Frente al “abismo fiscal”
Pasó sin pena ni gloria el “fin del mundo” previsto por el calendario maya que, para extrañeza de muchos, fue tomado en serio por quienes procuraron salvarse buscando refugio en lugares supuestamente protegidos contra los desastres cósmicos, pero es poco probable que resulte ser igualmente inocua otra fecha ominosa, el 31 de diciembre, en que, a menos que los políticos norteamericanos logren alcanzar un acuerdo antes, Estados Unidos se precipitaría por el llamado “abismo fiscal” al ponerse automáticamente en funcionamiento un ajuste draconiano. Aunque todos concuerdan en que sería mejor que se adoptara una política más gradualista, el gobierno demócrata del presidente Barack Obama prefiere dar prioridad al aumento de impuestos, sobre todo los pagados por los ricos, mientras que la oposición republicana se concentra en la necesidad de reducir drásticamente el gasto público. Según los demócratas, lo que realmente quieren sus adversarios es hacer sufrir a las más de cien millones de personas que de un modo u otro dependen de subsidios estatales, mientras que los republicanos insisten en que una mayor presión impositiva tendría repercusiones económicas muy negativas que, andando el tiempo, depauperarían a todos. Lo que el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, bautizó el “abismo fiscal” preocupa no sólo a los norteamericanos sino también a los europeos, chinos y muchos otros que temen que caiga en recesión la economía de la superpotencia –que últimamente ha crecido a un ritmo que motiva envidia en el resto del mundo desarrollado–, lo que según los pesimistas tendría consecuencias catastróficas. Así y todo, aun cuando los demócratas y republicanos consiguieran producir un plan consensuado, sólo se trataría de un intento de demorar lo inevitable, ya que tarde o temprano los norteamericanos tendrán que hacer frente al problema colosal planteado por el endeudamiento excesivo. Conforme a las cifras oficiales, la deuda nacional estadounidense es de 16.400.000.000.000 de dólares, una suma astronómica que equivale a más de veinte años del producto bruto anual de nuestro país, pero de incluir el dinero que será preciso para que el Estado honre todas sus obligaciones, el monto real podría ser hasta diez veces mayor. El problema así supuesto no sería insuperable si las cuentas públicas estuvieran en orden y si los responsables del gasto público ya hubieran previsto la necesidad de adaptar el gasto a las cambiantes circunstancias demográficas y sociales pero, huelga decirlo, por razones políticas optaron por minimizar el impacto de factores como el envejecimiento de miembros de la generación de la explosión de natalidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial que ya están comenzando a jubilarse. Las finanzas de muchos estados norteamericanos están en peor condición que las de Grecia y todo hace pensar que, con “abismo fiscal” o sin él, las dificultades se agravarán en los años próximos. Los alarmistas dan por descontado que Estados Unidos no podrá seguir siendo el país más poderoso de todos porque sus deudas ya están resultando insostenibles. En cambio los optimistas apuestan a que, merced al dinamismo del sistema capitalista, las innovaciones tecnológicas y la abundancia de energía posibilitada por el aprovechamiento de reservas de gas y petróleo no convencionales, la crisis del endeudamiento pueda superarse con facilidad relativa. ¿Están en lo cierto quienes creen que sólo se trata de un susto pasajero? Puesto que en el pasado Estados Unidos ha salido más fuerte que nunca de períodos signados por el pesimismo extremo, es comprensible que muchos hayan seguido aferrándose al optimismo tradicional, pero a ninguna sociedad le convendría que los dirigentes políticos pasaran por alto los problemas estructurales, negándose a intentar solucionarlos hasta que tengan motivos para suponer que podrían hacerlo sin perjudicar a virtualmente nadie con la eventual excepción de algunas minorías pequeñas de influencia limitada. De vez en cuando pueden oírse voces que advierten que, a menos que Estados Unidos deje de tratar de vivir por encima de sus medios reales, terminará compartiendo el destino de otro país supuestamente “condenado al éxito”, la Argentina, eventualidad ésta que muy pocos encuentran atractiva.
