Espera inútil

La crisis que puede convertir al país en zona devastada se debe a la incapacidad de sus dirigentes para elaborar un plan convincente y sostenible.

Por Redacción

Según el presidente norteamericano George W. Bush, Estados Unidos estaría más que dispuesto a ayudar a la Argentina en cuanto «los argentinos desarrollen un plan y nos muestren cómo pondrán la casa en orden». Asimismo, el ministro de asuntos exteriores de España, Josep Piqué, señaló que para gozar de la confianza del sistema financiero internacional la Argentina tendrá que «presentar un plan coherente, que incluya programas sólidos, serios y concretos». A primera vista, tales afirmaciones -las que, palabra más, palabra menos, podrían haber sido pronunciadas por representantes de todos los gobiernos del mundo occidental- parecen muy sensatas, pero en verdad no lo son en absoluto porque la crisis que amenaza con convertir al país en una zona devastada sin ninguna posibilidad de prosperar en el futuro se debe precisamente a la incapacidad de sus dirigentes para formular un «plan» que sea convincente y sostenible. Si no fuera por este detalle desafortunado, la Argentina nunca se hubiera acercado al abismo por el cual acaba de precipitarse.

Además de suponer penurias cada vez mayores para los argentinos mismos, esta realidad plantea dificultades graves a aquellos líderes extranjeros que por muchos motivos quisieran ayudarlos. Si insisten en esperar hasta que aquí surja un gobierno que sea capaz de actuar con la coherencia y la contundencia necesarias para que el país se haga «viable», tendrán que transcurrir tantos meses o años que los daños económicos, sociales, políticos y culturales sufridos serán irreparables. En cambio, si brindan su respaldo a un «plan» deficiente con la esperanza de que andando el tiempo los gobernantes argentinos lo mejoren, sus eventuales aportes ni siquiera servirían para darnos un alivio.

Sin embargo, puesto que hay tanto en juego, los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, que son los únicos en el mundo entero que están en condiciones de frenar la caída de la Argentina, no pueden darse el lujo de observar el espectáculo atribuyendo su actitud pasiva a su respeto por el derecho de todo país a suicidarse si así lo quiere la clase política local. Tampoco pueden ponerse a esperar a que nuestros políticos se metamorfoseen en personas capaces. Mal que bien, los dirigentes de los países ricos tendrán que tomar la iniciativa, lo cual podrían hacer ofreciéndonos ayuda masiva a cambio de una serie de reformas políticas, económicas y jurídicas muy profundas que permitirían a la ciudadanía liberarse de la tutela de una clase política catastróficamente desprestigiada. Sería cuestión de un pacto equiparable a los firmados por aquellos países que, a pesar de llevar a cuestas un pasado signado por el autoritarismo, el populismo semifascista, la corrupción endémica, la ineptitud sistemática y muchos otros vicios característicamente tercermundistas, eligieron integrarse a la Unión Europea, decisión que los obligó a aceptar el llamado «acquis communitaire», o sea, una cantidad imponente de reglas políticas, económicas y jurídicas que de otro modo nunca hubieran pensado en adoptar.

Como subrayó Piqué, para que tenga una posibilidad de salir adelante la Argentina tendrá que merecer la confianza de las instituciones internacionales, es decir, aproximarse mucho más a Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón por tratarse de los países que dominan las finanzas planetarias. Lo que Piqué y otros no parecen entender, empero, es que los cambios internos que posibilitarían tal acercamiento no se producirán a menos que los beneficios concretos sean tan patentes que la mayoría abrumadora de la población no tuviera duda alguna en cuanto a la conveniencia de emprenderlo. Dadas las circunstancias, la incomprensión así manifestada es un tanto sorprendente porque Piqué, lo mismo que sus colegas de Grecia, Portugal y, últimamente, países como Polonia, Hungría y la República Checa, deberían saber mejor que nadie lo fundamental que es dar a países políticamente atrasados tanto un mapa muy pormenorizado de lo que les correspondería hacer para que sean presentables como razones irresistibles para abordar las muchas reformas que supondrían la postergación de intereses creados fuertemente atrincherados que les sería forzoso llevar a cabo.