccionar ante lo que tomaron por una invasión de su privacidad fue tan escandalosa que hicieron de lo que, de otro modo, hubiera sido un roce menor, un episodio que será recordado por mucho tiempo. Según se informa, luego de amenazar a los cronistas con “comerlos crudos” y, para más señas, impedirles bajar del avión en Ezeiza a su regreso a la Argentina, los acompañantes de Echegaray los atacaron físicamente con violencia insólita durante diez minutos sin que el funcionario intentara frenarlos. Para Echegaray, el incidente fue desafortunado no sólo porque sirvió para brindar la impresión de que suele rodearse de matones, entre ellos empresarios de trayectoria que en opinión de algunos motiva sospechas, sino también porque llamó la atención a la contradicción insalvable que se da entre sus propias palabras y su conducta personal. Mientras el jefe de la AFIP exhorta a la gente común a vacacionar en el país y, el cepo cambiario cada vez más draconiano mediante, le obstaculiza el acceso a divisas extranjeras, no vacila en gastar miles de dólares para pernoctar y cenar en uno de los hoteles cariocas más costosos. De ser cuestión de un ciudadano privado acomodado, a nadie se le ocurriría criticarlo por permitirse tales lujos, pero sucede que no lo es. Como funcionario de un gobierno que está luchando por impedir que los turistas adquieran dólares u otras monedas para gastar en el exterior, de tal modo agravando el déficit financiero que es uno de los grandes problemas del país, a Echegaray le corresponde tratar de convencer a la ciudadanía de que él mismo está tan dispuesto como el que más a respetar a rajatabla los principios que reivindica. Por injusto que le parezca, no es excesivo exigirle cierto grado de coherencia. Para hacer aún mayor el impacto político del episodio, la conducta lamentable de Echegaray y sus amigos en Río de Janeiro parece sintomática de la desmoralización de un gobierno que se sabe incapaz de encontrar una salida de la crisis que se las ha arreglado para crear. Tanto la situación actual como todas las tendencias son negativas y se prevé que el 2014 resultará ser un año difícil para la mayoría de los habitantes del país. Lo entenderá muy bien el mandamás de la AFIP, ya que, lo mismo que el vicepresidente Amado Boudou, en una encarnación anterior militó en la agrupación “liberal” de Álvaro Alsogaray que se especializaba en advertirnos acerca de los peligros planteados por el voluntarismo inflacionario. Es de suponer, pues, que como otros miembros del equipo económico heterogéneo que procura instrumentar las instrucciones erráticas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Echegaray se dio cuenta hace tiempo de que “el modelo”, basado como está en una combinación perversa de inflación, estadísticas fraudulentas y controles asfixiantes, está a punto de hundirse, pero es reacio a abandonarlo por prever que, en el llano, podría aguardarle un sinfín de disgustos legales. Huelga decir que el riesgo así supuesto acaba de aumentar. Merced al incidente que protagonizó en Brasil, en adelante los medios manifestarán aún más interés que antes en las actividades de Echegaray y en la evolución de su patrimonio personal, lo que no le convendrá en absoluto, ya que en nuestro país es habitual que las dificultades enfrentadas por exfuncionarios jerárquicos cuando ya carecen de poder político tengan su origen en investigaciones periodísticas, no en el trabajo de organismos de control debidamente neutralizados o de aquellas instituciones judiciales que habrán sido previsoramente “democratizadas” por gobernantes deseosos de ahorrarse problemas en el futuro.
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