Pasó sin pena ni gloria el “fin del mundo” previsto por el calendario maya que, para extrañeza de muchos, fue tomado en serio por quienes procuraron salvarse buscando refugio en lugares supuestamente protegidos contra los desastres cósmicos, pero es poco probable que resulte ser igualmente inocua otra fecha ominosa, el 31 de diciembre, en que, a menos que los políticos norteamericanos logren alcanzar un acuerdo antes, Estados Unidos se precipitaría por el llamado “abismo fiscal” al ponerse automáticamente en funcionamiento un ajuste draconiano. Aunque todos concuerdan en que sería mejor que se adoptara una política más gradualista, el gobierno demócrata del presidente Barack Obama prefiere dar prioridad al aumento de impuestos, sobre todo los pagados por los ricos, mientras que la oposición republicana se concentra en la necesidad de reducir drásticamente el gasto público. Según los demócratas, lo que realmente quieren sus adversarios es hacer sufrir a las más de cien millones de personas que de un modo u otro dependen de subsidios estatales, mientras que los republicanos insisten en que una mayor presión impositiva tendría repercusiones económicas muy negativas que, andando el tiempo, depauperarían a todos. Lo que el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, bautizó el “abismo fiscal” preocupa no sólo a los norteamericanos sino también a los europeos, chinos y muchos otros que temen que caiga en recesión la economía de la superpotencia –que últimamente ha crecido a un ritmo que motiva envidia en el resto del mundo desarrollado–, lo que según los pesimistas tendría consecuencias catastróficas. Así y todo, aun cuando los demócratas y republicanos consiguieran producir un plan consensuado, sólo se trataría de un intento de demorar lo inevitable, ya que tarde o temprano los norteamericanos tendrán que hacer frente al problema colosal planteado por el endeudamiento excesivo. Conforme a las cifras oficiales, la deuda nacional estadounidense es de 16.400.000.000.000 de dólares, una suma astronómica que equivale a más de veinte años del producto bruto anual de nuestro país, pero de incluir el dinero que será preciso para que el Estado honre todas sus obligaciones, el monto real podría ser hasta diez veces mayor. El problema así supuesto no sería insuperable si las cuentas públicas estuvieran en orden y si los responsables del gasto público ya hubieran previsto la necesidad de adaptar el gasto a las cambiantes circunstancias demográficas y sociales pero, huelga decirlo, por razones políticas optaron por minimizar el impacto de factores como el envejecimiento de miembros de la generación de la explosión de natalidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial que ya están comenzando a jubilarse. Las finanzas de muchos estados norteamericanos están en peor condición que las de Grecia y todo hace pensar que, con “abismo fiscal” o sin él, las dificultades se agravarán en los años próximos. Los alarmistas dan por descontado que Estados Unidos no podrá seguir siendo el país más poderoso de todos porque sus deudas ya están resultando insostenibles. En cambio los optimistas apuestan a que, merced al dinamismo del sistema capitalista, las innovaciones tecnológicas y la abundancia de energía posibilitada por el aprovechamiento de reservas de gas y petróleo no convencionales, la crisis del endeudamiento pueda superarse con facilidad relativa. ¿Están en lo cierto quienes creen que sólo se trata de un susto pasajero? Puesto que en el pasado Estados Unidos ha salido más fuerte que nunca de períodos signados por el pesimismo extremo, es comprensible que muchos hayan seguido aferrándose al optimismo tradicional, pero a ninguna sociedad le convendría que los dirigentes políticos pasaran por alto los problemas estructurales, negándose a intentar solucionarlos hasta que tengan motivos para suponer que podrían hacerlo sin perjudicar a virtualmente nadie con la eventual excepción de algunas minorías pequeñas de influencia limitada. De vez en cuando pueden oírse voces que advierten que, a menos que Estados Unidos deje de tratar de vivir por encima de sus medios reales, terminará compartiendo el destino de otro país supuestamente “condenado al éxito”, la Argentina, eventualidad ésta que muy pocos encuentran atractiva.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora