«Las conexiones», de Pablo Yoiris: policial negro, distópico y un delito llamado internet

El cuento del escritor de Cinco Saltos fue incluido en la antología federal de policial contemporáneo “Modus operandi”, compilada por Fabián Soberón y publicada por Falta Envido Ediciones.

¿Qué pasaría si alguna vez se prohibiera internet? O más aún, y este es el punto: ¿qué pasaría si se prohibiera el uso de internet en los hogares y sólo fuera posible un uso estratégico en manos militares y gubernamentales? ¿Qué pasaría? Difícil de imaginarlo, ¿cierto? Es que para eso está la literatura: para imaginar lo imposible y hacer de ello una circunstancia posible.


Hacia allí fue Pablo Yoiris con “La conexiones”, su cuento incluido en Modus Operandi (Falta Envido Ediciones), la compilación de policial contemporáneo argentino realizada por el escritor y editor tucumano Fabián Soberón. Modus Operandi incluye 24 cuentos de autores y autoras de todo el país, entre los cuales sobresalen los nombres de Juan Sasturain y Horacio Convertini.
Pablo Yoiris (1972), nacido en la ciudad de Buenos Aires, criado en Roca y radicado, desde hace años, en Cinco Saltos, es uno de los mejores autores de literatura negra. El derrotero de sus tres novelas publicadas hasta el momento lo confirman: “Los buscamuertes” (La Letra Eme, 2014), finalista del premio BAN!-Morena Films, Películas de Novela 2014); “Resnik” (Planeta, 2015) ganó el Concurso de Novela de Crímenes Medellín Negro; y “Usted está aquí” (Raíz de Dos) ganó el Premio Córdoba Mata 2015.
Las conexiones” es un relato breve que Yoiris escribió especialmente para la antología Modus Operandi. Se trata de un texto que, como dirá el propio autor en un diálogo con Río Negro, se aloja a mitad de camino entre el policial y la ciencia ficción.


“A principio de año se comunicó Fabián Soberón contándome que estaba haciendo una antología federal de cuetos policiales con escritores y escritoras de las distintas provincias. Me pareció interesante la idea y le dije que iba a preparar algo inédito para la ocasión. Tenía cuentos, pero la invitación me cayó muy bien para hacer algo nuevo”, cuenta Yoiris. “Escribí Las conexiones, una historia que tenía que ver en parte con lo que yo estaba viviendo en ese momento y que era estar, junto con mis hermanos, al cuidado mi madre, que había tenido un accidente. Era una atención bastante cercana hasta que pudiera caminar. Pasé muchas horas en su casa, hacía rato que no la acompañábamos tanto tiempo, ella vive sola. En ese ínterin me llama Fabian, me invita a ser parte de la antología y escribo el cuento”, repasa el escritor.
Para entender la conexión entre su madre convaleciente y el cuento es menester ir al cuento: en Las conexiones, un hombre pasa un tiempo en casa de su madre, quien, postrada en una silla de ruedas, se recupera de una fractura de fémur. Hasta aquí las conexiones entre Yoiris y Estévez, el enigmático hombre en cuestión.

Claves de la ficción negra

Lo que siguen son circunstancias distópicas en un mundo arrasado por algo (o alguien) que nunca se menciona, pero que hizo que algo (o alguien) tomara la decisión de prohibir el uso de internet entre los ciudadanos. Estévez es un I.P.D.T. (Investigador Profesional de Delitos Tecnológicos) que se activa cuando las alarmas del sistema detectan una C.C.I. (conexión clandestina de Internet).
“Recordó escenas del exterminio. ¿Cuánto hacía ya? Los edificios destruidos, las antenas bombardeadas, la quema de aparatos. Las últimas imágenes de la televisión en vivo fueron violentas, aunque la verdadera tragedia se registró unos años antes, cuando las universidades y los colegios empezaron a cerrar, a ser vandalizados o, peor aún, a reconvertirse en templos religiosos”, cuenta el narrador en “La conexiones”. Es evidente: Estévez y su madre son sobrevivientes.
Sumergido en la rutina de cuidar a su madre, Estévez recibe un llamado que le informa de la detección de una C.C.I. y que debía actuar. Así comienza el relato sin tiempo ni lugar específicos, algo característico de la literatura de Yoiris. “Anclar la historia a un territorio, a una ciudad concreta no me parece fundamental”, apunta. “Juego con desdibujar ubicaciones, nombres, geografías porque realmente no me parece sustancial para mi literatura”. Así, Estévez vive en Ciudad Capital, cuya ubicación geográfica es la por demás genérica Región Sur.


