Encuentros papales
Que el Papa se haya erigido en un impulsor de la tolerancia es un gran aporte para la paz en regiones célebres por su violencia.
Aunque todos concordarán en que la primera visita de un pontífice católico a una mezquita musulmana luego de más de 1.300 años de rivalidad a menudo sanguinaria entre Roma y la Meca fue un acontecimiento de gran importancia histórica, para la mayoría el que Juan Pablo II haya entrado en el templo islámico Omeya de Damasco no ha sido más que un detalle un tanto pintoresco. Ni siquiera aquellos diarios de países considerados bastiones del catolicismo que suelen dar un gran despliegue a las declaraciones episcopales sobre asuntos terrenales lo trataron como la noticia más interesante del día: de los dos matutinos tradicionales porteños, uno privilegió la etapa más reciente de las negociaciones por la deuda externa mientras que el otro, por no poder realzar una hazaña futbolística, dio prioridad a los salarios de las mujeres. Así, pues, el acercamiento del líder de la confesión cristiana más numerosa a un templo que simboliza una fe contra la cual había luchado desde la antigüedad tardía, conflicto que incidió de forma decisiva en la conformación del mundo moderno, se vio reducido al nivel de una anécdota más. En cuanto al intento del Papa de curar las heridas dejadas por el cisma milenario entre ortodoxos y católicos pidiendo perdón por crímenes instigados por la Iglesia como el supuesto por el saqueo de Constantinopla por los ejércitos de los cruzados en el año 1204 -uno de los peores actos de vandalismo cultural que jamás se haya cometido-, fuera de Grecia el interés que despertó resultó ser igualmente limitado.
Es que si bien en muchos países islámicos la religión parece constituir el elemento dominante en la vida de decenas de millones de personas, fenómeno que ha convencido a algunos de que el «fundamentalismo» plantea una amenaza muy grave, éste no es el caso en el Occidente en que las diversas formas del cristianismo pesan poco. Con la excepción parcial de Estados Unidos, no se da ningún país significante en que las opiniones de los líderes religiosos sean decisivas aunque, claro está, a veces son aprovechadas por militantes políticos. Por ejemplo, es habitual que los contrarios al capitalismo liberal difundan las declaraciones de los obispos sobre temas económicos y políticos, pero cuando los voceros eclesiásticos aluden a asuntos a su entender de más importancia aún como los relacionados con la sexualidad y la familia, son pocos los dispuestos a obedecerlos.
Con todo, si bien la voluntad del papa Juan Pablo II de «dialogar» con cristianos protestantes y ortodoxos, musulmanes y judíos, podría tomarse por un síntoma de la significancia decreciente de la religión en la vida occidental, esto no quiere decir que no sea muy positiva. Por desgracia, en muchas partes del mundo ni el escepticismo generalizado ni el repudio de una minoría a cualquier interpretación religiosa de la realidad han hecho desaparecer la hostilidad entre grupos que siguen identificándose según las creencias de sus antecesores, como es el caso en Irlanda del Norte donde incluso los agnósticos no pueden dejar de considerarse afiliados ya a la comunidad protestante, ya a la católica, o en los Balcanes, donde la presunta pertenencia a un credo determinado constituye casi la única diferencia que un extranjero pueda detectar que le permite distinguir entre serbios, croatas y bosnios. Así las cosas, el que el mismísimo papa católico se haya erigido en un impulsor notable de la tolerancia mutua sin la cual el pluralismo sea imposible es un aporte muy valioso a los esfuerzos por alcanzar la paz en regiones célebres por su violencia. También podría ayudar a facilitar la integración de las colectividades musulmanas que viven en países tradicionalmente católicos como Francia, España e Italia, en los que propende a crecer la influencia de quienes las creen imposibles de absorber debido a las costumbres y actitudes tanto de los musulmanes mismos como de la mayoría de los demás. Sin duda que el Papa lamenta que el ecumenismo así supuesto se haya visto posibilitado en buena medida por la falta de fervor religioso -es decir, de «fanatismo»- de los occidentales, pero su deseo manifiesto de apagar incendios que siguen provocando tragedias merece el respeto y la gratitud de muchos.