Herederos salteños de Trotski

Redacción

Por Redacción

Para sorpresa incluso de quienes simpatizan con la izquierda más dura, los candidatos del Partido Obrero, una agrupación que es leal a la memoria de León Trotski, el revolucionario ruso despiadado que cometió el error fatal de oponerse a Stalin, superaron a sus rivales mayormente peronistas en todas las categorías de la ciudad de Salta. Su triunfo se debió en parte a la fragmentación del voto peronista, puesto que, como ya es habitual, hubo diversas listas irreconciliables, pero así y todo, resultaron impresionantes el 27% que en la capital se anotó el PO en senadores y diputados provinciales y el 30% en concejales. Aunque en las zonas rurales de la provincia el Partido Justicialista del gobernador Juan Manuel Urtubey ganó en 20 de los 23 departamentos y por lo tanto conservará la mayoría en la Legislatura, no cabe duda de que el resultado en la capital hizo mella en la imagen de presidenciable en potencia que lo ha acompañado desde hace un par de años. Mientras tanto, como suele suceder en circunstancias como éstas, el líder máximo del PO, Jorge Altamira, se ha puesto a hablar como si el movimiento que encabeza estuviera por erigirse en una alternativa a la prolongada hegemonía peronista. No es demasiado probable que ello ocurra, aunque en cierto modo sería lógico que la ciudadanía, luego de una década de neofeudalismo kirchnerista, optara por probar suerte con un gobierno izquierdista. De todas formas, los comprometidos con el “proyecto” del matrimonio Kirchner se las han ingeniado para convencerse de que, las apariencias no obstante, es en verdad la versión argentina del “socialismo del siglo XXI” pregonada por el difunto caudillo venezolano Hugo Chávez, una pretensión que, huelga decirlo, indigna sobremanera a Altamira y otros de ideas parecidas pero que, a juicio de muchos observadores, les ha permitido figurar como representantes de “la izquierda” latinoamericana. De acuerdo común, el éxito del PO se debió menos al eventual entusiasmo de los salteños por las recetas trotskistas que, bien que mal, no han brindado resultados positivos en ninguna parte, sino al “voto bronca”, a la voluntad de una parte sustancial del electorado de manifestar su disconformidad con quienes han gobernado tanto su provincia como el país desde hace muchos años a base del clientelismo y demagogia populista, sin mejorar el nivel de vida de los supuestamente beneficiados por sus esfuerzos. Lo hicieron respaldando a los candidatos de lo que es el partido de protesta por antonomasia, pero no necesariamente estarían dispuestos a arriesgarse votando por su líder en elecciones presidenciales, lo que debería ser motivo de alivio para los trotskistas mismos que nunca se han destacado por sus dotes administrativas. Lo suyo es rebelarse contra el statu quo y, en el caso de Altamira, criticarlo con agudeza, no pensar en cómo modificarlo sin provocar desastres aún mayores. Tanto aquí como en muchos otros países, trotskistas y afines han podido limitarse a hablar pestes del orden socioeconómico en buena medida porque nunca han tenido que asumir la responsabilidad engorrosa de tratar de gobernar. Sea como fuere, los salteños acaban de enviar un mensaje a los peronistas no sólo locales sino del país en su conjunto que debería preocuparlos. A pesar de su notable capacidad para esquivar responsabilidades, dispersándose cuando un gobierno surgido de las entrañas del movimiento comienza a perder popularidad para entonces reagruparse con el propósito de asegurar que lo suceda otro del mismo origen, de tal manera aprovechando en beneficio propio el hastío general, hay señales de que la ciudadanía ya se siente cansada de la rutina así supuesta, de ahí el buen desempeño en las elecciones legislativas del 27 de octubre pasado de radicales, socialistas y candidatos del PRO macrista. Alarmados por la posibilidad de que, por fin, el país decida que ha llegado la hora de despedirse del movimiento que lo ha dominado desde mediados del siglo pasado, muchos peronistas están alejándose del Frente para la Victoria de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para sumarse a las huestes de Sergio Massa que, por su parte, es reacio a calificarse de peronista aunque, claro está, afirma “tener los brazos abiertos” para aquellos compañeros que quisieran apoyarlo.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 14 de noviembre de 2013


