Iraníes prefieren la moderación

Por Redacción

En virtualmente cualquier otro país, el clérigo Hassan Rohani sería considerado un conservador de ideas reaccionarias, pero en el Irán de los ayatolás a ojos de los votantes pareció ser el menos retrógrado de los candidatos presidenciales aprobados por los teócratas gobernantes, razón por la cual se impuso por un margen muy holgado en las elecciones del viernes pasado, derrotando a personajes presuntamente más comprometidos con la revolución islámica, entre ellos dos acusados de haber estado detrás del atentado terrorista contra la sede de la AMIA. El triunfo de Rohani, que consiguió una mayoría absoluta en la primera vuelta, fue celebrado con júbilo por millones de iraníes, en especial los jóvenes que están claramente hartos del oscurantismo religioso del régimen y esperan que los resultados electorales presagien una mayor apertura hacia Occidente y el fin de la represión política, social y cultural. Puede que quienes festejaron la victoria de Rohani en las calles de las principales ciudades de Irán resulten decepcionados por su desempeño como presidente; antes de la elección del saliente Mahmoud Ahmadinejad, en el 2005, ocupó durante ocho años el cargo otro religioso “reformista”, Mohammad Jatami, de perfil muy parecido al de Rohani, pero no pudo cambiar mucho debido a la oposición del “líder supremo”, el ayatolá Ali Khamenei, y el Consejo de Guardianes que monopolizan el poder real. También podrían resultar decepcionados los dirigentes occidentales que, si bien con cierto escepticismo, han saludado la llegada a la presidencia de un hombre que, por lo menos, parece tener muy poco en común con Ahmadinejad, un fanático sanguinario que dice que el Holocausto fue un invento propagandístico de los judíos y que en diversas ocasiones ha manifestado su deseo de aniquilar “el ente sionista”, Israel. Rohani, que se doctoró en Derecho en una universidad escocesa, ocultó sus credenciales como “moderado” hasta que, ya en campaña, sorprendió a sus compatriotas al hablar de la importancia de los derechos civiles y de la necesidad de mejorar la situación de la mujer. Asimismo, calificó su triunfo en las urnas de “la victoria de la inteligencia, de la moderación y del progreso sobre el extremismo”. Con todo, como demostró la experiencia de Jatami, para concretar las reformas que es de suponer tiene en mente, Rohani tendría que aprovechar la legitimidad que acaba de darle el apoyo masivo del electorado para reducir el poder de teócratas que distan de ser demócratas porque, insisten, todo ha de depender de la voluntad de Alá tal y como la interpretan ellos. Puesto que los religiosos seguirán manejando la política exterior y el programa nuclear, aun cuando el presidente quisiera dejar de apoyar al dictador sirio Bashar al Assad y prefiriera resignarse a la existencia de Israel, convivir con “el gran Satanás” norteamericano y abandonar el sueño de hacer de Irán una potencia nuclear que tanta alarma ha provocado entre sus vecinos árabes sunnitas, no le sería dado hacerlo. A lo sumo podría asegurar que su país tenga una imagen internacional menos antipática que la que supo difundir Ahmadinejad. Tanto la victoria arrolladora de Rohani como la reacción eufórica de millones de iraníes han llamado la atención sobre la enorme brecha que separa a la elite gobernante del resto de la población. Según diversas encuestas, la mayoría de los iraníes jóvenes no siente hostilidad alguna hacia Estados Unidos y Europa, mientras que muchos simpatizan con Israel, un aliado tradicional de los persas hasta que los líderes de la revolución islámica optaron por subordinar absolutamente todo a sus prioridades religiosas. Las actitudes en dicho sentido de las nuevas generaciones han sido fortalecidas por una crisis económica, atribuible a la ineptitud del régimen, que se ha visto agravada por las duras sanciones norteamericanas y europeas. No cabe duda de que el resultado electoral se debió en parte a que el desempleo juvenil se ha acercado a los niveles alcanzados en el sur de Europa y la tasa de inflación se parece a la de nuestro país y Venezuela, pero es probable que haya incidido más la misma oposición al régimen clerical que se hizo sentir en el 2009, cuando hubo protestas masivas contra el fraude electoral que permitió que Ahmadinejad conservara su cargo por cuatro años más.


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