“Horas libres, ¿tiempo perdido o tiempo a ganar?”

Redacción

Por Redacción

Este texto pretende dialogar con publicaciones recientes en torno a la cobertura de horas libres en las escuelas de Nivel Medio de Río Negro, sin refutarlos, sino proponiendo un mirada más en la que se podrán encontrar coincidencias o disonancias con lo ya publicado y donde la novedad estaría dada por la consideración del tiempo como componente de la educación. Aceptar que la enseñanza se inscribe en un contexto social e histórico implica aceptar las transformaciones que el tiempo imprime. Pero la lógica escolar parece negar el devenir, el movimiento, el cambio. Se inscribe en un eterno presente: dar clase, asistir a clase. Algunos ejemplos. Un docente que se ausenta –no importa el motivo– retoma sus clases sin aludir al corte temporal real que imprimió su ausencia. Las clases suelen sucederse sin ilación de los sucesos o los contenidos entre ellas, tampoco cada uno de estos encuentros suele tomarse en sí mismo y vincularse hacia atrás y hacia delante con lo hecho y lo por hacer. Así, los cortes temporales producidos por los cambios de temas, por las evaluaciones o por las ausencias se inscriben en el continuum de las lecciones sin alterar la programación y sin inscribirlos en la misma. El tiempo en la escuela es el tiempo de los programas, en el que se subsume toda otra referencia temporal. El interés por el tiempo personal, social e histórico de los sujetos aparece constreñido al avance en la sucesión no siempre significativa de temas. La resolución de cobertura de horas libres aparece inscripta en esta misma lógica, pero ya no en referencia al ciclo lectivo (el tiempo de las lecciones) sino al sistema a lo largo de las últimas décadas. Pretender que el preceptor asista a los alumnos mientras éstos desarrollan actividades planificadas por el profesor o contenidos transversales definidos colectivamente en la escuela –así se hacía treinta años atrás– implica seguir inscribiendo lo que se pretende innovador en la ignorancia de la temporalidad y en la de cómo ésta ha ido modificando a los sujetos. La disponibilidad de medios materiales “novedosos” –las netbooks, un poco universal acceso a la red y la disponibilidad de algunos programas digitales– no instala la novedad en la escuela ni modifica la cultura escolar acotada físicamente a espacios rígidos y de escasa funcionalidad para instalar otra manera de hacer. Los cambios culturales llevan tiempo y se inscriben en el tiempo. Si se pretende innovar debe discutirse la estructura y la infraestructura misma de la escuela secundaria, que no debería reducirse a institución de encierro (guardería). Para proponer otra cosa se requiere otra organización del tiempo, otros recursos materiales –para invitar y sentirse invitado las condiciones del espacio físico importan y mucho–, atender a la calificación profesional de los docentes –todos los cargos, salvo el personal de maestranza, son docentes– y un compromiso colectivo de revisión tanto de las prácticas pedagógicas como de las prácticas docentes y no docentes que implique repensar, sin adhesiones afectivas, el sentido de todo lo que se hace en la escuela. Por otra parte, en cuanto al sentido, no debería obviarse analizar la contradicción existente entre la obligatoriedad del nivel y la norma interna que habilita la inasistencia indefinida de los alumnos. Tanto debe plantearse cómo se llenan los espacios generados por la ausencia de docentes –licencias u horas sin cubrir, da igual– como la ausencia de los alumnos. Aislar variables y pretender resolver sin atender la interrelación sólo sesga la mirada y genera malestar. Analizar las razones del malestar y evitar su persistencia podrían configurar un primer paso en sincerar la mirada sobre la escuela secundaria y lo que su inscripción temporal le trae. En este marco, las horas libres merecen especial consideración. Literalmente, “horas libres” es una expresión con un sentido, en la escuela, diferente del que tiene en el contexto cotidiano. En primer lugar, no se trata de horas sino de un tiempo históricamente pautado en cuarenta minutos. Quizá subjetivamente dimensionado como hora. La calificación “libres” lleva a pensar que en ese lapso sería posible hacer o no hacer a voluntad –del alumno, del preceptor, de la escuela, en ese orden o en cualquier otro–. En realidad, la falta de alternativas ha hecho que, en las últimas décadas, la expresión “horas libres” haya sido transformada por el sistema en horas usadas para adelantar clases, en el mejor de los casos, o simplemente para poner a los alumnos en la calle junto con una comunicación a la familia. A partir de la medida gubernamental, las “horas muertas” –porque es en esa dimensión de tiempo perdido en la que debe ubicárselas– transcurren entre las paredes de la escuela que debe transformarlas en horas plenas. Así las cosas, sería interesante que la expresión “horas libres” adquiriera su sentido estricto, esto es que suponga, en ese tiempo que los sujetos destinan a la escuela, la posibilidad de elegir hacer o no hacer. Las instituciones educativas deberían poder contar para ese tiempo escolar con variadas y atractivas propuestas de actividades de aprendizaje para que los alumnos decidan en libertad cuáles hacer, con quién y dónde. Esto es: disponer de recursos materiales y humanos e infraestructura, es decir del contexto adecuado para el desarrollo de alternativas. Algo que no se vislumbra inmediato. Deberían, como la escolaridad misma, no ser obligatorias sino hacerlas necesarias, sustantivas. Mg. María Teresa Cinto, DNI 10.992.997 Supervisora de Nivel Medio jubilada Cipolletti

