Industriales: divididos y dominados

Redacción

Por Redacción

LA SEMANA ECONÓMICA

Néstor O. Scibona (*)

La celebración del Día de la Industria –en Tecnópolis y otra vez por la cadena nacional– le permitió a Cristina Kirchner aggiornar el relato oficial para el sector, ante un auditorio bien heterogéneo de dirigentes y empresarios. La presidenta no dijo mucho de nuevo, salvo estrenar un video para exaltar la generación de industria argentina, con una sugestiva y (¿casual?) sigla: GenIA. Pero a la vez dijo mucho y omitió tanto como lo que dijo. Por un lado, bajo la clásica consigna de “defender la producción y el trabajo nacional” que nadie podría cuestionar, se encargó de ratificar la avalancha de controles y medidas intervencionistas que puso en marcha apenas resultó reelecta y no habían formado parte de los primeros nueve años de la era kirchnerista, incluyendo su primer mandato. Pero ese viraje de su política económica generó tal desconfianza que tuvo un efecto contrario al buscado: desde fines de 2011 se produjo una brusca desaceleración de la actividad económica, de la inversión y también de la demanda de empleo de las empresas. Por otro, tampoco se privó de desautorizar las críticas más frecuentes que, sólo en privado, suelen plantear los empresarios. A tal punto que cuando alguna de ellas toma estado público –como ocurrió con Paolo Rocca, titular de Techint– no sólo se convierte en noticia, sino en objeto de réplicas –o bien represalias de la AFIP– por parte de un gobierno tan reacio a la autocrítica como a cualquier cuestionamiento. Si hubiera que atenerse al mensaje presidencial, el tipo de cambio no está atrasado. Pero esta es una afirmación sin sustento al omitirse la inflación, como es costumbre en el relato oficial. No sólo porque ya no existe el tipo de cambio real alto y competitivo del período 2003/2007, sino porque con relación al dólar varias estimaciones privadas lo ubican en los mismos niveles de 2001. Es cierto que la depreciación que en los últimos años tuvo el dólar frente a otras monedas (como el euro o el real brasileño), permite mantener cierto “colchón” al tipo de cambio multilateral. Pero también lo es que con una inflación más alta y un ritmo de devaluación más bajo, se diluye la competitividad externa de muchos sectores. Este último fue otro elemento ausente del discurso. En cambio, para la presidenta las trabas a las importaciones son “un mito urbano”. Lo cual no explica por qué, en lo que va de 2012, cayeron más de 25% interanual las compras de bienes de capital y equipos (el componente más costoso y fundamental de la inversión) y que en muchos casos se apeló a las restricciones como protección de la producción local frente al deterioro cambiario. Podrá argumentarse que, en conjunto, las importaciones totales se contrajeron 5%. Pero, en ese caso, habría que poner en tela de juicio el método elegido: hubiera sido mucho más práctico fijar para este año una reducción general de 8% –compatible con la necesidad de compensar el déficit energético y atendiendo lógicas excepciones– , que haber echado a rodar la virtual lotería de permisos previos manejada afanosamente por Guillermo Moreno y Beatriz Paglieri. Pero esto es más difícil con un gobierno que siempre opta por medidas discrecionales antes que por reglas generales. Algo similar ocurrió tiempo atrás con las exportaciones de muchos sectores, a los que se fijaron plazos incumplibles para liquidar divisas, corregidos luego caso por caso. Aunque CFK prefiera hablar de “comercio exterior administrado”, esto no ayuda a evitar la desconfianza empresaria. Sobre todo cuando se lo justifica para cuidar las reservas del Banco Central, que no son pocas (45.100 millones de dólares) pero sí más bajas que a fin del 2011. Gestos simbólicos Todos los asistentes que desembolsaron $1000 cada uno para compartir la cena con Cristina Kirchner aplaudieron el discurso presidencial. Pero no todos están de acuerdo, aunque lo manifiesten de otra forma: una prueba elocuente es que la inversión privada retrocede en la Argentina hace cuatro trimestres consecutivos y que, a pesar de la desaceleración del PBI, nadie deja de ajustar precios mientras la demanda –o el propio gobierno– no le ponga un techo. Sin embargo, sería un error generalizar; y mucho más si se trata de entidades gremiales empresarias. No sólo porque el acto oficial congregó a entidades que poco tienen que ver entre sí. O porque sus dirigentes no han logrado sustraerse de la absurda lógica amigo-enemigo que les impuso de hecho el kirchnerismo. Allí convergieron la UIA (que los gobiernos K alternativamente sedujeron o abandonaron); CAME (que ha tratado de mostrarse oficialista con los gobiernos de cualquier signo); la ultraoficialista Cgeera (que sólo se pronuncia para apoyar medidas de CFK) y hasta representantes de la feria bonaerense de La Salada, apadrinados por Guillermo Moreno y ubicados prudentemente en otras meses porque son acusados de competencia desleal y de falsificar marcas por muchos de los presentes. La razón básica de la dispersión es que tanto en la UIA como en muchas otras entidades empresarias de menor rango (salvo en las declaradas decididamente oficialistas) hay notorias divisiones internas –generalmente inducidas desde el propio oficialismo– entre beneficiarios y perjudicados por las medidas oficiales. Allí conviven quienes reciben préstamos a tasa subsidiada o una protección extra contra competidores internos, con quienes no logran importar insumos o ser atendidos por algún funcionario para resolver cualquier conflicto. Esto neutraliza cualquier pronunciamiento público de las entidades, ya sea a favor o en contra. A ello se suma que cada vez que la presidenta recibe a un industrial, es para que le anuncie un proyecto de inversión o sustitución inducida de importaciones y nadie se atreva a plantearle ningún problema. Todo este entramado de relaciones subordina a los dirigentes empresarios al gobierno, aunque implique un creciente aislamiento presidencial de la realidad productiva. Pero está lejos de constituir una política industrial con reglas uniformes. En todo caso, está más cerca del proyecto político al que aludió CFK al referirse al proceso de reindustrialización. Ante este panorama, las entidades empresarias suelen expresarse con gestos simbólicos, políticos o institucionales. No por casualidad la CAME eligió nada menos que el mausoleo a Néstor Kirchner en Río Gallegos para conmemorar el Día de la Industria, mientras la UIA prefirió guardar cierta distancia con un acto en el centenario colegio industrial Otto Krause, como una forma implícita de reconocer que la rehabilitación de la enseñanza técnica ha sido uno de los mayores y menos promocionados logros de la administración kirchnerista.


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