«Esto es una película, no me puede estar pasando»

Dramático relato de una familia asaltada por delincuentes en Santa Genoveva. Entre tres y cinco sujetos la sorprendieron cuando dormía y le robaron 5.000 pesos.

NEUQUÉN (AN)- «¿Sabés lo que significa ver de repente gente en tu dormitorio, que te pidan que te pongas boca abajo, que te aten de manos y pies? Yo me decía: esto es una película, esto no me puede estar pasando».

Pero pasó. La que habla es Marcela, una mujer de 48 años que ayer a la madrugada fue asaltada en su vivienda cuando también estaban su marido y sus hijos de 23 y 18 años. Ocurrió en el barrio Santa Genoveva, un sector de clase media alta que suele ser escenario de hechos de esta naturaleza.

Los delincuentes, entre tres y cinco, se alzaron con los 5.000 pesos que el dueño de casa había cobrado el día anterior y la camioneta Ford Explorer de la familia. Luego la dejaron abandonada en Manuel Rodríguez y Galarza.

Marcela tiene unos enormes ojos celestes -que heredaron sus hijos- y se le llenan de lágrimas cuando relata la pesadilla. «Mi marido se está desvinculando de la empresa (ingeniero, oriundo de Buenos Aires, era gerente de una firma radicada en Allen), está repartiendo su currículum para conseguir trabajo, a fin de mes tenemos que dejar esta casa que le alquila la empresa… no es un buen momento. Anoche, cuando nos acostamos, le dí la mano y le dije 'vamos a salir adelante'. Porque pese a todo, no me quiero ir de Neuquén».

Todavía no sabe por dónde ingresaron los asaltantes. No violentaron ninguna puerta ni ventana, y la perra de la familia no ladró como acostumbra.

El primero que se topó con los delincuentes fue Fernando (18). «Yo estaba re dormido y me asusté, no entendía nada», dice a «Río Negro». El sujeto ingresó en su habitación con algo en la mano, que pudo ser un cuchillo o un arma de fuego. Otro se asomó a la pieza de Matías (23), quien pensó que era su hermano caminando sonámbulo.

Ocurrió alrededor de las 3.30 de la madrugada. La familia fue reunida en una habitación, a todos los maniataron. Marcela cuenta cómo quedaron sobre la cama: «mi hijo mayor, yo y mi marido. Al más chico lo tiraron atravesado». Y se angustia al recordar: «Quedó con el pecho apoyado sobre mis tobillos, yo le sentía el corazón, le latía a mil, pensé que se me iba a morir».

Los ladrones revolvieron toda la casa, dieron vuelta los cajones y se alzaron con toda la ropa del dueño de casa. Pedían plata, plata y plata. «A mi marido le dieron una trompada en la cara, yo les pedía por favor que no le pegaran y me gritaron 'callate que me ponés nervioso'. Uno se fue con él hasta el lugar donde habíamos guardado el sobre con la plata que el día anterior le habían pagado en la empresa. No había más. No tenemos trabajo», cuenta Marcela.

«Y nos pedían joyas. Joyas», repite con cansada ironía. «Lo único que tenía era una cadenita de plata y las alianzas».

A la pesadilla le falta un último capítulo: la huida de los ladrones. «Les tuvimos que explicar cómo se abre el portón y cómo se pone en marcha la camioneta» que es modelo 99 y a gas. «Les dijimos que si no arrancaba era porque no tenía más gas y había que pasarla, y nos preguntaron cómo se hacía, si tenía GPS, alarma, todo».

Los delincuentes hicieron la última amenaza: «Si no la podemos hacer arrancar, nos llevamos a uno de tus hijos». La Explorer arrancó. Y entonces la familia pudo desatarse, pedir ayuda, llorar. «No sé cómo nos va a quedar la cabeza después de esto», dice Marcela, y sus ojos azules vuelven a lagrimear.


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