Escenas de la vida poskirchnerista
Un sistema político democrático supone no solo la existencia de elecciones libres y garantizadas, gobiernos surgidos del voto de las mayorías y renovación periódica de los mandatos, sino también que quienes cumplen su papel como representantes del pueblo –representando ideas, intereses y sectores sociales diversos– se acostumbren a un intercambio que incluya discusiones, negociaciones, transacciones y finalmente, también, estén preparados para cambiar de roles como oficialismo u oposición. Esto ocurre cuando los líderes, partidos o principales referentes se preparan para cumplir sus mandatos en representación de una mayoría o minoría relativas, sin arrogarse el monopolio de esa representación ni sentirse destinados o condenados a actuar siempre en el mismo papel, sea como defensores o como críticos de las políticas vigentes.
En Estados Unidos, España o Italia están más acostumbrados a que quienes fueron opositores a ciertas políticas o medidas se conviertan en defensores de parecidas políticas o medidas cuando llegan al gobierno y encuentren la oposición frontal de quienes antes en el poder las habían justificado. Así suele ocurrir con los demócratas y republicanos norteamericanos respecto de las guerras en Irak o Afganistán y el mayor o menor internacionalismo o aislacionismo según estén en la Casa Blanca o el Capitolio o con socialistas y conservadores en España, Francia o Italia respecto de la inmigración, los ajustes y recortes del gasto público, la crisis de la UE, el dictado de leyes de excepción y la intervención en crisis internacionales como la que sigue desangrando a Siria. Argentina, después de 32 años de continuidad democrática, despierta a esta novedad –el intercambio de roles y argumentos– aunque algo de esto pudimos ya experimentar durante las anteriores alternancias. Ocurrió de Alfonsín a Menem, cuando los críticos de los primeros intentos de abrir la economía y privatizar empresas (caso Aerolíneas Argentinas) se convirtieron en los mayores privatizadores “a mansalva”, con la oposición del radicalismo en el Congreso, y luego, con la Alianza que sucedió a Menem, llamando a Domingo Cavallo nuevamente al Ministerio de Economía para sostener una convertibilidad que se caía a pedazos, mientras el peronismo en el Congreso clamaba contra el ajuste neoliberal y toda la estantería se vino abajo y arrastró la renuncia de De la Rúa.
Cuando el flamante presidente Mauricio Macri decide firmar los primeros DNU, convalidar las herramientas del hiperpresidencialismo y la emergencia económica, intervenir organismos y remover funcionarios afines al anterior gobierno y quienes hasta ayer hacían lo propio en función de gobierno se transforman en los máximos defensores de la independencia, el equilibrio y el control entre los poderes, nos parece algo bizarro, incomprensible, injustificable. Cuando el exjuez Eugenio Zaffaroni defiende la permanencia de la procuradora Gils Carbó advirtiendo que “democracia sin república es caos”, destacando hoy los atributos del republicanismo como límite al poder de las mayorías que con tanta insistencia había criticado ayer para defender la “democratización judicial” impulsada por Cristina Kirchner, es algo de eso lo que está ocurriendo: el sistema condiciona a los actores y les impone explicar sus decisiones y meditar sus argumentos según el lugar en que están ubicados en el tablero.
No significa esto que uno deba aplaudir el cinismo, la hipocresía o la futilidad de los argumentos. No se trata de abonar el maquiavelismo de quienes sostienen que no importan las ideas sino los intereses que éstas encubren o el marxismo de Groucho, relativismo que nos permite defender hoy unas ideas y las otras mañana según el gusto de los consumidores. Significa, sí, que cabe reconocer cómo “civiliza” y hace madurar a una democracia la falta de mayorías políticas de larga duración. De manera que sus líderes deben moderar sus juicios taxativos y lapidarios y aprender a ponerse en el lugar del otro: “No critiques tanto aquello que puedes verte obligado a defender mañana”. También vale esto para periodistas e intelectuales kirchneristas “militantes”, ayer nomás voceros del mensaje del gobierno que cerraron las puertas de los medios públicos a toda voz discordante, hoy devenidos en defensores a ultranza de las opiniones críticas u opositoras en los medios públicos. Curiosos fenómenos que muestran otra evidencia desatendida: nada más progresista que el imperio de la ley y el gobierno dividido para defender a los más desfavorecidos, sean parte de la mayoría o de las minorías, frente al poder discrecional de los gobernantes, aun de aquel que se ejerce legalmente y en nombre de las mayorías.
(*) Politólogo y periodista
Opiniones
Fabián Bosoer –
@fabianlautaro (Especial para “Río Negro”)
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