Fruta prohibida
Ya lo decía Berkley «El sabor de la manzana está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma». O sea que las palabras, por ejemplo, carecen de valor por sí mismas. Es el contacto con un ser humano lo que pone en juego los complejos engranajes de la escritura.
La propuesta de quien escribe, de quien toca, es sumar al otro en un infinito juego. Y ese juego es posible en la medida de que ese otro existe.
El pecado, a su manera, también requiere de algo que llama a «faltar al orden» y de alguien que lo ejecuta. Y durante siglos este algo ha sido una pobre manzana.
La manzana carga sobre sus formas con una pesada herencia.
Símbolo de lujuria -de jugo que chorrea dulce por las mejillas- se ha reinventado con los años y aún sobrevive.
(Sin más, cuando una mujer come una manzana en un lugar público es probable que los hombres la miren con picardía. No sé qué tendrá que ver pero pasa algo similar con los helados…).
Manzana… ¿Cuánto hay de este fruto en mi vida, me pregunté apenas mordí una, como todas las tardes, pero quizás esta vez más sorprendida que nunca? ¿Cómo es que de pronto algo tan cotidiano empieza a hablarnos con mensajes incongruentes y simbólicos desde su letanía?
Cuando yo era chica había unos jugos que venían de manzana verde o roja, en un envase plateado y se hacían en el Valle. Enloquecíamos por ellos. Y, también, corríamos en la plaza a comprar la «manzana confitada» que atentaba contra nuestra joven dentadura. Así, entre un placer y otro, mi niñez de adentraba en peligrosos juegos de la supuesta «fruta prohibida».
Cuando estaba enferma me daban o puré de manzana rayado o compota. (¿La pecadora es sanadora?).
Años más tarde, ya radicada en Río Negro, conozco a la mismísima «Reina de la Manzana» y recuerdo cuando Teté Coustarot se llevó cetro.
Y veo mujeres que usan aros con la forma de esa fruta y cuando viajo a Buenos Aires la gente me pide a gritos que les lleve ¡manzanas!
Busco al azar entonces entre poemas alguno que hable de las manzanas mas encuentro que las rosas, las olas, los campos y el vino han sido mucho más venerados. No hallo ninguna oda a la manzana que satisfaga esta sed de dulzura.
Y sin embargo…
Vuelvo al contacto y le doy vida a la fruta. La fruta que llegó a mi boca y mastico sin reparos mientras alguien, desde la otra punta, casi balbucea: «Es bueno comer manzana».
(Y sin embargo en algún recoveco del contacto, hay culpa y hay malicia).
No sé cómo esa fruta suave, simple y redondeada me ha llevado a perderme en las palabras y en delirantes presunciones.
«No soy nada./Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./Eso aparte tengo en mí todos los sueños del mundo», dirá Pessoa, quizás la manzana y hasta yo misma, cuando mi paladar esté colmado y ya no haya paraíso del cual escapar.
Nuria Docampo Feijóo
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