Encuentros

Por Claudio Andrade

Por Redacción

Buenos Aires.- El reality show «Confianza ciega», que va tres días a la semana por Azul, pretende ofrecer un perfil audaz y liberal al desafiar el mandato bíblico «no desearás la mujer de tu prójimo» con un contramandato explícito a los seductores que triunfarán si quiebran la voluntad de «fidelidad» de los cónyuges-parejas que componen el elenco del programa.

En «Confianza…», creación de la productora holandesa Endemol, tres parejas se internan por 16 días en un paradisíaco resort de Portugal para una tortuosa estadía vacacional que separará a las mujeres de los hombres con el fin de exponerse a la convivencia junto a seis efebos y a seis ninfas que tienen como tarea asignada tratar de «seducirlos», tal como propone el ciclo.

No queda claro si los estrictos contratos laborales de la producción televisiva, que no dejan nada librado a la improvisación, establecen un «premio a la producción», con lo que estaría configurándose la figura de incitación a la prostitución. Lo cierto es que más que de un casting, los esculpidos cuerpos de «seductores/as» -bailarines, modelos, masajistas y entrenadores personales- parecen salidos de una razzia en un sauna.

Los lunes y martes de 21 a 22 y de 23 a 23.30 y los miércoles de 23 a 23.30, puede verse a Juan Castro, ex conductor de ciclos periodísticos interesantes como «Zoo», al frente de la dotación de 18 personas ayudando a tejer la trama de la desconfianza, la manipulación y la degradación de los participantes.

«Son títeres que siguen un libreto y sabemos que el juego es ése, así que me parece patético tu actitud porque sé que me querés «cu-(bip)-lear»», se escuchó quejarse a una de las concursantes. Otro, en vez de quejarse, protagonizó un intento de «levante» de una seductora-contratada ¡Insuperable! Corpiños y slips de baño caídos en un jacuzzi colectivo y strippers de ambos sexos demasiados profesionales para la improvisación, van diseñando un juego muy lejano de la autoproclamada seducción.

De lo que se trata es de poner en juego la «fidelidad», propiedad que socialmente no fue concebida como principio moral sino como una de las reglas que garantizan la estructura social, aunque el lenguaje suela equiparar erróneamente su sentido al contrato implícito entre los miembros de una pareja estable de mantener un vínculo de amor recíproco y exclusivo.

La ruptura de ese acuerdo implica por lo general una estafa a la confianza mutua y eso ya se mostró en «La isla de la tentación», versión menos «bananera» y mejor editada del ciclo creado por Endemol emitida por la cadena Fox a principios de año.

En el reencuentro de las parejas de «La isla de la tentación», al cabo de los días de prueba todos llegaban con algo que confesar. Aunque tenían el derecho de no hacerlo, se sentían bajo la coerción de saber que ya alguien le había contado «la verdad» a su enamorado/a. En el formato en cuestión, «la verdad» consiste en una caprichosa edición que con trocitos de «realidad» arma una historia de un vínculo entre las mujeres y los seductores (y viceversa), al ritmo sugerente de la cámara lenta, difícil de digerir para cualquiera con cola de paja.

Una secuencia de mucha piel, mucho pectoral, más bocas y trastes en primerísimos planos de documental biológico usado en la construcción de la imagen pornográfica, es vista por la pareja del supuestamente seducido/a, mientras una cámara muestra en primer plano, para un morboso televidente, la cara de la víctima.

Al décimosexto día, todos habían ocupado el lugar denigrante de «objetos a disposición», hayan sido mujer-objeto u hombre-objeto. Todos manifestaron no poder «quitarse de encima las imágenes de lo vivido» y la duda acerca de si su pareja olvidaría al competidor/a de su afecto. Pese a eso y a las confesiones hechas en cámara, que al final del ciclo «Confianza ciega» se repetirán, ninguna pareja en «La isla de la tentación» decía por tevé querer dar por concluida su relación.

La estructura social volvía a quedar a salvo y la integridad de cada enamorado apenas resultaba velada por el fantasma del otro/a que a partir del experimento le duplicaría su imagen, igual que cuando el televisor se sale de la sintonía. (Télam).