Europeos sin trabajo
Como descubrimos hace una docena de años cuando la convertibilidad se aproximaba a su fin, compartir la misma moneda con quienes se han acostumbrado a un mayor rigor fiscal puede resultar muy difícil, pero pocos previeron que el intento de impulsar la unificación definitiva de Europa adoptando una moneda común tendría consecuencias tan nefastas como las que están afectando al sur del continente. En España, la tasa de desempleo ya supera el 27% de la población activa, con más de seis millones de “parados”, mientras que en Grecia la situación es todavía peor. Alarmados por lo que está sucediendo, muchos políticos, entre ellos el exprimer ministro italiano Silvio Berlusconi, lo atribuyen a “la austeridad”, dando a entender que la situación cambiaría drásticamente si los gobiernos de la Eurozona aumentaran el gasto público, de tal modo estimulando el consumo y, suponen, poniendo en marcha un ciclo virtuoso que beneficiaría a todos. Pero, claro está, los alemanes, que llevan la voz cantante, se oponen a medidas que los obligarían a subsidiar hasta nuevo aviso a países a su juicio atrasados en que los políticos son irremediablemente corruptos. Aunque se han producido muchas protestas callejeras, algunas violentas, contra la política de austeridad reivindicada tanto por el gobierno de Mariano Rajoy como por los comisarios de la Unión Europea, los “indignados” no han podido formular una alternativa convincente. Tampoco han logrado aportar una los socialistas. Es que los españoles, lo mismo que los griegos, italianos y portugueses, además de los franceses, son reacios a admitir que no están en condiciones de ponerse a la altura –en términos económicos, se entiende– de los alemanes, austríacos, holandeses y finlandeses. A pesar de todo, aún quieren seguir usando el euro porque tomarían una decisión de abandonarlo por un fracaso colectivo humillante. En cierto modo tienen razón quienes piensan así, pero ya parece evidente que han sido catastróficamente altos los costos, para decenas de millones de europeos, en especial los más jóvenes ya que en España la tasa de desocupación de los menores de 25 años de edad laboral es del 57,22%, de un arriesgado experimento monetario que fue emprendido por motivos netamente políticos. Los teóricos del euro imaginaban que su empleo posibilitaría que convergieran las culturas socioeconómicas tan distintas de países como Alemania por un lado y España, Grecia e Italia por el otro. Puede que lo que anticiparon realmente esté ocurriendo, que poco a poco los habitantes del sur de Europa estén asumiendo actitudes parecidas a las de sus socios norteños, mientras que éstos, impresionados por los esfuerzos de los gobiernos de los países mediterráneos, estén más dispuestos que antes a moderar sus exigencias, pero el proceso de aprendizaje así supuesto está resultando ser absurdamente doloroso. Con todo, si bien una eventual decisión de salir de la Eurozona por parte de cualquier país, aun cuando fuera cuestión de uno tan pequeño como Chipre, tendría un impacto muy fuerte en el conjunto, en el mediano plazo le permitiría devaluar y por lo tanto convivir de manera menos penosa con sus propias deficiencias. Mal que les pese a los españoles, griegos y portugueses, por ahora cuando menos no están en condiciones de jugar en la misma liga que los europeos del norte. Para poder hacerlo un día, los gobiernos respectivos tendrían que llevar a cabo una multitud de reformas económicas y educativas que se verían resistidas por sindicalistas y otros que están comprometidos con los esquemas tradicionales. Debido a la crisis del euro, se han visto constreñidos a tratar de dar un salto cualitativo en un lapso sumamente breve, un intento que, al condenar a años de desempleo a muchos millones de personas, resultará ser contraproducente porque es inconcebible que la experiencia desmoralizadora sirva para que en adelante los españoles, griegos, italianos y portugueses sean tan productivos como sus contemporáneos del bloque encabezado por Alemania, para no hablar de los chinos y otros asiáticos con los que les tocará competir en un mundo globalizado en el que quienes pierdan terreno enfrentarán un futuro de pobreza y, en el caso de los que una vez creían que su propio país ya la había dejado atrás, de frustración rencorosa.
