Vertebra el movimiento de Río Negro y Neuquén, pero las obras inconclusas,el mal estado y la imprudencia arman un combo letal.
La culpa la tiene el otro, el lugar común de conductores y funcionarios. Así está la ruta 22 hoy.

La huella que nació allá por 1885 cuando el Alto Valle comenzaba a tomar forma se convirtió en camino y más tarde en una ruta terminada de asfaltar en 1965. Tras la triste agonía de los trenes que vertebraban el movimiento económico de la zona, la 22 se llenó de camiones cada vez más pesados que la deforman. Hay vacas en los campos de Río Colorado cuando la traza ingresa a Río Negro.

Hay cigüeñas que extraen petróleo en el otro extremo, Zapala, 552 km después, en el centro de Neuquén. En el medio, hay fruta en los valles, turistas que no levantan el pie del acelerador rumbo a la cordillera o la costa, imprudencia y maniobras riesgosas de locales y visitantes, estrellas amarillas sobre el asfalto. Hay, también, obras inconclusas o ni siquiera empezadas. “Río Negro” la recorrió de punta a punta en las dos provincias. Aquí, lo que encontró.

Choques

El taxista se aferra al volante, con la mirada perdida. Acaba de chocar y no puede levantarse de la butaca. Lo rodean policías, le preguntan qué pasó, mientras la pasajera, que ya bajó, observa la escena parada a un par de metros. Son las 8.45 de un lunes de otoño frío en Cipolletti y sobre la ruta, en la intersección con la calle Estado de Israel, hay troncos desparramados. Cayeron de la chata cargada con leña que el taxi impactó a la altura de la rueda trasera derecha cuando la camioneta cruzaba la 22.

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan
El taxista se aferra al volante, con la mirada perdida. “No se que pasó. Le estoy laburando el auto a un amigo”

Hay polémica en el asfalto: los de la chata dicen que venía como loco, el otro conductor dice que se le cruzaron de golpe. La fila que va hacia Neuquén ya tiene unos dos kilómetros, se mueve despacito. El taxista maldice su suerte. “Le estoy laburando el auto a un amigo que se fue a un cumpleaños”, dice. Sigue aferrado al volante. “No lo puedo creer”, agrega.

De parchar a amasar

Apenas un rato antes, el móvil de “Río Negro” había demorado 32 minutos en recorrer los 4 km que van desde Isla Jordán hasta el puente carretero que une a Río Negro con Neuquén. A las 8.22 el río de autos avanzaba a paso de hombre. “Por lo menos se mueve. Antes, ni eso”, explica el policía de la Caminera. “Ahora muchos van por el tercer puente y eso descomprimió”, dice.

En cambio, en sentido contrario el tránsito es fluido hasta que es desviado a la colectora de tierra a la altura del primer murallón en construcción, en Fernández Oro.

Cincuenta metros antes, parado en la ahora ancha banquina, Nicolás vende tortas fritas a $ 60 la docena y 25 el café con leche. Junto a Florencia, se protege de la llovizna debajo de una sombrilla azul que apoya en el baúl de un antiguo Renault rojo, cubierto de polvo. Mirá para el lado de Neuquén. “Donde está el sauce tenía la gomería y atrás la casa. Nos sacaron para ampliar la ruta. Después de mucho pelear nos dieron un lote y recién ahora una prefabricada. Antes la 22 nos daba de comer parchando y ahora con las tortas fritas: nos levantamos a las 4 de la madrugada para amasar. En un buen día en tres horas vendemos todo”, dice Nicolás mientras devuelve el saludo de un camionero con el brazo extendido.

