Y llegó ese día. Fue el 30 de octubre de 1983. Un domingo. Domingo de suspiro largo, largamente contenido. Suspiro con dejo sin enojo de “¡Mierda, llegamos! ¡Ahí vamos!”. Masivo ese “¡Ahí vamos!”.

Domingo al que se llegó desde muchos lados, ninguno agradable como historia reciente. Historia cruel. Aquel domingo la crueldad latía, se palpaba, no se resignaba a alejarse.

Sí, se llegaba de días que tenían más de presente que el presente al que se llegaba. Costaba creer en una oportunidad para la esperanza de días por venir ajenos a la crueldad. Se llegaba desde la historia de un devastador desprecio por la vida. Años de deshumanización del otro. El otro -el distinto, claro- como cosa. Sacarlo de juego, claro. No a lugar para él.

Se llegaba de tiempos de “celebración de la violencia”, escribirá Natalio Botana. Se llegaba del “Viva la muerte” que eternizó un general de gestualidad histérica. Mentón alto. Manco era el general. Parche en un ojo tenía el general. Y con el que le quedaba, una mirada desplegando piruetas. De aquí a allá. Le faltaba una pierna. Había perdido todas esas piezas en el norte de África peleando por una España que tozudamente se empecinaba en mantener restos de un imperio que ya había perdido. Sí, español era ese general. También fascista. Sí, era el general que inmortalizó el “¡Viva la muerte!”. Se llamaba Millán Astray, el general. El grito había tronado a fines de octubre del 36, en Salamanca. Días en que dos España se mataban y mataban... “Aquí, en España, se talan vidas como se talan árboles”, había dicho León Bernanos al reflexionar sobre aquella Guerra Civil. Guerra con intenso crujido en Argentina.

Y aquí, en Argentina, aquel domingo de hace 35 años llegaba tras años del “Viva la muerte”. Los “Viva la muerte” de las organizaciones armadas. Del PRT y otras carpas de la variopinta izquierda. Fanáticos de transformar al ser en una ingeniería del cual emergería el mentado “hombre nuevo”. Una utopía “que pide lo imposible a los hombres y mujeres”, les pide que se conciban como piezas de un proyecto colectivo cuyo sentido está en manos exclusivas del poder, que les pide que sean actores voluntarios, activos, de una idea que les es impuesta, y que al pedirles lo imposible sólo puede realizarse bajo la forma de un régimen de dominación total”, reflexiona Mónica Hilb en un libro imperdible para quien aman rastrillar los días sucedidos, “los usos del pasado”.

Y a aquel domingo de octubre del 83 también se llegaba del “Viva la muerte” de los Montoneros y otras carpas peronistas. Apuntaron a disputarle poder a uno de los pocos generales conservadores inteligentes que tuvo Argentina: Juan Perón. Podio que Perón comparte con Agustín P. Justo. Y quizá Julio Roca, que más que inteligente era zorro. Montoneros quiso taclear a Perón. Perón los alentó, los entusiasmó, los esperó, los usó y luego comenzó a liquidarlos.

Y llegó el “Viva la muerte” de la dictadura. Un “Viva la muerte” respaldado por millones de argentinos que, de golpe, querían un orden que no sabían construir. Todo un psiquismo en el que enjuagaban los más variados miedos e intereses. Toda una dictadura cívico-militar timoneada por una sed de sangre terminante. Timón de un yo arrogante, impune. Militares que invocaban a San Martín en madrugadas de picana, de cuerpos arrojados al mar. Pero claro, San Martín no robaba pibes. Diez mil desaparecidos, porque no son 30.000. Pero la diferencia no cambia el tenor del horror. Todo en nombre de una mentada Argentina occidental y cristiana. “Necesitamos una guerra limpia”, le dijo Carlos Suárez Mason, general, a un canciller chileno. Eran los días del entrevero por el Beagle. ¡Guerra limpia!...

Porque aquel domingo de octubre del 83 también se venía de prepotentes aventuras de la dictadura cívico-militar argentina. La que rozamos con Chile por tres tocas furiosamente peladas por el hostil Atlántico Sur. Y Malvinas, claro. Criminal trasnochada de una asociación ilícita de uniforme. Y esa sangre derramada que tanto duele.

Aquel domingo de octubre del 83 también se llegaba de una economía arrasada por tablitas y -dicho a modo de ironía- tablones. Una economía timoneada por hombres que saben “hacer el mal sin manchar su reputación”, reflexiona el inteligente Juan Chaneton en su novela “Una revolución es demasiado para un hombre solo. Manuel Dorrego piensa... una hora antes de morir...”. Hombres cuyas manos “han de ser finas” y “ha de lucir delicadas y noble su figura”, acota Chaneton. Hombres de discurso absoluto. De que la verdad “pasa por aquí”.

Y aquel domingo de octubre del 83 llegó también plagado de hipocresías. Empresarios que habían pagado a matones de la dictadura para que les sacaran del medio a esta o aquella comisión interna eran, de golpe, democráticos. El alto clero conducido por cómplices del terror. Miserables con nombre propio. Por caso, los obispos Tortolo, Bonamín, Plaza, etc.

Y lonjas de las clases medias que justificaban vía el “algo habrá hecho” el secuestro, tortura y muerte de los dictadores.

Corporaciones gremiales que luego de acolchar los primeros tiempos de dictadura, volvían con más poder. Corporaciones muchas de las cuales chorreaban sangre. Sus matones habían eliminado a muchos de los más de 800 desaparecidos que signaron el paso de Isabel Perón por la Rosada.

Porque las desapariciones y el asesinato de lo distinto no sucedieron sólo con la dictadura cívico-militar. En esa materia sólo mudan las cantidades. Terrible.

Y en noche de aquel domingo de octubre del 83, en que todos los argentinos eran demócratas, Raúl Alfonsín era presidente de los argentinos. Digno. Sincero. Su mejor pergamino: defender la vida sí o sí. Con fatídica urticaria por los temas económicos. Con aspiraciones de “global player” en materia internacional.

No vamos a historiar aquí su presidencia. Sus más, sus menos. ¿Por qué reivindicarlos ahora, a 35 años de aquel domingo de octubre del 83? Quizá por la reflexión de Oscar Muiño en las líneas finales de su “Alfonsín”: “Fue el único presidente que no me da vergüenza haber votado”.

Sí, Alfonsín es sinónimo de aquel domingo de octubre del 83. “Queridos amigos radicales, queridos correligionarios, quiero decirles que Raúl Alfonsín ya no les pertenece. Nos pertenece a todos los argentinos”, reflexionó con ojos enjuagados Antonio Cafiero ante el féretro del expresidente.

Sí, un domingo de octubre 83, de la mano de Raúl Alfonsín, arrancamos en esto de construir una democracia. La tenemos. Es fallida. Recientemente deficitaria.

Pero al menos arrancamos.

Y no manda el “¡Viva la muerte!” para dirimir ideas.

Al menos por ahora no manda. No era poco.

35 años de la vuelta a la democracia y el triunfo de Alfonsín
Voto ganador. Alfonsín llegó a Chascomús al mediodía de ese domingo para emitir su sufragio.
Datos clave
51,7%
fue el caudal de votos que obtuvo Raúl Alfonsín para consagrarse como presidente ese 30 de octubre de 1983.
15,3
fueron los millones de argentinos que se acercaron a las urnas en ese día.
40,1%
fue el porcentaje de votos logrados por el candidato de Partido Justicialista, Ítalo Luder, en las elecciones presidenciales de 1983.
Image
La tradicional revista Humor en aquel entonces anticipaba con gran ironía el triunfo de Raúl Alfonsín sobre el candidato del PJ, Ítalo Luder.
En Río Negro, las piñas por Raúl

“Dígame, doctor Balbín, ¿cuándo va a dejar que el alfonsinismo gane una interna en Río Negro? Cada vez que lo hace, usted interviene el partido”, preguntó el Flaco Altamirano.

