Enemigos fantasmales



Cuando, hace más de diez años, Néstor Kirchner y su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, se trasladaron desde Río Gallegos a la Capital Federal, no necesitaban leer las obras del tristemente célebre jurista filonazi Carl Schmitt para entender que “la construcción de poder” para llenar el vacío dejado por la crisis que siguió al colapso del gobierno de la Alianza les resultaría mucho más fácil si lograran hacer pensar que todos los problemas del país se debieron a la maldad siniestra de una larga lista de enemigos del pueblo: militares, menemistas, “neoliberales”, los técnicos del FMI, acreedores extranjeros y oligarcas. Más tarde, agregarían a la nómina de enemigos mortales los medios periodísticos aún independientes, comenzando con “el monopolio” Clarín, grupo al que atribuyeron una capacidad casi sobrenatural para manipular la realidad. Si bien hay motivos para suponer que Néstor Kirchner no tomaba muy en serio “el relato” que le brindaba tantos beneficios políticos y que por lo tanto estaba dispuesto a negociar con sus adversarios a fin de conseguir algunas ventajas coyunturales, lo mismo no puede decirse de Cristina o de los “ideólogos” kirchneristas. No son pragmáticos. Antes bien, algunos realmente se creen protagonistas de una lucha épica contra un conjunto de “corporaciones” malignas, representantes cabales de “la sinarquía” de otros tiempos, lideradas por personajes resueltos a convertir al país en un infierno, razón por la que tratan a las agrupaciones opositoras como si las creyeran títeres manejados por los militares de cuarenta años atrás o por la embajada norteamericana. Por desgracia, el ideario adoptado por Cristina y por sus acompañantes más fieles es incompatible con el pluralismo democrático. Quienes se han convencido de que están luchando contra un conjunto de enemigos malignos no suelen dejarse inhibir por normas que acaso sean apropiadas para sociedades que no corren el riesgo de caer en manos de sujetos tan inhumanos como aquellos que figuran en la propaganda oficialista, pero que no lo son para aquellas que se ven amenazadas por un destino tan triste como la que, según la presidenta y sus voceros, le aguardaría a la Argentina si la mayoría de sus habitantes se permitiera engañar nuevamente por “los dueños de la pelota”. Puede que, por motivos prácticos, los kirchneristas no se hayan propuesto continuar impulsando la revolución que, a juzgar por la retórica de los más exaltados, han tenido en mente, pero así y todo, la presidenta y ciertos incondicionales siguen hablando como si quisieran reemplazar la Constitución vigente por otra a su medida, subordinar la Justicia a su proyecto particular, eliminando a jueces comprometidos con principios extranjerizantes burgueses y, desde luego, silenciar a los periodistas y otros que, al oponerse a sus pretensiones, están actuando como mercenarios de “las corporaciones”, de ahí la alusión de Cristina a “las balas de tinta” que, asevera, sirven para “derrocar o destituir gobiernos populares”, además de “implantar ideas extranjeras”. De este modo, la presidenta da a entender que, a su juicio por lo menos, es subversivo criticarla señalando las deficiencias de su gestión y que por lo tanto un “gobierno popular” –en democracia, todos lo son– tendría el derecho a privar a sus adversarios de las armas que usan para dispararle las “balas de tinta” que tanto le preocupan. La vocación autoritaria del kirchnerismo se hizo más evidente luego del triunfo de Cristina en las elecciones presidenciales de octubre del 2011, cuando se afirmó decidida a “ir por todo”, pero por fortuna no supo aprovechar la oportunidad así proporcionada para modificar irreparablemente el orden constitucional sin provocar una reacción fuerte por parte del grueso de la población. Con todo, aunque es de presumir que los oficialistas más sensatos comprenden que las manifestaciones continuas de desprecio por quienes piensan distinto les están resultando contraproducentes, la presidenta no parece tener demasiado interés en prestar oídos a sus consejos. Para ella, oponerse verbalmente a su forma de gobernar es forzosamente “golpista”. Se trata de una actitud que es típica de todas las dictaduras, en especial de las que disfrutan del respaldo de cofradías de supuestos iluminados que se creen dueños exclusivos de la verdad.


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