Para sorpresa incluso de quienes simpatizan con la izquierda más dura, los candidatos del Partido Obrero, una agrupación que es leal a la memoria de León Trotski, el revolucionario ruso despiadado que cometió el error fatal de oponerse a Stalin, superaron a sus rivales mayormente peronistas en todas las categorías de la ciudad de Salta. Su triunfo se debió en parte a la fragmentación del voto peronista, puesto que, como ya es habitual, hubo diversas listas irreconciliables, pero así y todo, resultaron impresionantes el 27% que en la capital se anotó el PO en senadores y diputados provinciales y el 30% en concejales. Aunque en las zonas rurales de la provincia el Partido Justicialista del gobernador Juan Manuel Urtubey ganó en 20 de los 23 departamentos y por lo tanto conservará la mayoría en la Legislatura, no cabe duda de que el resultado en la capital hizo mella en la imagen de presidenciable en potencia que lo ha acompañado desde hace un par de años. Mientras tanto, como suele suceder en circunstancias como éstas, el líder máximo del PO, Jorge Altamira, se ha puesto a hablar como si el movimiento que encabeza estuviera por erigirse en una alternativa a la prolongada hegemonía peronista. No es demasiado probable que ello ocurra, aunque en cierto modo sería lógico que la ciudadanía, luego de una década de neofeudalismo kirchnerista, optara por probar suerte con un gobierno izquierdista. De todas formas, los comprometidos con el “proyecto” del matrimonio Kirchner se las han ingeniado para convencerse de que, las apariencias no obstante, es en verdad la versión argentina del “socialismo del siglo XXI” pregonada por el difunto caudillo venezolano Hugo Chávez, una pretensión que, huelga decirlo, indigna sobremanera a Altamira y otros de ideas parecidas pero que, a juicio de muchos observadores, les ha permitido figurar como representantes de “la izquierda” latinoamericana. De acuerdo común, el éxito del PO se debió menos al eventual entusiasmo de los salteños por las recetas trotskistas que, bien que mal, no han brindado resultados positivos en ninguna parte, sino al “voto bronca”, a la voluntad de una parte sustancial del electorado de manifestar su disconformidad con quienes han gobernado tanto su provincia como el país desde hace muchos años a base del clientelismo y demagogia populista, sin mejorar el nivel de vida de los supuestamente beneficiados por sus esfuerzos. Lo hicieron respaldando a los candidatos de lo que es el partido de protesta por antonomasia, pero no necesariamente estarían dispuestos a arriesgarse votando por su líder en elecciones presidenciales, lo que debería ser motivo de alivio para los trotskistas mismos que nunca se han destacado por sus dotes administrativas. Lo suyo es rebelarse contra el statu quo y, en el caso de Altamira, criticarlo con agudeza, no pensar en cómo modificarlo sin provocar desastres aún mayores. Tanto aquí como en muchos otros países, trotskistas y afines han podido limitarse a hablar pestes del orden socioeconómico en buena medida porque nunca han tenido que asumir la responsabilidad engorrosa de tratar de gobernar. Sea como fuere, los salteños acaban de enviar un mensaje a los peronistas no sólo locales sino del país en su conjunto que debería preocuparlos. A pesar de su notable capacidad para esquivar responsabilidades, dispersándose cuando un gobierno surgido de las entrañas del movimiento comienza a perder popularidad para entonces reagruparse con el propósito de asegurar que lo suceda otro del mismo origen, de tal manera aprovechando en beneficio propio el hastío general, hay señales de que la ciudadanía ya se siente cansada de la rutina así supuesta, de ahí el buen desempeño en las elecciones legislativas del 27 de octubre pasado de radicales, socialistas y candidatos del PRO macrista. Alarmados por la posibilidad de que, por fin, el país decida que ha llegado la hora de despedirse del movimiento que lo ha dominado desde mediados del siglo pasado, muchos peronistas están alejándose del Frente para la Victoria de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para sumarse a las huestes de Sergio Massa que, por su parte, es reacio a calificarse de peronista aunque, claro está, afirma “tener los brazos abiertos” para aquellos compañeros que quisieran apoyarlo.

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