Esas Mujeres



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JORGE GADANO jagadano@yahoo.com.ar

Y si Dios fuera una mujer?”, preguntó una vez Juan Gelman como si no lo supiera. Es claro de toda claridad que Dios no tiene sexo y que por eso todo lo que se relacione con el sexo les cae mal a las iglesias, que están, ellas y sus predicadores, por encima de eso. Lo que pasa es que los poetas, mucho más si han ganado algunos premios, se consideran autorizados a hacer preguntas de tan alta irreverencia. Pero, como quiera que sea, la pregunta está y tiene su condigna respuesta. Porque, si bien no sería congruente con las Sagradas Escrituras decir que Dios es un hombre, lo que sí se puede afirmar sin temor a equivocarse es que en el acto de la Creación de este insignificante planeta el Supremo Hacedor nos dio a los hombres un papel protagónico indudable. Aunque todavía hay ciertas escrituras, como las del plan de seguridad neuquino, que no se pueden conocer, hace unos 600 años Gutenberg dio a todos los hombres (no sé si entonces les estaba permitido leer a las mujeres) la posibilidad de dar un salto hacia el conocimiento cuando creó en Maguncia la imprenta que, del mismo modo que el “Suplemento personal por dedicación exclusiva funcional” rionegrino, no había sido incluida en el paquete divino. El primer libro salido de esa imprenta fue la Biblia cristiana, compendio del Antiguo Testamento, tomado de la Torá de los judíos, y el Nuevo Testamento, que se abre con los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El texto judeocristiano se ocupa de la Creación en el primero de sus libros, el Génesis. El número uno nos muestra que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra” que “estaba desordenada” (aunque no tanto como ahora, supongo). Se puede dejar pasar una cierta incongruencia en la redacción, porque si estaba desordenada quiere decir que ya existía. Después, en un raid de seis días que lo dejó postrado de fatiga (bueno, se cansó, que a Dios también le pasa), separó la luz de las tinieblas, que también existían, como también existían las aguas, a las que igualmente separó (de la tierra). Después, a su conjuro, nacieron el pasto, los árboles, el sol, las estrellas, las serpientes (una de ellas culpable del desmadre en el Edén), los peces, el ganado y aun moscas y mosquitos, insectos tan molestos como inútiles que no están mencionados en el sagrado texto. Y finalmente creó al hombre a su imagen para que ejerza el mando: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”, dijo Dios. A renglón seguido se aclaró, sin mayor explicación, que “varón y hembra los creó”, con lo cual ambos géneros llegaban en condiciones de igualdad. Lástima que después, y en lo que sería una nueva incongruencia, después de haberlos creado “varón y hembra”, Dios advierte que “no es bueno que un hombre esté solo”. Pero ¿no es que venía con la hembra? Lo cierto y definitivo es que, tal cual ha quedado universalmente aceptado, Dios decidió crear a la mujer por separado para que fuera “ayuda idónea” del hombre. A Adán lo había sacado del polvo de la tierra con un soplido en la nariz. Un poco más complicada, la creación de Eva empezó con poner a dormir a Adán, sacarle luego una costilla y de ella hacer a Eva: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre hizo una mujer, y la trajo al hombre” para que le diera la “ayuda idónea”. Fue así como quedó consagrada la inferioridad de ellas. Para dar uno entre múltiples ejemplos de cómo la mujer quedó en un lugar subordinado, tenemos que el mandamiento décimo, que como los anteriores está dirigido a los hombres, les ordena no desear la mujer del prójimo. Las mujeres están relevadas de este deber bíblico, porque de no ser así –y tal cual lo descubre otro zafado poeta, Mario Benedetti– debió existir un mandamiento dirigido a las mujeres para que no codicien al hombre de su prójima. Esos mandatos bíblicos, como los del Corán islámico o de los Vedas, son la cadena cultural que, por los siglos de los siglos, ha sometido a las mujeres al mando de los hombres. Las revoluciones de Occidente que alzaron banderas democráticas dejaron en pie sin embargo el mando de los machos, que con ese aliento humillan, golpean, acuchillan, queman y matan a las mujeres creadas para darles “ayuda idónea”. En el Oriente es peor. Sí, ha habido progresos. Dos mujeres gobiernan hoy en América Latina. Pero a la vez, con la tolerancia vaticana, un Cavaliere todopoderoso gobierna la Italia del Renacimiento exhibiéndose en fiestas orgiásticas como un gran macho desfachatado que, eso sí, no deja de admitir, en pública confesión, su condición de pecador. Y lo peor para nosotros, los que somos de aquí. Aquí, en Neuquén, de madrugada, las ejemplares mujeres de “La Revuelta” que pintaban consignas contra el señor del Bigote fueron víctimas de un Bigotazo. Las atacó un grupo de tareas que circulaba en camionetas identificadas con la corriente bigotista del MPN. Ésas son las mujeres que se resisten a cumplir el rol de “ayuda idónea”. Debería, se me ocurre, ser al revés. No sé si me explico.


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