Escuela media: un escenario de conflicto
Se ha anunciado recientemente la eliminación de las horas libres, así como la intención de dejar sin efecto que los estudiantes queden libres por inasistencias. Si bien ambas cuestiones son de naturaleza diferente, una relacionada con las ausencias de los docentes y la otra con las de los estudiantes, las dos pretenden ponerse en marcha sin los materiales, los espacios ni los recursos humanos necesarios. Pero analicemos cada caso en particular. Respecto de las horas libres, se pretende que los estudiantes ya no puedan ingresar tardíamente o retirarse en forma anticipada por ausencia de profesores, es decir, que permanezcan en el establecimiento educativo con la premisa de que “sigan aprendiendo”, cosa que sería loable si fuera posible. El personal docente de los colegios –ya sea profesores, ayudantes de clase, bibliotecarios, personal administrativo, etcétera– posee tareas asignadas que debe cumplir diariamente en tiempos y espacios determinados. Los recursos didácticos son limitados y se utilizan en las tareas escolares y con personal docente responsable de su cuidado y uso. Los espacios también son limitados, más bien diría mezquinos. Casi no existe la posibilidad de disponer de espacios para brindar otro formato a las clases que no sea el tradicional. De una u otra manera, los estudiantes siempre deben estar bajo la supervisión de personal docente, debido a la responsabilidad civil que implica su guarda dentro de las escuelas. Los preceptores tienen como función, entre otras tareas, acompañar a los estudiantes en caso de ausencia de profesores. Sin embargo, las plantas funcionales prevén un preceptor cada dos grupos (cursos) de estudiantes y los preceptores también se ausentan, por lo que las tareas de los preceptores que no se ausentan se multiplica por dos o por tres, según los casos. Como decíamos al principio, sin materiales, espacios ni docentes, la única forma de cubrir las horas libres es con un “gris de ausencia” (parafraseando al dramaturgo Roberto Cossa), o sea, sólo y aburridamente permaneciendo, reforzando el concepto de institución de encierro de la escuela (Foucault). Si no hay nada para hacer de lo que en teoría es mandato hacer en la escuela (enseñar y aprender), lo que resulta es la aplicación de un sistema de vigilancia y control institucional a los jóvenes, es decir, tal como fue el mandato originario de la escuela moderna a mediados del siglo XIX, cuando ésta se convirtió en el dispositivo apropiado para quitar de las calles a los niños e instruirlos en el aseo personal, el esfuerzo, la obediencia a la autoridad y las buenas costumbres. Otro aspecto relevante para analizar es la consecuencia de la no cobertura de las licencias por inasistencias docentes. Este despliegue se realiza para que los colegios autorregulen las inasistencias docentes a partir de la presión interna de los propios colegas que deben cubrir “los baches” dejados por otros. De ninguna manera esa cobertura significará la mejora en la cantidad y la calidad de la enseñanza o de los aprendizajes. En síntesis: sólo será permanecer para los estudiantes y “meter” presión hacia adentro de las instituciones escolares. Respecto de las ausencias de los alumnos, que se traduce en no dejarlos libres por inasistencias, tienen un cariz similar; sin materiales, espacios ni recursos humanos –y en este caso también tiempo disponible de los docentes para recuperar las clases perdidas– es letra muerta. Se pretende reforzar el seguimiento de la asistencia (y las inasistencias) de los alumnos casi hasta el paroxismo, aumentando los mecanismos administrativos del control por parte de la escuela. Pero lo más asombroso: desde el ministerio se propone instrumentar mecanismos “flexibles” de recuperación de clases en tiempos y espacios inexistentes. Los docentes tienen asignada su carga de trabajo para las clases a los grupos y, en algunos planes de estudio, para planificación y trabajo colectivo docente. No existen espacios de recuperación –salvo los establecidos para diciembre y febrero–, espacios alternativos para el trabajo fuera de la propia jornada escolar ni pago de horas cátedra extras para ese trabajo. En síntesis, los jóvenes seguirán asistiendo a los colegios en la medida de sus posibilidades e intereses, con o sin el apoyo de las familias; los docentes seguirán esforzándose para recuperar los estudiantes a los que les interese poner de sí lo suficiente para hacerlo a pesar de sus inasistencias; seguirán atendiéndose los casos de las enfermedades crónicas o prolongadas de los jóvenes, así como el de las alumnas madres, y los chicos que no asistan por otros motivos, entre ellos por falta de interés, no quedarán libres por inasistencias pero no completarán los aprendizajes necesarios para acreditar los conocimientos necesarios y “pasar de año”. ¿Qué es lo que pretenden nuestros gobernantes? No comprenden que la escolarización es mucho más que la acción instructiva del docente y que los conocimientos escolares se construyen en la grupalidad, con el concurso de los otros; que la escuela es, además de un espacio de formación para la vida, un lugar de encuentro con los pares, de construcción de identidad y de contrastación con el mundo adulto. En realidad, no les interesa. ¿Qué síntesis puede realizarse del problema planteado sobre inasistencias de los docentes y los estudiantes? Me aventuro a decir que ésta no es más que una muestra de un escenario más amplio de lucha entre el poder/discurso dominante y la docencia por la hegemonía ideológica del campo educativo. La historia reciente nos muestra la crudeza de esa contienda con los intentos de imposición del proyecto de mercantilización y gerenciamiento de la educación en la década de los 90. Hoy, con un avance en la concentración de los recursos económicos del sistema a través de programas estandarizados, controlados centralmente y financiados por los organismos multilaterales de crédito junto con políticas neoconservadores en educación, se nos presenta un claro escenario de confrontación ideológica. La política de los partidos de gobierno es la cooptación de la dirigencia docente y el disciplinamiento de sus bases. La política de la docencia deberán seguir siendo la resistencia y la alianza hacia adentro de la escuela con los estudiantes y las familias, que es lo que evidentemente se pretende quebrar con estas políticas. (*) Vicedirector de Nivel Medio. Licenciado en Educación. General Roca
JULIO A. PADRÓN HERNÁNDEZ (*)