Golpes imaginarios

Lejos de ser una "solución", el golpismo tradicional está en la raíz de la crisis.

Redacción

Por Redacción

Con cierta frecuencia, el jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, se siente obligado a desmentir versiones según las cuales las fuerzas armadas estarían pensando en asumir el poder: puesto que no existe motivo alguno para creer que los militares quisieran encargarse de la crisis sistémica que ha surgido, es evidente que los rumores en el sentido contrario tienen menos que ver con la realidad que con el deseo de muchos de volver a épocas a su juicio más sencillas que la actual. Pero si bien a esta altura la idea de que un golpe pudiera estar en nuestro futuro parece anacrónica, algunos siguen insistiendo en alertarnos contra el presunto peligro. Desde hace varios meses, el ex presidente Raúl Alfonsín ha estado opinando que de caer el gobierno de Eduardo Duhalde, el país se entregaría a una especie de dictadura, vaticinio que acaso se base en la conciencia de que su propio partido, la UCR, saldría malparado de las elecciones que con toda probabilidad se celebrarían. Otros, motivados por su voluntad de descalificar al «derechista» Ricardo López Murphy, han hablado del riesgo de un golpe «cívico-militar». Mientras tanto, el ex presidente Carlos Menem ha hecho su aporte afirmando que las calles de la República han sido tomadas por «marxistas y delincuentes».

Pues bien: de producirse una situación de anarquía violenta a causa del desmoronamiento de la economía y la falta de prestigio tanto de «los políticos» como de las fuerzas de seguridad, sería inevitable que tarde o temprano los capaces de hacerlo restaurarían el orden con métodos que en tiempos normales serían considerados autoritarios. Sin embargo, por ahora no hay señales de que estén en marcha conspiraciones golpistas. El apego a las normas democráticas así reflejado se debe a que, con escasas excepciones, los ciudadanos entienden que el remedio podría resultar peor que la enfermedad y a que no se da ningún movimiento antidemocrático que afirme contar con «soluciones» para el desbarajuste fenomenal que se las hemos arreglado para confeccionar. Si no fuera por estos dos factores clave, ya hubiera comenzado la «guerra civil» que a fines del año pasado muchos decían prever.

Es que lejos de ser una «solución», el golpismo tradicional está en la raíz de la crisis que, obvio es decirlo, es fruto de la evolución defectuosa de nuestra cultura política. La mayoría de los dirigentes actuales se formó en una sociedad en la que era habitual tomar la política por una lucha sin fin entre los militares autoritarios, más sus aliados del empresariado, por un lado y, por el otro, el «pueblo» encabezado por sindicalistas, intelectuales y «políticos civiles». Si bien el contexto así supuesto había dejado de existir después del repliegue político castrense que siguió a la Guerra de las Malvinas, muchas personas, trátese de militares carapintada, de intelectuales izquierdistas o políticos populistas, optaron por continuar actuando y pensando como si aquel esquema desactualizado hubiera conservado su vigencia.

Las consecuencias de tanta nostalgia han sido nefastas. Eliminadas las fuerzas armadas como «poder fáctico» que en circunstancias determinadas asumirían la responsabilidad de gobernar el país, los «políticos civiles» se encontraron en una posición parecida a aquella de un acróbata privado de la red de seguridad a la que se había acostumbrado. Aunque todos sabían que de estallar una crisis económica grave serían ellos, no los militares, los encargados de hacerle frente, continuaron como antes cuando era «normal» que su incapacidad para manejar la economía con un mínimo de sensatez sirviera para justificar el regreso de los militares al centro del escenario. Ni siquiera el hecho de que la hiperinflación de 1989 no pusiera en marcha nuevamente los mecanismos tradicionales resultó suficiente como para persuadir a los populistas de que en adelante no les sería dado eludir sus responsabilidades. Por cierto, la conducta de muchos integrantes del gobierno del presidente Fernando de la Rúa primero y, después, de aquel de Duhalde, ha mostrado que a pesar de todo lo ocurrido, los dirigentes políticos más influyentes aún no han entendido plenamente el significado real de los cambios fundamentales que fueron ocasionados por el fracaso absoluto de la última dictadura militar.


Con cierta frecuencia, el jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, se siente obligado a desmentir versiones según las cuales las fuerzas armadas estarían pensando en asumir el poder: puesto que no existe motivo alguno para creer que los militares quisieran encargarse de la crisis sistémica que ha surgido, es evidente que los rumores en el sentido contrario tienen menos que ver con la realidad que con el deseo de muchos de volver a épocas a su juicio más sencillas que la actual. Pero si bien a esta altura la idea de que un golpe pudiera estar en nuestro futuro parece anacrónica, algunos siguen insistiendo en alertarnos contra el presunto peligro. Desde hace varios meses, el ex presidente Raúl Alfonsín ha estado opinando que de caer el gobierno de Eduardo Duhalde, el país se entregaría a una especie de dictadura, vaticinio que acaso se base en la conciencia de que su propio partido, la UCR, saldría malparado de las elecciones que con toda probabilidad se celebrarían. Otros, motivados por su voluntad de descalificar al "derechista" Ricardo López Murphy, han hablado del riesgo de un golpe "cívico-militar". Mientras tanto, el ex presidente Carlos Menem ha hecho su aporte afirmando que las calles de la República han sido tomadas por "marxistas y delincuentes".

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