El Chino Balbín le clavó la mirada. Mirada de chino, claro. Fría. Inmóvil. Mirada milenaria. Mirada de cara de nada...

“Mire, doctor Balbín, que algún día Raúl Alfonsín será presidente de la nación”, advirtió Altamirano, director de un semanario maragato de historia linda, larga. Altamirano tenía más de 1.90 de largo y pelo bajo tensa lucha entre lo rubio y las canas. Tan magro de carne que tenía algo del personaje de “El inglés de los huesos”. Un colega suyo, Ricardo Villar, decía que no tenía carne. Que estaba
forrado por amarillentos pergaminos del pasado ilustre de Egipto.

El Chino Balbín acentuó su mirada sobre Altamirano. Su rostro más cetrino que nunca. Asiático. Imperturbable.

“Yo digo, doctor, ¿no?”. “¿Qué te pasa a vos? ¿Eh, eh?”, intervino Marcaccio mientras comenzaba su aproximación a Altamirano.

“Vos no te metas”, respondió éste. “Acá lo importante es el doctor Balbín”, le aclaró.

Y Marcaccio disparó el primer manotazo. Físico doble ancho, tipo heladera; brazos cortos, mano símil de baldosas, cuello ancho, testa en armonía y bien plantada. Blasonista Marcaccio, hombre de Línea nacional. Roquense.

Y el Flaco devolvió gentilezas. Movió los remos que tenía como brazos. Destino: Marcaccio. Sacudió sus baldosas. El Flaco le copió el recurso: también fingió.

“Sonamos, se empiezan las piñas en este lugar”, alertó a un colega González Herroro, pampeano, periodista del
“Río Negro”, encargado de seguir al Chino en su visita a Roca. “¡Calma radicales!”, se escuchó. La apelación a una frase extraída del arcón con liturgias partidarias provenía de Zarrilello. Caudillo de Línea Nacional en Capital Federal. Mostachos tipo coronel Cañones. Pero más democrático que éste y Patoruzú. El Chino seguía mirando al Flaco, que atendía dos frentes: la pregunta sin responder y las baldosas de Marcaccio. El Chino se levantó y se fue con un eco: “Hasta luego, radicales...”.

Todo sucedió en un hotel donde por más de 60 años pasó mucho de la rosca política rionegrina: el legendario Bristol, de Roca. Sucedió en una sala de reunión más chica que la mesa que Paco Martín, radical, dueño del Bristol, puso en el lugar. El entrevero en cuestión sucedió a fines de un año terrible para los argentinos: 1975.

¿Pero qué había sucedido en la UCR rionegrina? Veamos.

El Chino y Raúl Alfonsín se profesaban tanto afecto como Margaret Thatcher y Leopoldo Galtieri.

En el frente interno radical a escala nacional, el poder del primero se empantanaba lentamente en un océano de dulce de leche. El del segundo, lentamente, se afirmaba desde la creación de Renovación y Cambio, en 1972.

Tiempo antes de aquel final del 75, hubo internas en el radicalismo rionegrino, y los muchachos de Renovación y Cambio hicieron cosas propias de la década infame. Volcaron padrones, tanto que en algunos pueblos hubo más votos que afiliados.

Entonces, el Chino intervino la UCR rionegrina. Tras el golpe y hasta aquel domingo de octubre del 83, con Raúl Alfonsín presidente, Facundo Suárez lideró la intervención.
Y quizá, en algún momento de
la transición, el Flaco y Marcaccio se encontraron. Marcaccio seguramente lo abrazó con sus baldosas.
Y el Flaco lo enrolló con sus remos.

Buenos Aires