Mg. María Teresa Cinto, DNI 10.992.997 Supervisora de Nivel Medio jubilada Cipolletti


Este texto pretende dialogar con publicaciones recientes en torno a la cobertura de horas libres en las escuelas de Nivel Medio de Río Negro, sin refutarlos, sino proponiendo un mirada más en la que se podrán encontrar coincidencias o disonancias con lo ya publicado y donde la novedad estaría dada por la consideración del tiempo como componente de la educación. Aceptar que la enseñanza se inscribe en un contexto social e histórico implica aceptar las transformaciones que el tiempo imprime. Pero la lógica escolar parece negar el devenir, el movimiento, el cambio. Se inscribe en un eterno presente: dar clase, asistir a clase. Algunos ejemplos. Un docente que se ausenta –no importa el motivo– retoma sus clases sin aludir al corte temporal real que imprimió su ausencia. Las clases suelen sucederse sin ilación de los sucesos o los contenidos entre ellas, tampoco cada uno de estos encuentros suele tomarse en sí mismo y vincularse hacia atrás y hacia delante con lo hecho y lo por hacer. Así, los cortes temporales producidos por los cambios de temas, por las evaluaciones o por las ausencias se inscriben en el continuum de las lecciones sin alterar la programación y sin inscribirlos en la misma. El tiempo en la escuela es el tiempo de los programas, en el que se subsume toda otra referencia temporal. El interés por el tiempo personal, social e histórico de los sujetos aparece constreñido al avance en la sucesión no siempre significativa de temas. La resolución de cobertura de horas libres aparece inscripta en esta misma lógica, pero ya no en referencia al ciclo lectivo (el tiempo de las lecciones) sino al sistema a lo largo de las últimas décadas. Pretender que el preceptor asista a los alumnos mientras éstos desarrollan actividades planificadas por el profesor o contenidos transversales definidos colectivamente en la escuela –así se hacía treinta años atrás– implica seguir inscribiendo lo que se pretende innovador en la ignorancia de la temporalidad y en la de cómo ésta ha ido modificando a los sujetos. La disponibilidad de medios materiales “novedosos” –las netbooks, un poco universal acceso a la red y la disponibilidad de algunos programas digitales– no instala la novedad en la escuela ni modifica la cultura escolar acotada físicamente a espacios rígidos y de escasa funcionalidad para instalar otra manera de hacer. Los cambios culturales llevan tiempo y se inscriben en el tiempo. Si se pretende innovar debe discutirse la estructura y la infraestructura misma de la escuela secundaria, que no debería reducirse a institución de encierro (guardería). Para proponer otra cosa se requiere otra organización del tiempo, otros recursos materiales –para invitar y sentirse invitado las condiciones del espacio físico importan y mucho–, atender a la calificación profesional de los docentes –todos los cargos, salvo el personal de maestranza, son docentes– y un compromiso colectivo de revisión tanto de las prácticas pedagógicas como de las prácticas docentes y no docentes que implique repensar, sin adhesiones afectivas, el sentido de todo lo que se hace en la escuela. Por otra parte, en cuanto al sentido, no debería obviarse analizar la contradicción existente entre la obligatoriedad del nivel y la norma interna que habilita la inasistencia indefinida de los alumnos. Tanto debe plantearse cómo se llenan los espacios generados por la ausencia de docentes –licencias u horas sin cubrir, da igual– como la ausencia de los alumnos. Aislar variables y pretender resolver sin atender la interrelación sólo sesga la mirada y genera malestar. Analizar las razones del malestar y evitar su persistencia podrían configurar un primer paso en sincerar la mirada sobre la escuela secundaria y lo que su inscripción temporal le trae. En este marco, las horas libres merecen especial consideración. Literalmente, “horas libres” es una expresión con un sentido, en la escuela, diferente del que tiene en el contexto cotidiano. En primer lugar, no se trata de horas sino de un tiempo históricamente pautado en cuarenta minutos. Quizá subjetivamente dimensionado como hora. La calificación “libres” lleva a pensar que en ese lapso sería posible hacer o no hacer a voluntad –del alumno, del preceptor, de la escuela, en ese orden o en cualquier otro–. En realidad, la falta de alternativas ha hecho que, en las últimas décadas, la expresión “horas libres” haya sido transformada por el sistema en horas usadas para adelantar clases, en el mejor de los casos, o simplemente para poner a los alumnos en la calle junto con una comunicación a la familia. A partir de la medida gubernamental, las “horas muertas” –porque es en esa dimensión de tiempo perdido en la que debe ubicárselas– transcurren entre las paredes de la escuela que debe transformarlas en horas plenas. Así las cosas, sería interesante que la expresión “horas libres” adquiriera su sentido estricto, esto es que suponga, en ese tiempo que los sujetos destinan a la escuela, la posibilidad de elegir hacer o no hacer. Las instituciones educativas deberían poder contar para ese tiempo escolar con variadas y atractivas propuestas de actividades de aprendizaje para que los alumnos decidan en libertad cuáles hacer, con quién y dónde. Esto es: disponer de recursos materiales y humanos e infraestructura, es decir del contexto adecuado para el desarrollo de alternativas. Algo que no se vislumbra inmediato. Deberían, como la escolaridad misma, no ser obligatorias sino hacerlas necesarias, sustantivas. Mg. María Teresa Cinto, DNI 10.992.997 Supervisora de Nivel Medio jubilada Cipolletti

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