“En cambio”, aclara Yoiris, “los territorios que sí son universales como los afectivos que, en este caso, se da en la relación madre e hijo, sí son abordados. Esa relacione está en la literatura rusa del siglo 19, Grecia antigua. Me gusta jugar con esos dos planos”. El cuento oscila así entre el plano anecdótico de una voz narrativa que está cuidando a su madre y el de una historia que justifica su inclusión en el género policial porque es una historia con delitos que se convierten en ciberdelitos que se irán revelando a lo largo del texto hasta llegar a un final desconcertante.

(Des)conectados

El sustrato ficcional surgió, dice Yoiris, “a partir de lo que vemos en la vida cotidiana, de lo absorbido que estamos por las pantallas, las redes y como se ha modificado el uso de nuestro tiempo libre, nuestro tiempo familiar. Es algo que me viene interesando desde hace tiempo. Cómo eran nuestras vidas en los 80 y los 90 y como es ahora, veremos luego si para bien o para mal”.
Y, por otro lado, la ciencia ficción que siempre parte de la pregunta que pasaría si… “En este caso, me venía haciendo una pregunta y tenía ganas en ponerlo en un cuento y es qué pasaría si se prohibiera de una manera abrupta el uso doméstico de internet. Llevándolo al extremo algo mucho más grave que afecta el funcionamiento democrático de una sociedad, el anonimato que dan las redes sociales o la intervención en las opiniones. La era de las fake news. Vivimos un momento de posmodernidad donde debemos chequear todo, inteligencia artificial mediante. ¿Qué información estamos manejando? Entonces, como está afectando a la humanidad toda, se prohíbe el uso de internes en la casa, se vuelve a usar para fines militares estratégicos y gubernamentales”.

“El género negro en sí es una invitación a hibridar, no es un género puro. Me gusta trabajar entre la ciencia ficción y el policial”.

Pablo Yoiris


“Las conexiones” avanza entre las cotidianeidades de un hijo adulto cuidando a su madre, de las preguntas que se hace durante esa extraña convivencia, su pasado infantil vivido allí y la mirada del hombre que es sobre aquel tiempo al parecer feliz y su lado oscuro que el relato va dejando ver con maestría hasta el punto de preguntarnos quién es realmente Estévez y, sobre todo, a qué se dedica y para quién trabaja.
Se sabe que la internet hogareña está prohibida pero no sus razones: ¿por qué? Tampoco se menciona quién tomo semejante decisión: quién está al mando de ese mundo distópico del poco se sabe. La nomenclatura elegida por Yoiris para mencionar cargos e instituciones remiten a cierto totalitarismo, pero no necesariamente. Porque si algo deja abierto el cuento es en qué lugar se ubican el bien y el mal, si es que algo así aún existe.


Así comienza «Las conexiones»

Los sorprendió el timbre del teléfono desgarrando el silencio que cubría cada objeto de la casa. Más que un timbre parecía un pájaro tropical entrando por la ventana, fuera del tiempo, olvidado. Su madre, desde la silla de ruedas, señaló el sitio de donde provenía la llamada y le pidió que atienda. Aún conservaba activa la línea, nunca se había desconectado, como si esa comunicación de la Superintendencia la hubiese tenido pendiente desde otros tiempos. El abono que seguía pagándole a la Compañía era insignificante, simbólico, un premio por no haber claudicado. Por el contrario, los millones de reconexiones analógicas en curso daban cuenta de relaciones de mercado muy distintas. El aparato fue comprado a mediados de la década del ochenta por su difunto padre. Tenía una botonera negra (el disco retráctil ya era obsoleto), y tanto la carcasa como el tubo estaban hechos de un innovador acrílico color verde mate. Lo descolgó desconfiado, lo miró. Preguntó quién era.

—Agente Estévez.

Dijo que sí.

—Conocemos su situación. Antes que nada, queremos desearle la pronta recuperación de su madre. Créame, no lo hubiésemos interrumpido por ningún otro motivo…, pero no tenemos otra opción. Es una C.C.I.
Finalmente ocurría. Eso que desde hacía una década trataban de detener, de hacer desaparecer, volvía al ataque o se defendía. Daba igual. Los satélites indicaban vagamente que en algún punto de la Región Sur alguien o algo había iniciado una C.C.I., una conexión clandestina de Internet.

—En el transcurso del día va a estar llegando a ese domicilio la camioneta del Servicio con todo 290 lo que necesita para proceder con el rastreo. ¿El lugar es adecuado?

Respondió que sí. La casa de su madre lo era. En el fondo, cruzando el jardín, estaba el quincho. Atrás habían quedado los asados familiares, los sanguíneos partidos de ping pong con su padre. Reunía los requisitos.

—Espero que pueda actuar rápido. El reporte suyo lo vamos a recibir por esta misma línea. Está limpia. Tome nota.

Dictaron un número codificado, una escala, el código soporte. Colgaron. Con algo parecido a una sonrisa de amargura en la cara hizo sus cálculos. Ciudad Capital quedaba a trescientos kilómetros. No aparecerían antes del anochecer.


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