Jugar con fuego

Es absurdo decir que con la derogación de la subversión económica el país se queda sin forma de defenderse de delincuentes de "guante blanco".

Redacción

Por Redacción

Gracias en buena medida a los buenos oficios del gobernador Pablo Verani y la ausencia oportuna resultante de la senadora Amanda Isidori, el país aún cuenta con un gobierno y la posibilidad de llegar a un acuerdo con el FMI que serviría para hacer menos penosa «la salida» de una crisis que está provocando estragos dolorosísimos en la sociedad. Puesto que la mayoría de los radicales que votaron en contra de la derogación de la «ley de subversión económica» no tenía ningún deseo de arriesgarse en las elecciones que con toda probabilidad hubieran seguido a la caída de Eduardo Duhalde y, de cualquier modo, ni ellos ni sus colegas peronistas sabrían qué hacer sin la esperanza de conseguir aquellos «dólares frescos» que podría suponerles la reconciliación con la comunidad financiera internacional, se trata del desenlace que casi todos habían previsto y que con escasas excepciones habían querido. ¿Por qué, pues, resultaron tan agitados los debates y fue tan apasionada la retórica opositora? Porque muchos radicales, ciertos peronistas «disidentes» como los integrantes del matrimonio Kirchner e independientes como la cada vez más histérica Elisa Carrió entienden que les conviene mucho más brindar la impresión de estar liderando la «resistencia» contra una situación apenas tolerable que esforzarse por hacer un aporte constructivo al futuro del país. Por desgracia, aquí las denuncias furibundas y el tremendismo derivado de ideologías apocalípticas suelen rendir mucho más que la sensatez y la paciencia realista.

No obstante las frases altisonantes y las advertencias solemnes que formularon los presuntamente resueltos a dejar caer a Duhalde y romper con el FMI, el debate en torno de la «subversión económica» -las palabras mismas son suficientes como para indicar que se trata de una monstruosidad jurídica fabricada por autoritarios- ha tenido menos que ver con «la impunidad», que con las ambiciones personales inmediatas de los participantes. Debido a que las sesiones eran difundidas por televisión, muchos procuraron lograr un impacto mediático contundente, pero huelga decir que sus intentos en tal sentido resultaron contraproducentes. Puede que pocos ciudadanos hayan entendido muy bien todo lo que estaba en juego, pero el desprecio que sienten amplios sectores por el Congreso se habrá intensificado todavía más no por el resultado de la votación final sino por la conducta teatral, los excesos verbales y las maniobras sospechosas de los muchos senadores que se habían puesto a pescar en aguas revueltas.

De todas formas, es absurdo argüir que como consecuencia de la derogación de la ley de «subversión económica» la Argentina se ve jurídicamente inerme, sin legislación que le permitiría defenderse contra delincuentes de guante blanco. Por el contrario, en los frondosos códigos legales existentes, como en los creados por otros países, se dan todas las figuras jurídicas necesarias para castigar a los criminales auténticos, diferenciándolos de los meramente sospechados de actividades ilícitas o, lo que es más frecuente hoy en día, de haber pecado contra la ortodoxia populista imperante. En verdad, la única diferencia es que en adelante a los ansiosos de organizar una caza de brujas contra banqueros locales y extranjeros, además de los «tecnócratas», a fin de desviar la atención de la responsabilidad de los políticos mismos, les resultará menos sencillo que antes atrapar a quienes tengan en la mira. Puesto que ciertos políticos, entre ellos la diputada Carrió, se las han arreglado para erigirse en referentes importantes e incluso presidenciables en base a esta modalidad lamentable, es quizás lógico que se hayan sentido indignados por la eliminación de un arma tan valiosa como la supuesta por una ley inventada por el peronismo de José López Rega que fue aprovechada en muchas ocasiones por la dictadura militar, pero los demás no deberían dejarse engañar. La ley de subversión económica era un instrumento más político que legal que no tenía equivalentes en los países democráticos, razón por la que su derogación, lejos de constituir una derrota para el «campo popular» en su «lucha» contra el resto del planeta, puede considerarse un paso en el camino hacia la normalización de un país que ya ha pagado un precio excesivo por su apego al pasado.


Gracias en buena medida a los buenos oficios del gobernador Pablo Verani y la ausencia oportuna resultante de la senadora Amanda Isidori, el país aún cuenta con un gobierno y la posibilidad de llegar a un acuerdo con el FMI que serviría para hacer menos penosa "la salida" de una crisis que está provocando estragos dolorosísimos en la sociedad. Puesto que la mayoría de los radicales que votaron en contra de la derogación de la "ley de subversión económica" no tenía ningún deseo de arriesgarse en las elecciones que con toda probabilidad hubieran seguido a la caída de Eduardo Duhalde y, de cualquier modo, ni ellos ni sus colegas peronistas sabrían qué hacer sin la esperanza de conseguir aquellos "dólares frescos" que podría suponerles la reconciliación con la comunidad financiera internacional, se trata del desenlace que casi todos habían previsto y que con escasas excepciones habían querido. ¿Por qué, pues, resultaron tan agitados los debates y fue tan apasionada la retórica opositora? Porque muchos radicales, ciertos peronistas "disidentes" como los integrantes del matrimonio Kirchner e independientes como la cada vez más histérica Elisa Carrió entienden que les conviene mucho más brindar la impresión de estar liderando la "resistencia" contra una situación apenas tolerable que esforzarse por hacer un aporte constructivo al futuro del país. Por desgracia, aquí las denuncias furibundas y el tremendismo derivado de ideologías apocalípticas suelen rendir mucho más que la sensatez y la paciencia realista.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora