Jueces subversivos





Desde el punto de vista de oficialistas como el senador nacional neuquino Marcelo Fuentes y, claro está, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, todo es maravillosamente sencillo. Oponerse a cualquier iniciativa del gobierno actual es antidemocrático, o sea, subversivo. En el transcurso de una entrevista con un periodista del matutino porteño La Nación, Fuentes, el titular de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara alta, explicó que “cada vez que se limitan privilegios se afectan intereses. Antes, el correctivo era el golpe militar. Ahora, la Justicia es la prolongación de la política por otros medios; se quiere gobernar con las sentencias. Un ejemplo es la confrontación estratégica contra la ley de medios”. Dicho de otro modo, en opinión del senador y de los muchos kirchneristas que piensan como él, aplicar la ley equivale a defender privilegios ilegítimos, como hacían antes los militares. Es una tesis un tanto paradójica, ya que en su momento los militares también insistían en que los escasos magistrados que se resistían a obedecer enseguida sus órdenes cuestionaban su derecho, derivado de sus pretensiones patrióticas, a gobernar como se les antojara. Los autoritarios suelen sentirse sumamente molestos por la existencia de límites a su accionar. Siempre buscan pretextos para eliminarlos. Por lo común, afirman que las reformas que están procurando impulsar son tan importantes, y los deseosos de frustrarlas son tan despreciables, que no les queda más alternativa que la de reemplazar las viejas reglas por otras de su propia factura. Al fin y al cabo, insinúan, pedirles a revolucionarios que respeten lo que se han propuesto destrozar sería francamente absurdo. Así, pues, antes de poner manos a la obra, los comprometidos con el régimen autoritario de turno, sea éste militar o civil, populista o declaradamente antidemocrático, se dedican a desprestigiar la Justicia. Aunque los kirchneristas han estado casi diez años en el poder, acaban de descubrir que el sistema judicial con el que han convivido es en realidad una triste reliquia que fue dejada por los militares para que sirviera de “correctivo”; del mismo modo, los militares creían que la Justicia era una especie de telaraña siniestra que fue confeccionada por progresistas astutos con el propósito de impedirles reprimir con eficacia a sus enemigos. Además de aferrarse a la idea de que el triunfo electoral de octubre del 2011 les haya asegurado el derecho a gobernar como si contaran con el respaldo entusiasta de una mayoría tan abrumadora que no tendría ningún sentido prestar atención a las quejas de una minoría presuntamente minúscula y nada representativa, los kirchneristas se destacan por su abnegación. Son verticalistas al servicio de una sola persona, Cristina. Si la presidenta se afirma a favor de algo, lo apoyarán; si el día siguiente hace un giro de 180 grados, harán lo mismo. Tanta obsecuencia podría considerarse conmovedora, pero la falta de dignidad de la que es síntoma debería motivar la preocupación de la coyunturalmente beneficiada ya que, lo entienda o no, se ve perjudicada por la pasividad del grueso de sus dependientes que, como es notorio, no soñarían con advertirle de los riesgos planteados por ciertas decisiones, como la de emprender una ofensiva furibunda contra la autonomía del Poder Judicial que acusa de querer frustrar sus intentos de aplastar aquellos medios periodísticos que son reacios a rendirle pleitesía. Si bien en todos los países democráticos es normal que los integrantes de una facción política obedezcan al líder por una cuestión de disciplina partidaria, también lo es que participen directamente en la toma de decisiones, a diferencia de los kirchneristas que creen que su función se reduce a hacer número en las distintas legislaturas y decir lo que suponen quisiera oír la jefa absoluta. Aunque Cristina parece verse acompañada por una cantidad impresionante de diputados, senadores, gobernadores provinciales e intendentes municipales, además de una tropa abigarrada de “militantes”, la verdad es que está sola, ya que, con la excepción de los irremediablemente comprometidos, quienes la han apoyado hasta ahora no tardarían en abandonarla a su suerte si llegaran a la conclusión de que no les convendría continuar sirviéndola.


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