Héroes como nosotros
La segunda incursión cinematográfica de Damián Szifrón ("Los simuladores") presenta a Diego Peretti y a Luis Luque
por: ALEJANDRO LOAIZA
ALEJANDRO LOAIZA
aloaiza@rionegro.com.ar
No se parecen en nada. Uno es policía y el otro, psicólogo. Nadie los imaginaría sentados en un café compartiendo una charla de amigos. Mucho menos, estableciendo lazos de confianza mutua e intercambiando ideas filosóficas sobre la vida. El agente de la ley se llama Alfredo Díaz y tiene todo para ser un perdedor. Acuciado por la infidelidad de su mujer, habla poco, está deprimido y hay muchas cosas que parece no entender. El psicólogo es Mariano Silberstein y es un hombre con todas las d ganar. Profesional, buen pasar económico, aparentemente con un matrimonio feliz, un manual de autoayuda parlante, parece que se las sabe todas. El primero nunca iría a jugar al fútbol con el segundo mientras que este último jamás invitaría a Díaz a cenar con sus colegas. Sin embargo, por una de esas casualidades de la vida, ambos caminos se cruzarán y, quizás, existan muchas más cosas en común de las que sus propios prejuicios les impiden siquiera imaginar.
Un planteo de este tipo no es otro más que el de la clásica receta del género cinematográfico conocido como: 'buddy movie' (filmes de compinches). Creado por los americanos y su afán de instalar etiquetas a todo, la fórmula en tono de comedia reúne a dos personajes muy diferentes entre si que, de a poco y entre varios traspiés, descubrirán más similitudes entre ellos de las que sospechaban. Esta variable creció de la mano de series como Laurel y Hardy o Abbott y Costello pero luego extendió la estrategia no sólo al humor sino también al cine de acción, el thriller y hasta el drama. Los dibujos animados Tom y Jerry, Pinky y Cerebro, etc.; Sylvester Stallone y Kurt Russell en «Tango y Cash», Mel Gibson y Danny Glover en la serie interminable de «Arma mortal», las múltiples disputas que enfrentaron a Jack Lemmon y Walter Mathau en una gran cantidad de títulos y hasta Jessica Tandy y Morgan Freeman en «Conduciendo a Miss Daisy» pueden sumarse, sólo para ejemplificar, a la amplitud de esta vertiente.
En el ámbito nacional tam
bién se construyeron parejas desparejas como Luis Brandoni y Ricardo Darín en la serie televisiva «Mi cuñado», Suar y Calvo en «Comodines» o la reciente «Peligrosa obsesión» que reunía a Pablo Echarri y Mariano Martínez como dos hombres totalmente opuestos unidos en una acción conjunta.
Pero, más allá de los ejemplos que podrían formar parte de una lista eterna, el director Damián Szifrón utiliza la fórmula casi al pie de la letra en su segundo largometraje, luego de «El fondo del mar» (2003). El realizador ya había manejado esta relación en su popular emprendimiento en la pantalla chica con «Los simuladores» y, como fan confeso de estas historias, pone toda la carne al asador para redondear «Tiempo de valientes». Un largometraje que no se queda en la anécdota simple de este encuentro especial sino que se sumerge en una mixtura de géneros como la acción, el thriller de misterio y la comedia con una solvencia que sorprende e invita a disfrutar de una experiencia que, en cierta forma, devuelve al espectador al cine clásico de aventuras de los años '60 y '70. No es importante exigi verosimilitud ni profundidad, sólo hay que dejarse llevar por la trama y disfrutar de una película más que entretenida que atrapa al público desde la primera escena y no lo suelta hasta el final.
Luis Luque es el oficial Díaz que, con su depresión a cuestas, debe investigar una sospechosa desaparición acompañado por Diego Peretti, el psicólogo obligado a ayudarlo. El buen profesional solicita una 'probation', a raíz de un accidente de tránsito, que no es otra cosa que una figura legal para evitar un juicio penal. Así no le queda más remedio que iniciar sesiones con Díaz, arriba del auto policial, mientras este último realiza su labor. Lentamente, cada uno irá cruzando la frontera profesional para meters en el terreno del otro y, como es de esperar, comenzarán a descubrir valores que desconocían poseer. Como corolario de la relación se verán envueltos en un caso policial que incluye todo tipo de ribetes y en el que deberán desmantelar una operación corrupta anidada en el servicio de inteligencia nacional.
El largometraje posee una factura técnica exquisita (la Warner Bros. la produjo) y Szifrón maneja con maestría los ritmos, cruzando de la comedia al drama y de ahí al suspenso y la aventura sin inconvenientes, confirmando su ya reconocida cualidad como excelente narrador. Igualmente, todo esto se sostiene por la química que existe entre los dos actores principales que entregan dos exquisitas performances, secundados por un gran elenco, donde se destacan Oscar Ferreiro, Daniel Valenzuela, Tony Lestingi, Antonio Ugo y hasta una breve aparición de Alejandro Awada. El guión, escrito por el director, permite el lucimiento de los intérpretes gracias a diálogos originales y un buen delineamiento de las personalidades de las criaturas que forman parte de la historia.
Silberstein, le dice a Díaz en su primer encuentro: «No hay tragedia si hay solución». Y si bien la resolución vendrá cargada de algunas exageraciones, no hay duda de que la tragedia no existe y que, como bien reza el afiche publicitario del filme, los tiempos están cambiando y, por ende, los héroes también. Gracias a eso, es posible que el espectador encuentre en estos dos seres tan cercanos algo en común lo que, secretamente, nos permite disfrutar las ganas (ocultas) de ser el héroe de la historia, aunque sea por unas horas.
Szifrón se confiesa
Cuando le preguntaban, previamente al estreno, cómo había surgido la idea del filme, el realizador contestaba: «Lo primero que vino a mi cabeza fue la escena –que yo creo que estructuralmente es el primer giro dramático, que en términos del guión es el instante en el que la historia toma un rumbo diferente al que tenía- en la que el psicoanálisis pasa a ser algo del pasado y empiezan las acciones concretas en el planeta Tierra. Me causó mucha gracia imaginar a dos tipos, uno acompañando a otro en un problema, y que el tipo que representa la solución sea en realidad quien padece secretamente el conflicto»
por: ALEJANDRO LOAIZA
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