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Escribir y morir en hoteles



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Bertolt Brecht dijo alguna vez: “Habitar en un hotel significa concebir la vida como una novela”. Claro, porque en el fondo los hoteles con sus camareros, sus habitaciones impolutas, sus atenciones, sus servicios, tienen poco que ver con nuestra vida cotidiana, vivir en un hotel es eso, hacer una vida ficticia que uno sabe que pronto terminará.
Desde una habitación con vistas al Río de la Plata, Federico García Lorca
–dicen– escribió el tercer acto de “Yerma”, en el entonces majestuoso hotel Carrasco de la capital uruguaya. Cuando lo visité hace un tiempo parecía un viejo barco abandonado en el puerto, apenas se vislumbraba entre sus ruinas la placa que recordaba el paso del poeta andaluz.
El dramaturgo estadounidense Tennessee Williams supo de fidelidad a un hotel, el “Elysee” en Manhattan. Allí vivió prácticamente los últimos quince años de su vida y escribió gran parte de sus memorias y muchas piezas teatrales que los críticos agrupan dentro del último periodo de creación del autor de “Un tranvía llamado deseo”. Williams murió en su suite en 1983.
Y si de muerte en hoteles hablamos, muchos recordarán el hotel Roma en Turín, allí una noche del 26 de agosto Césare Pavese toma una habitación en el tercer piso, desde allí llamará varias veces a mujeres diferentes. Luego el silencio; al otro día lo encontrarán sobre la cama y seis sobres de somníferos abiertos y una notita: “Por favor, no chismorreen demasiado”.
Un día “los dogos ilusos” (así los llamaba) que llevaba dentro lo condujeron por el río Paraná al interior del Delta, llegó a una habitación de un pequeño hotel del Tigre llamado El tropezón. No era la primera vez que Leopoldo Lugones frecuentaba la zona. Allí escribió una carta en la que hablaba de la imposibilidad de terminar un libro sobre Roca, de cómo quería que fuese su entierro; pero del porqué de la determinación de beber whisky con cianuro no dijo una palabra.
Hay más, Wilde muere en París, en el Hôtel d’Alsace; Chéjov pidiendo champagne en un hotel de la Selva Negra alemana, Antonio Machado y su madre en el hotel Majestic de Collioure...

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