Como descubrimos hace una docena de años cuando la convertibilidad se aproximaba a su fin, compartir la misma moneda con quienes se han acostumbrado a un mayor rigor fiscal puede resultar muy difícil, pero pocos previeron que el intento de impulsar la unificación definitiva de Europa adoptando una moneda común tendría consecuencias tan nefastas como las que están afectando al sur del continente. En España, la tasa de desempleo ya supera el 27% de la población activa, con más de seis millones de “parados”, mientras que en Grecia la situación es todavía peor. Alarmados por lo que está sucediendo, muchos políticos, entre ellos el exprimer ministro italiano Silvio Berlusconi, lo atribuyen a “la austeridad”, dando a entender que la situación cambiaría drásticamente si los gobiernos de la Eurozona aumentaran el gasto público, de tal modo estimulando el consumo y, suponen, poniendo en marcha un ciclo virtuoso que beneficiaría a todos. Pero, claro está, los alemanes, que llevan la voz cantante, se oponen a medidas que los obligarían a subsidiar hasta nuevo aviso a países a su juicio atrasados en que los políticos son irremediablemente corruptos. Aunque se han producido muchas protestas callejeras, algunas violentas, contra la política de austeridad reivindicada tanto por el gobierno de Mariano Rajoy como por los comisarios de la Unión Europea, los “indignados” no han podido formular una alternativa convincente. Tampoco han logrado aportar una los socialistas. Es que los españoles, lo mismo que los griegos, italianos y portugueses, además de los franceses, son reacios a admitir que no están en condiciones de ponerse a la altura –en términos económicos, se entiende– de los alemanes, austríacos, holandeses y finlandeses. A pesar de todo, aún quieren seguir usando el euro porque tomarían una decisión de abandonarlo por un fracaso colectivo humillante. En cierto modo tienen razón quienes piensan así, pero ya parece evidente que han sido catastróficamente altos los costos, para decenas de millones de europeos, en especial los más jóvenes ya que en España la tasa de desocupación de los menores de 25 años de edad laboral es del 57,22%, de un arriesgado experimento monetario que fue emprendido por motivos netamente políticos. Los teóricos del euro imaginaban que su empleo posibilitaría que convergieran las culturas socioeconómicas tan distintas de países como Alemania por un lado y España, Grecia e Italia por el otro. Puede que lo que anticiparon realmente esté ocurriendo, que poco a poco los habitantes del sur de Europa estén asumiendo actitudes parecidas a las de sus socios norteños, mientras que éstos, impresionados por los esfuerzos de los gobiernos de los países mediterráneos, estén más dispuestos que antes a moderar sus exigencias, pero el proceso de aprendizaje así supuesto está resultando ser absurdamente doloroso. Con todo, si bien una eventual decisión de salir de la Eurozona por parte de cualquier país, aun cuando fuera cuestión de uno tan pequeño como Chipre, tendría un impacto muy fuerte en el conjunto, en el mediano plazo le permitiría devaluar y por lo tanto convivir de manera menos penosa con sus propias deficiencias. Mal que les pese a los españoles, griegos y portugueses, por ahora cuando menos no están en condiciones de jugar en la misma liga que los europeos del norte. Para poder hacerlo un día, los gobiernos respectivos tendrían que llevar a cabo una multitud de reformas económicas y educativas que se verían resistidas por sindicalistas y otros que están comprometidos con los esquemas tradicionales. Debido a la crisis del euro, se han visto constreñidos a tratar de dar un salto cualitativo en un lapso sumamente breve, un intento que, al condenar a años de desempleo a muchos millones de personas, resultará ser contraproducente porque es inconcebible que la experiencia desmoralizadora sirva para que en adelante los españoles, griegos, italianos y portugueses sean tan productivos como sus contemporáneos del bloque encabezado por Alemania, para no hablar de los chinos y otros asiáticos con los que les tocará competir en un mundo globalizado en el que quienes pierdan terreno enfrentarán un futuro de pobreza y, en el caso de los que una vez creían que su propio país ya la había dejado atrás, de frustración rencorosa.
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