El amigo del presidente

Unos kilómetros más adelante, el Pocho Marini reniega con la tierra que le ensucia las manzanas, la chata, los vidrios del local donde vende además fiambres y delicias regionales. “Me tiene podrido este polvo”, se queja. Detrás está la foto con Macri, que cuando era candidato vino a visitarlo después de que Malena, la hija, le escribiera por Facebook. Su amigo el presidente a veces le manda saludos o lo menciona en un discurso. “Ojo, él dice que es amigo mío, yo no digo que soy amigo de él, ante todo respeto”, aclara. Y explica su postura: “Todo esto lo empezaron Néstor y Cristina, con ellos arrancó este lío de la 22. ¿Qué le diría si pudiera hablar con Macri otra vez? Que la terminen, eh, que la terminen. Esta tierra no se aguanta más. Mirá que avanzan lento...” Y agrega: “Ojo, las manzanas que vendo las lavo una por una, laburo todo el día. No soy como otros productores que manejan la chacra desde el café y encima se quejan. No. Yo sigo acá. Con tierra o sin tierra...”

El optimista de la 22

Poco después de Roca, hay un optimista nato al costado del camino. En este caso no del gol, como Palermo, sino de la ruta. Ahí está Matías, contento de tomar unos mates al solcito y esperar a que lleguen los clientes juntos a su padre Oscar, que hasta solo un mes tenía verdulería en el centro y como los números no cerraban dejó el negocio. Ahora cada mañana compra unos 600 kilos de manzanas, los carga a la chata y se viene con su hijo, cerquita del poste de luz ponen las reposeras, delante de la chacra donde ahora avanza un tractor entre los álamos.

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan

Hay unos 12 metros hasta la 22, tienen platea de primera fila a esa traza donde un auto gris hace un sobrepaso con poco margen y se lleva insultos y bocinazos. Venden los cajones de 16 kilos a 200 pesos, las bolsas de 2,5 a 3 kilos a $ 50 y están felices de conocer a gente de todo el país. ¿Qué harán en el invierno? Responde Oscar: “Y, vamos a estar acá. Yo no le puedo decir a mi familia: hoy hace frío, hoy no se come”.

La tragedia golpea la puerta

Cinco km después, ya en Cervantes, Amalia vende manzanas y peras cosechadas en su chacra. Cuestan 10 pesos el kilo en El Chapulín Colorado, el negocio que montó hace 40 años con su marido y en el que ahora ofrece fruta y otras exquisiteces de la región en una cabaña a unos 10 metros de la ruta.

Como Matías, cree que hay buena energía en los viajeros, que es lindo conversar con gente de aquí y de allá. Pero Amalia conoce de demasiado cerca su lado trágico, el que la hizo llorar tantas veces. Aquí mismo, del otro lado de la 22 en el km 1166, hace 11 años frenó el Koko del que bajaron dos hermanitos a cargo de la mayor, de 10 años. Los dos más chicos se soltaron y cruzaron. Un auto los embistió, pese a que intento frenar al verlos. “Pobrecitos. Uno terminó allá enfrente, cerca de ese poste, como a diez metros. Y el otro cerca de nuestra puerta, de este lado. La hermana gritaba desesperada, el conductor del auto también, decía que tenía hijos de la edad de ellos. Iba para Regina y supimos que después tuvo que ir al psicólogo, que cuando no toma la pastilla se desespera y revive la situación. Yo también tuve que ir...”

No es todo: ha visto decenas de vuelcos y casos estremecedores, como aquel choque entre un camión cargado con carne y otro de transporte de combustible con acoplado, por suerte vacíos. El sobrepaso demasiado arriesgado de una conductora enceguecida por el resplandor del amanecer provocó que ambos camioneros se tiraran cada uno a su banquina. Fuera de control, el acoplado dio contra el camión del frigorífico, que derribó tres álamos. El chofer murió, su compañero quedó atrapado tres horas y le caía aceite hirviendo en las piernas, las medias reses faenadas quedaron esparcidas en la 22. “Decir espanto es decir poco”.

