Golpe fallido

Por Redacción

Según el presidente venezolano Hugo Chávez, el golpe cívico-militar que lo mantuvo fuera del poder durante apenas dos días «debe ser una gran lección para todos», pero si bien es de suponer que los artífices de la intentona sí tratarán de aprender algo del cúmulo de errores que cometieron, para los chavistas mismos no les será tan fácil digerir las enseñanzas dejadas por el fracaso de sus enemigos. Aun cuando estuvieran sinceramente convencidos de que les convendría anteponer «la unidad nacional» a la sed de venganza, si reaccionan como si sólo se hubiera tratado de un inmenso malentendido que deberá olvidarse lo antes posible, tanto sus propios simpatizantes como los demás tomarán su actitud por evidencia de debilidad, mientras que la decisión de castigarlos plantearía el riesgo de más conflictos en un país en el que el frente de batalla pasa por las diferencias sociales. En efecto, la clase media alta, por llamar así a los representados por las organizaciones empresarias, las cúpulas sindicales, distintos sectores militares, los políticos tradicionales, la Iglesia Católica y los medios de difusión no estatales, que ya se han rebelado contra Chávez, están enfrentados a una proporción importante de los «pobres», que constituyen el ochenta por ciento de la población venezolana. Sin embargo, sin la colaboración de dicha minoría, Venezuela no estará en condiciones de seguir funcionando como una democracia de economía mixta. Así las cosas, no sorprendería en absoluto que a pesar de los esfuerzos de Chávez mismo por tranquilizar a sus compatriotas, el putsch de la semana pasada resultara ser sólo el comienzo de una lucha mucho más brutal por el poder y que la lógica de las circunstancias hiciera que los bandos en pugna asuman posturas cada vez más agresivas.

Aunque el movimiento encabezado por Chávez se basa en la esperanza, que ya es mucho más tenue de lo que era hace un par de años, de que su gobierno posibilite un reparto menos escandaloso del ingreso nacional, sus logros en este ámbito han sido muy escasos, lo que ha intensificado la exasperación tanto de los virtualmente indigentes como de aquellos miembros de la clase media que temen que desaparezca para siempre su bienestar. Es que Chávez se ve frente a los mismos dilemas que todos los demás gobernantes de la región: las reformas que, en teoría por lo menos, podrían hacer de Venezuela un país más justo y más «moderno», supondrían un retroceso dolorosísimo para los ya depauperados, mientras que medidas destinadas a protegerlos contra la miseria extrema resultarían contraproducentes en términos macroeconómicos. Si bien debería ser factible combinar una mayor equidad, redes aceptables de seguridad social y un proceso modernizador auténtico, en América Latina las organizaciones políticas capaces de llevar a cabo un programa de tal tipo brillan por su ausencia. He aquí la razón por la que tantos países parecen condenados a oscilar entre regímenes demagógicos distribucionistas, a un tiempo ineficaces y prepotentes por un lado y, por el otro, regímenes «liberales» corruptos, insensibles y, huelga decirlo, igualmente ineficaces y prepotentes.

Como es notorio, el derrocamiento pasajero de Chávez alarmó a todos los preocupados por el rebrote de un vicio tradicional, el golpismo, pero fue bien recibido no sólo en los círculos dominantes de Estados Unidos, que claramente no consideran la democracia latinoamericana tan importante como otros factores, sino también en Colombia, país que tiene buenos motivos para preferir que el vecino no fuera gobernado por un mandatario que apoya a los terroristas de las FARC. A menos que Chávez opte por una estrategia menos beligerante, su regreso marcará el comienzo de una nueva etapa signada por confrontaciones internas y externas que no beneficiarían en absoluto ni a los venezolanos mismos ni a otros países latinoamericanos, realidad ésta que acaso no inquiete a quienes interpretan las vicisitudes regionales desde una perspectiva ideológica o creen que el antinorteamericanismo es sinónimo de dignidad, pero que sí perturbará a los que entienden que los problemas concretos de América Latina son demasiado graves como para que sus dirigentes puedan darse el lujo de perder el tiempo en luchas fratricidas que en última instancia no sirven para nada.