Julio Bárbaro: «Ante Nisman, los K fueron carencia ética»
Avalado por una larga trayectoria política, Bárbaro es uno de los críticos que con sólida argumentación golpean al poder K, al que ahora acusa ante la muerte del fiscal de la causa AMIA.
ENTREVISTA
-¿Nisman se suicidó, lo indujeron al suicidio o lo mataron?
-Evito entrar en ese tipo de conjeturas. En sí mismas, las dudas existentes hablan de la gravedad de lo sucedido. La respuesta está abierta. A lo largo de estos días, ante el hecho, en cada consulta que se me hace procuro colocar mi reflexión en la muerte del fiscal, por supuesto, pero poniendo la mira en cómo reaccionó la presidenta Cristina, el gobierno en su todo, frente al hecho.
-¿El sesgo con que abordó el hecho?
-En materia de protagonismo, la desmesura es consustancial al kirchnerismo, hace a su cultura política. Me refiero más bien a la carencia de calidad de que hicieron gala la presidenta y todo el gobierno a la hora de hablar y hablar sobre esta muerte. Ante Nisman fueron carencia ética.
-Calidad. ¿Qué alcanza ese término para el caso?
-Hay una muerte. Y una muerte que trasciende un espacio íntimo: se trata de la muerte de alguien que estaba, por razones obvias, en el centro de los temas públicos. El gobierno, el poder, no puede divorciarse de su función ética, pedagógica. Pero fue incapaz de reflexionar lo sucedido a la luz de esas funciones, de la palabra. Sólo apeló a lo que más le gusta al kirchnerismo, a las aguas en que se siente cómodo: partir, dividir la sociedad. Usó la muerte para eso: para hablar de conspiraciones, situarse como víctima. Y bajar esa línea a sus fieles, sus beneficiados. Ahí donde abunda la obediencia que, como tal, siempre es la muerte del talento, del discernimiento, de la duda, del pensamiento crítico.
-Leí que opina que el hecho desnuda al gobierno en su impotencia. ¿Esa impotencia está fundada en el hecho de que se sospeche de él en relación con la muerte?
-Con independencia de eso, en lo que yo no me meto porque no reflexiono desde conjeturas, lo que digo es que el gobierno se desordena, se irrita, con la realidad que no puede manejar. Sí, sí, como escribí: al gobierno lo desnuda en su impotencia todo aquello que no puede manejar, que le estalla en la cara y no puede conducir. Entonces salió a buscar culpables.
-No me puede negar que, de cara a las conclusiones a que había arribado Nisman en lo que investigaba, ante la muerte de él se mirara al gobierno como eventual mentor intelectual del suicidio. La muerte violenta y el poder político van de la mano desde muy lejos en la historia del país.
-No niego esa mirada. Pero ahí, precisamente ahí, está la reflexión de calidad a que debe apelar el poder. Con Cristina repartiendo mandobles a lo largo de estos días, no habló la democracia, no habló la política. Habló el kirchnerismo en su versión más natural: ausencia de apego a la reflexión que requieren la democracia y la política del poder.
-¿No debió hablar?
-No se trata de eso. Ante un hecho de la naturaleza de lo sucedido, un presidente no tiene obligación de quedarse callado… eso es harina de otro costal. Lo que no hubo de boca de Cristina ni del resto del gobierno es la grandeza de palabra que reclamaba esa muerte. Una reflexión generosa, sentida. Un compromiso del Ejecutivo en todo aquello que sea necesario para esclarecer el hecho. Hablar una vez, en todo caso, y dejar que la Justicia haga lo suyo.
-Eso hizo Mitterrand ante el suicidio de un ministro de Defensa de su gabinete que emergía complicado en algunas investigaciones: «Lamento su muerte, estoy a disposición de la Justicia para que se sepa toda la verdad»… y al día siguiente fue a tribunales.
-Era Mitterrand. El kirchnerismo, como muy pocos procesos que hacen a estructuras de poder, a gobierno a lo largo de nuestra historia, muestra muy rápido su hilacha en materia de política: le molesta la política, el explicar, el debatir. Lo perturba el tener que aceptar límites. Algo grave sucede cuando un gobierno tiene como paradigmas a la Venezuela de Chávez y luego Maduro o a Cuba. Yo machaco y machaco: el kirchnerismo es un partido del poder, por eso no discute ideas. Así de sencillo.
-Esa naturaleza no la construyó el kirchnerismo. Hace también al peronismo, a su naturaleza.
-Ése es un juicio muy ligero, con ausencia de matices que refleja la misma historia. Perón integraba el pensamiento distinto, diferente. Era un estilo que hizo a su concepción de lo que le correspondía hacer a él en política: conducir. Él manejaba los hilos, pero por debajo había deliberación, choques, desencuentros. Para Perón, la verticalización en función de un objetivo era un mecanismo puntual. Y no era obsecuencia. No niego que hubo muchos obsecuentes en su entorno. Así los echó, corrió y mantuvo si les eran necesarios en función de un objetivo clave. Pero, mire, si la obsecuencia hubiese sido el estado natural del peronismo, el peronismo no hubiese sobrevivido a la caída de Perón en el 55. La lucha del peronismo posterior al 55 no requirió de obsecuentes, que generalmente son muy flojos. Hay que leer la historia sin pasiones extremas, sin prejuicios, para abrir juicio sobre este tema.
-¿Qué proyecta eventualmente la muerte de Nisman sobre el kirchnerismo en este año, quizá el último en el poder?
-Es un proceso acabado. El kirchnerismo está muerto en vida. No sé qué puede proyectar o, en todo caso, esta muerte llevó al kirchnerismo, a Cristina, a expresar lo peor, lo más negativo que tienen como poder: la ausencia de calidad de ese poder… representan un poder muy pueblerino.
-¿Y esa categoría? Puede resultar agresiva…
-Sabe que no busco eso. Soy un tipo que viene de política de lucha, que siempre he estado vinculado al único sentido que tiene la política sincera, de entrega, la que busca a todos. ¡Una vida en el peronismo! Por «poder pueblerino» defino un poder de miras muy acotadas. No en razón de dimensiones demográficas, nada de eso. Se puede ser un político de mira acotada perteneciendo a una sociedad de millones. El mundo sigue, la política asume nuevos desafíos, complicaciones apasionantes, retos cotidianos, y el kirchnerismo está atado a una visión inmóvil, reaccionaria de lo que es el poder, la imaginación que requiere ejercerlo. El kirchnerismo es el juego y la obra pública. Sus amigos. Y para sobrevivir en su esfera, obediencia… no es complicado desentrañar su esencia. Por eso no sobrevivirá. No le interesó ser más, abrir las ventanas a las ideas, al debate.
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com