¿Es posible resignarse al horror? Amalia no quiere hacerlo. “Seguro que la ruta debería estar mejor. Pero aunque hagan la autopista más amplia del mundo, mientras no cambiemos la manera de manejar, nunca va a alcanzar”, advierte. Antes de despedirse, cuenta otra historia, ahora de los 80, cuando la 22 parecía una pista de hielo frente a El Chapulín y había vuelcos todo el tiempo. Uno de ellos lo protagonizó el conductor de un Fiat 125: toda su familia se mudaba a Bariloche y a él le había tocado llevar los objetos más delicados. Las lluvias, las heladas, los pozos y las ondulaciones sobre una sola capa de asfalto armaban un combinación fatal. El hombre perdió el control y mientras el auto se daba vuelta la máquina de coser voló de punta a punta y lo lastimó en la cabeza. “Mi mujer me va a matar”, decía mientras Amalia y su familia lo asistían. Luego lo albergaron unos días hasta que se recuperó y pudo seguir viaje.

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan
“El chapulín colorado” ha visto de cerca un trágicos accidentes y decenas de vuelcos. Amalia, su dueña, nos advierte “mientras no cambiemos la manera de manejar, nunca va a alcanzar”,
Vivir frente a una cárcel

Eso siente que le pasa Daniel Pérez.

Junto a su hijo José tienen dos hectáreas en la zona de Tres Puentes, entre Godoy y Huergo, con cientos de autos usados en venta. Los que están en primera fila son bombardeados por los camiones que pisan las piedras de la colectora. Detrás, crece el murallón de unos 8 metros: es lo que llama la cárcel.

Como en un Tetris de piezas todas iguales y grises, los bloques de cemento impiden que lo vean los potenciales clientes que circulan por la ruta.

“Antes venían 30 personas por día. Ahora fijate que es mediodía y sos el segundo que entra. Nooo, yo me quiero ir de acá. Que me indemnicen, me rajo. Compré hace 13 años, era lindo, lleno de álamos. Mira la vista que tengo ahora...”

Después invita a ver el techo rajado de la casita: “Cada vez que pasan las máquinas se raja más. Y cada vez que voy para hablar nunca me atienden: el ingeniero siempre está ocupado...”

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan
Un grave problema es la carencia de comunicaciones en los 140 km entre Choele y Río Colorado. Si hay un accidente, los policías buscan señal debajo de un cartel publicitario en el cruce con la Ruta 251. Muchas veces la demora es larga para atender las urgencias.
140 km, un hombre

En Regina, hay congestión en la rotonda: se les complica cruzar a sus habitantes. Antes, el semáforo del primer acceso tiene el asfalto hundido por el peso de los camiones que frenan por el semáforo que de noche es liberado por los piedrazos y los robos.

En Chimpay, la amenaza de las multas por el radar genera respeto a los carteles de velocidad. En Choele, un semáforo mejoró la situación pero en la zona norte los vecinos reclaman que instalen otros y más cruces.

Tras dejar atrás la ciudad, hay una recta de 140 km y un solo parador: La Costeleta. Adentro, Juan Oscar Heim espanta las moscas y fuma mientras apura un vaso de Termidor y la tele muestra el valor del dólar.

Lleva 50 años aquí y lo ha visto todo: de los caballos al tren, de los autos de los 60 a los supercamiones que llevan arena a Vaca Muerta. “Los cacharros de antes iban despacito. Ahora pasan a 200”, dice. “¿Cuánto vale comer acá? Y, según la cara”, responde con una media sonrisa, enciende otro cigarro y se concentra en la pantalla.

Cada tanto mira la ruta tras el ventanal. “Van como locos”, dice y pega otra pitada.

Pozos y radares

Rumbo a Río Colorado, la recta se vuelve monótona. Ya cerca de la ciudad:

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan
La ruta se deforma con abruptos desniveles en donde la hunden los camiones. Mejor no errarle al surco.

Es tiempo de volver. Una 4x4 se tira a pasar a un camión y obliga al auto de “Río Negro” a frenar para evitar el choque.

Poco después la escena se repite, pero con mucho menos margen. La 4x4 hace señas de luces desesperadas. Al Flaco no le queda otra que levantar el pie del acelerador, frenar suave y tirarse a la banquina. “Lo resolviste bien”, le dice el Negro. “Es que vine mirando la banquina a la ida y sabía que se podía”, explica el Flaco, el infografista. Ya es noche cerrada en Darwin cuando Yésica despacha choripanes y explica el sentido del radar:

Historias de la 22, la ruta que une, mata y nunca terminan
Yésica explica el sentido del radar: “Ahora por lo menos frenan un poco. Algo había que hacer. Mirá lo que le pasó al Ferchu...”

El 19 de marzo del 2017, el Ferchu, de 16 años, iba a jugar un partido de fútbol en este pueblo atravesado por la ruta. Cuando quiso cruzar no vio que un auto sobrepasaba a un camión; se le apareció de golpe. Murió días después.

Y tres semanas atrás, un chico de 14 años que cruzaba en moto fue embestido por un auto. Por eso los vecinos reclaman acciones: semáforos, rotonda, algo. Y el municipio propuso un paso subterráneo. De momento, solo funciona el temor a pagar una multa. Y de día: el radar no está activado de noche.

Del otro lado del puente
¿Cómo están las cosas en Neuquén? “La ruta es un infierno”, asegura Antonio Trinidad, de 75 años, productor de porcinos que tiene su lote en el km 1.247 (zona rural entre Plottier y Senillosa) donde el doble carril de la multitrocha está construido pero sin habilitar, falta señalización y los vehículos circulan a velocidad peligrosa.

Es una de tantas quejas que se oyen a lo largo de 187 km que recorre la ruta desde los puentes carreteros hasta Zapala. Conecta ciudades populosas con el desierto y la precordillera, es nexo y a la vez sustento, paso obligado de turistas y único camino para los gigantescos camiones petroleros que van hacia Cutral Co y Plaza Huincul, motores de la economía provincial. Y a la vera hay más historias de pobladores que hacen de ella su único medio de vida y que saben los peligros que esconde.

Es un camino plagado de estrellas amarillas y un recorrido para los devotos: hay santuarios del Gauchito Gil, la Difunta Correa o Ceferino Namuncurá adornan con velas y flores el largo trayecto. Antonio Trinidad se instaló hace 20 años, hoy tiene 75. En aquella época se jubiló, era panadero y como la plata del retiro no alcanzaba para vivir, juntó lo que tenía y se compró un lote apartado del casco urbano de Senillosa. Vive cerca de la ruta, dejó de trabajar las harinas y se dedicó a la crianza de animales. “Es un infierno”, repite: los autos no respetan y a menudo suenan los bocinazos o las gomas rechinando por las frenadas bruscas sobre el asfalto. A principios de marzo fue testigo de un grave accidente que se cobró las vidas de dos vecinos de Senillosa de 20 y 33 años que chocaron de frente y murieron instantáneamente.

Mirar dos veces

Primo Rojas tiene 49 años y llegó hace 10 años de su Cochabamba natal, dejó su trabajo al volante de un camión y desembarcó en Senillosa. Arrendó una chacra, empezó a producir hortalizas y ahora las vende al margen de la 22. En el trayecto del casco urbano se lo puede ver parado junto una pila de cajones.

Su experiencia con la ruta: “siempre hay que mirar dos veces a ambos lados, porque andan tan rápido que te pasan por arriba”. Repite que ha visto accidentes y que se conjugan la banquina descalzada y los conductores veloces. “Hace un par de meses una camioneta se estrelló contra uno de los árboles y lo arrancó desde la base”, asegura mientras señaló un sitio ubicado a menos de 20 metros de su puesto.

Nuevos problemas

Delfina Hernández recuerda que el 21 de octubre pasado se les inundó el negocio, justo el día en que ella cumplía 19 años. La parrilla y el hospedaje “El Quincho”, se ubica en Arroyito y tiene su entrada al margen de las obras de ampliación. La joven explica que en los 30 años que tiene el comercio, que es de sus abuelos, nunca tuvieron problemas. Pero que la elevación del terraplén de la calzada le genera complicaciones cuando llueve. Recuerda además que años atrás las máquinas pasaron compactando el piso y le levantaron todos los azulejos del asador, pero que la empresa responsable de la obra nunca se hizo cargo de la reparación.

De YPF a la ruta

Cuando a José Muñoz lo echaron de YPF en la década del 90, la desesperación por encontrar trabajo no lo corrió. El hombre tenía un capital conformado por una buena cantidad de ganado, alrededor de 1.000 caprinos que le sirvieron para subsistir. También le compró un pequeño mercadito a un amigo: “Las Muchachitas”. Tiene un viejo cartel despintado que se ubica en el paraje Santo Domingo a medio camino hacia Zapala. Asegura que es la parada obligada de los viajeros que necesitan comprar alguna gaseosa para el camino o calentar agua para el mate.

Muñoz tiene 69 años, habla desde atrás del mostrador, apoyado en una arcada que conecta con el resto de su casa. Tiene un pucho que baila entre sus dedos y entre algunas bromas confirma lo que otros dicen, que “los conductores no respetan nada. Los turistas que vienen con autos lujosos pasan a toda velocidad”. Recuerda que un día que estaba pasando el tren, cuyas vías se ubican a escasos metros de su local, se había formado una extensa cola de autos. Un conductor de poca paciencia, aceleró su camioneta y comenzó a rebasar autos hasta que se encontró con las barreras bajas: el chillido de las cubiertas resbalando en el asfalto fue largo, pero no alcanzó para evitar el choque, apenas uno más en la trágica rutina de la 22.


Promesas de terminar las obras pese al ajuste

Durante su reciente visita a la región para inaugurar un tramo de la Ruta 23, el titular de Vialidad Nacional Javier Iguacel señaló que se completarán las obras previstas. Sin embargo, no aclaró cuáles serán en Roca, el tramo más conflictivo, aunque insistió en que habrá una rotonda ovalada en Av. Roca y no aclaró qué pasara en los cruces de Mendoza y San Juan. Remarcó además que los tramos de Fernández Oro a Gómez y Godoy a Cervantes quedarán habilitados en los próximos meses.

En cuanto a Neuquén, se pueden ver obras en marcha y otras paradas. Los trabajos más intensos están en Challacó: el camino está muy deformado y además deben elevar un tramo de la ruta que siempre queda sumergido bajo la lluvia. Desde Plottier hasta Arroyito no se ven obreros.

La dirección de Vialidad Provincial informó a este medio los datos oficiales de Vialidad Nacional. Señaló que el tramo Plottier a Arroyito, con una longitud 32,64 kilómetros se divide en dos partes: uno es Plottier - Senillosa, donde se construye una autovía; mientras que Senillosa - Arroyito va a ser autopista.

Para ese trayecto se encuentra aprobado el proyecto ejecutivo definitivo de la obra, a un costo total a noviembre del 2017 de 1.062.413.372 pesos. El avance de obra a abril del 2018 es del 64,05% y se “prevé el reinicio en los próximos días y la finalización el 15 de abril de 2019”.

En tanto el tramo Arroyito - Zapala tiene una longitud de 130,36 km y se encuentran en ejecución dos obras: la primera consiste en repavimentaciones parciales de calzada, reconstrucción de banquinas y señalización horizontal y vertical. Está hecho en un 73,52 % y el monto de la obra es $ 137.913.867. Debería estar finalizado en julio próximo.

Créditos:

Textos: Javier Avena y Miguel Suarez

Fotografía: Andrés Maripe y Matias Subat

Videos: Andrés Stefani