Fracaso en Río

Por Redacción

A juicio de los miembros de partidos verdes y organizaciones no gubernamentales encabezadas por ambientalistas militantes, la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, Río+20, que acaba de celebrarse en la ciudad brasileña, resultó ser un fracaso rotundo, ya que lo único que produjo fue una declaración final insulsa, plagada de generalidades, que no cambiará nada porque no incluye compromisos firmes. Los activistas habrán acertado en cuanto al saldo poco impresionante de la reunión multitudinaria más reciente de gobernantes supuestamente angustiados por el deterioro del medioambiente, pero no tienen derecho a sentirse sorprendidos. La crisis económica exasperante que están experimentando los países avanzados, y que ha afectado el crecimiento hasta hace algunos meses vertiginoso de emergentes como China y la India, ha obligado a todos a pensar nuevamente en los costos que les supondría tomar las medidas sumamente drásticas reclamadas por los convencidos de que el planeta se dirige hacia un cataclismo debido al calentamiento global y la pérdida de recursos no renovables. Asimismo, los contrarios a lo que hasta hace poco fue la ortodoxia ecológica pueden señalar que las soluciones propuestas por los militantes se inspiran en análisis arbitrarios de lo que está ocurriendo, ya que para hacer más impactantes sus conclusiones algunos científicos no han vacilado en fabricar evidencia y perseguir, con malicia patente, a aquellos colegas que discrepan con lo que dicen, de ahí los escándalos desatados por la difusión del correo electrónico de quienes trabajaban en instituciones especializadas en temas vinculados con el cambio climático. Hace 20 años, en un contexto internacional que estaba caracterizado por una mezcla extraña de optimismo económico y pesimismo a veces apocalíptico sobre las perspectivas frente al género humano que, en opinión de los más apasionados, estaba destruyendo la madre tierra, el ambientalismo estaba de moda. En la actualidad, no lo está. En muchas partes del mundo, el estallido demográfico que tanta preocupación había motivado se ha visto seguido por una implosión demográfica. Por lo demás, la conciencia de que la evolución del clima depende de muchos factores naturales, que en distintas épocas del pasado la temperatura global ha aumentado hasta niveles acaso superiores a los registrados a finales del siglo pasado para después reducirse, de suerte que el eventual enfriamiento plantearía tantos riesgos como el calentamiento, y que de todos modos es perfectamente posible que la incidencia de las actividades económicas del hombre sea decididamente menor a lo que afirman los ambientalistas profesionales, ha alentado a los escépticos. Aunque todos dicen estar a favor de medidas que sirvan para combatir la polución industrial, ya escasean los persuadidos de que sería preciso emprender cambios tan costosos que depauperarían a miles de millones de personas. Si bien los países más avanzados cuentan con recursos económicos y técnicos suficientes como para acatar normas ecológicas más rigurosas que las tradicionales, para emergentes como China y la India, donde la industrialización muy rápida ya ha causado estragos ambientales enormes, procurar emularlos significaría resignarse a no disfrutar nunca de la prosperidad masiva que es considerada normal en América del Norte y la mayor parte de Europa. A pesar de que la economía china ya emite más gases carbónicos que según los ambientalistas están ocasionando el “efecto invernadero” y en consecuencia el calentamiento global, sus gobiernos son reacios a adoptar medidas que, para los ya ricos, serían ingratas pero tolerables. Así, pues, la negativa de países superpoblados como China y la India a frenar su propio desarrollo, dudas en cuanto a las causas auténticas de los fenómenos que agitan a los comprometidos con el movimiento verde y la politización por contestatarios de organizaciones que a menudo brindan la impresión de querer forzar a todos a conformarse con las modalidades económicas de antes de la Revolución Industrial, eventualidad que, de instrumentarse, tendría consecuencias tan catastróficas como las previstas por los ecologistas más fervorosos, aseguraron el fracaso de la cumbre internacional de Río de Janeiro.


Exit mobile version