Héctor Bianciotti: Cuando la melancolía piensa

"Yo hablo mucho del paisaje de la Argentina, que es espantoso."

PARIS (especial) El escritor Héctor Bianciotti es el único argentino que integra la Academia Francesa. Llegó a París, después de descubrirla a través de su «amor» por Rubén Darío.

Tenía 15 años cuando vio en el suplemento literario de «La Nación» una nota sobre Paul Valéry; lo que leyó de él lo incitó a comprar los dos libros que estaban traducidos en ese momento y se propuso aprender francés.

«Entonces, esa especie de pasión por el francés no era por el idioma en sí, sino por su buena literatura, importante y continua. Yo creo que no existen más que dos literaturas con continuidad absoluta a través de los siglos: la francesa y la inglesa», sentencia Bianciotti con su voz pausada.

– ¿Cómo surge la idea de venir a Europa ?

– Yo tenía ganas de venir a estudiar teatro. En el '54 había ido por primera vez a Argentina el «Píccolo Teatro» de Milán. Les pregunté a algunos de sus actores, dónde podía estudiar , y me dijeron que había sólo un lugar y que estaba en Roma. Me quedé con esa respuesta, y un día, a finales de ese año un amigo poeta me dijo : «si no te vas ahora de este país, estás perdido para siempre». Le respondí que no tenía un peso y me comentó de un barco que salía para Italia una semana después. Llegué a Nápoles, luego a Roma, donde tomé las clases que quería, pero me estaba muriendo de hambre y tuve que abandonar. Después de trabajar mucho, al cabo de seis años, llegué a París, la ciudad que tanto había anhelado.

– Los primeros años en París

– Las raíces son fatales. Las mías estuvieron siempre en el aire, por lo que no extrañé nada.

Ya en París, una amiga escritora me recomendó ante una editorial. Corregí durante mucho tiempo literatura de habla italiana y castellana. Nunca había escrito el francés, lo leía, y gracias a mi memoria visual, pude empezar a escribirlo. Ocho años después de mi llegada, una revista que aún existe, me pidió un artículo, que creí no poder hacerlo nunca, y sin embargo lo hice. Llegaron otros pedidos, y en el 72 «Le Nouvel Observateur» me llamó para que hablara del libro «El obsceno pájaro de la noche», de un autor chileno. En esta revista trabajé catorce años. Después fui convocado por «Le Monde». Así pasaron 20 años y ya no pude volver a escribir en castellano.

– ¿No pudo o no quiso?

– No, no podía, porque todo se mezclaba con el francés que me dominaba. No era una cuestión de placer, ni siquiera hoy lo es. Uno trabaja en un idioma obligadamente, y al que va incorporando como su lengua. De modo que uno cambia. Hace poco en la Argentina, constaté que mientras respondía a preguntas después de una conferencia, me era de un esfuerzo tremendo traducir el pensamiento del francés al castellano. Su sintaxis se apoderó de mí.

En su literatura, parte de su vida en Argentina tiene un peso importante. ¿Cómo juegan los dos idiomas en su memoria?

– Yo hablo mucho del paisaje de Argentina, que es espantoso. La pampa gringa, la del trigo, la que está harada durante seis meses y que, luego, con el viento, su tierra se levanta. Ese viento que no se sabe de dónde viene ni adónde va, esa especie de velo que se forma por la tierra, la verdad es que son recuerdos espantosos de la llanura. Pero, porque son espantosos no puedo olvidarlos. No tengo nada en contra de la Argentina democrática actual. En cambio, sí me da bronca cuando pienso en el Buenos Aires de Perón, Evita, la policía civil escondida entre las calles. No quiero ni recordar eso. Yo no sabía lo qué me depararía el destino cuando llegué a París. Pero sí tenía claro que prefería morirme de este lado del océano que quedarme en la Argentina.

-¿Por qué reniega tanto de Argentina?

– Porque es un país que me marcó mucho en el pasado. Sin embargo ya es otra cosa; no siento demasiado rencor porque estoy aquí. Ahora puedo volver e incluso me siento bien. Buenos Aires me gusta mucho.

– ¿Qué significa ser miembro de la Academia Francesa?

– Un reconocimiento. En este país cuentan mucho los símbolos. La Academia Francesa es un símbolo importante que tiene más de 360 años. Siempre hubo en Francia un sentido de la literatura. Ese símbolo existe aunque haya gente que lo encuentre cómico. Y en el fondo, que «un mero extranjero», como diría Borges, llegue a la Academia Francesa

– Mencionó a Borges. ¿qué opina de la dimensión que tomó su obra?

– ¿A dónde tomó dimensión? En realidad ya estaba. Lo que ocurre con un autor como él es que el número de gente que lo admira es mayor al número de lectores. Porque Borges tiene, como únicamente en el siglo lo tuvo Kafka, una dimensión espiritual que está más allá de lo que él escribió concretamente. Sus palabras, sus ideas, pasan a través de frases que la gente va aprendiendo. Es admirable que haya hecho esa obra, perdiendo la vista; y una obra distinta. La gente que lo quiere es porque alguna vez lo escuchó diciendo cosas lacónicas, y que le quedó para siempre. Borges es un grande porque nunca dejó de crecer.

-¿Qué piensa de la nostalgia?

– La nostalgia no se piensa, se siente. Y yo seguramente la siento. Tengo nostalgia pero no sé de qué. Más que nostalgia siento melancolía, que nada tiene que ver con la tristeza. La melancolía piensa; la sentiría si me fuera de París. Pero no por el tiempo pasado ni por lo sucedido. Lo único que me importa es lo que estoy haciendo ahora y lo que pueda pasarme mañana, si me quedo sin trabajo o si me enfermo.

-¿A qué cosas le tiene miedo?

– A todo. Le tengo miedo a usted que está ahí sentado y que me mira.

Oscar Sarhan


PARIS (especial) El escritor Héctor Bianciotti es el único argentino que integra la Academia Francesa. Llegó a París, después de descubrirla a través de su "amor" por Rubén Darío.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora