Exigencia imposible

Las deficiencias del estilo poco emocionante de De la Rúa son sólo una parte del problema. Más grave es el comportamiento de la clase política.

Redacción

Por Redacción

Ya antes de que Fernando de la Rúa pusiera en marcha su gestión era fácil prever que, además de tener que afrontar una «herencia» económica bastante complicada, le ocasionaría una multitud de dificultades el que a nadie se le ocurriría tomarlo por un «caudillo», esto en un país que, como es notorio, siempre ha sido exageradamente presidencialista. Aunque en el curso de la campaña electoral que lo llevó a la Casa Rosada De la Rúa se las ingenió para difundir la idea de que su temperamento más negociador que mandón sería una ventaja después del personalismo a todas luces excesivo de Carlos Menem, en cuanto se hubo iniciado su presidencia comenzaron a hacerse oír quejas por su propensión a vacilar y por su voluntad de tratar de conciliar todas las facciones de un frente ya fragmentado. Por supuesto que en su condición de jefe meramente formal de una amplia coalición dominada por populistas que se mostraban más interesados en sus respectivas internas partidarias que en el gobierno del país, De la Rúa siempre ha tenido muy buenos motivos para tratar de evitar conflictos que no hubieran tardado en provocar rupturas irreparables, pero aun así parece indiscutible que las cualidades que le han permitido demorar la dispersión final de la Alianza también le han impedido brindar al país el liderazgo que según muchos precisa en un período tan difícil como el actual.

Sin embargo, de haber resultado De la Rúa ser el caudillo que tantos parecen creer deseable, esto no le hubiera ahorrado la necesidad de superar el dilema planteado por el compromiso de la mayoría de los aliancistas con los esquemas fantasiosos que confeccionaron cuando pensaban que tenían derecho a echar mano a cualquier planteo que los ayudaría a incomodar a Menem. Puede que un líder realmente excepcional hubiera conseguido imbuir tanto a los aliancistas como a los muchos independientes de una fe mesiánica en el «modelo» para que se dedicaran plenamente a derribar todos los muchos obstáculos que se encuentran en su camino, pero hasta ahora cuando menos no se ha visto semejante prodigio en ningún país del mundo.

Es que ni en América Latina ni en otras regiones se han destacado los caudillos por su afán innovador. Antes bien, han logrado dar cohesión a movimientos ya existentes o, a lo sumo, hacer de los sentimientos latentes de sus compatriotas la materia prima de un nuevo proyecto político. En este sentido Menem no fue una excepción: aunque lo que hizo no tuvo mucho que ver con las aspiraciones de sus seguidores iniciales, tampoco procuró convertirlos en militantes de su ideario. En cambio, para que su sucesor lo emulara, le sería forzoso convencer a muchos radicales y frepasistas de que el «modelo» que se han acostumbrado a denunciar dista de ser un cementerio de esperanzas nobles, que, por el contrario, mejorarlo les ha brindado un desafío magnífico que deberían aprovechar con toda su energía.

Las deficiencias, reales o imaginarias, del «estilo» poco emocionante y raramente muy decisivo de De la Rúa sólo constituyen una parte del problema. Mucho más grave es la resistencia de una proporción muy grande de la «clase política» nacional a entender que en vista de que pase lo que pasare a la Argentina no le será dado ausentarse del mundo tal y como es, le convendría intentar sacar el mayor partido de las circunstancias en vez de perder el tiempo lamentándolas. Al fin y al cabo, un programa destinado a lograr la «modernización», es decir, la virtual reconstrucción del país para que pudiera prosperar tanto como otros de cultura similar como España e Italia -los que, medio siglo atrás, muchos creían irremediablemente condenados por su cultura política a la miseria y al atraso-, no sería aburrido en absoluto. Sin embargo, entre las muchas paradojas de los tiempos que corren está la supuesta por el hecho de que mientras que muchos están dispuestos a sacrificarse en aras de proyectos totalmente inviables que no han funcionado en ninguna parte, muy pocos se pondrían a hacer esfuerzo alguno en favor de programas claramente prácticos que no sólo en Europa sino también en Asia oriental ya han producido frutos envidiables.


Ya antes de que Fernando de la Rúa pusiera en marcha su gestión era fácil prever que, además de tener que afrontar una "herencia" económica bastante complicada, le ocasionaría una multitud de dificultades el que a nadie se le ocurriría tomarlo por un "caudillo", esto en un país que, como es notorio, siempre ha sido exageradamente presidencialista. Aunque en el curso de la campaña electoral que lo llevó a la Casa Rosada De la Rúa se las ingenió para difundir la idea de que su temperamento más negociador que mandón sería una ventaja después del personalismo a todas luces excesivo de Carlos Menem, en cuanto se hubo iniciado su presidencia comenzaron a hacerse oír quejas por su propensión a vacilar y por su voluntad de tratar de conciliar todas las facciones de un frente ya fragmentado. Por supuesto que en su condición de jefe meramente formal de una amplia coalición dominada por populistas que se mostraban más interesados en sus respectivas internas partidarias que en el gobierno del país, De la Rúa siempre ha tenido muy buenos motivos para tratar de evitar conflictos que no hubieran tardado en provocar rupturas irreparables, pero aun así parece indiscutible que las cualidades que le han permitido demorar la dispersión final de la Alianza también le han impedido brindar al país el liderazgo que según muchos precisa en un período tan difícil como el actual.

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