Kirchner y la Unasur
Para rendir homenaje a la idea de la unidad latinoamericana, a través de los años se ha formado una cantidad impresionante de organizaciones intergubernamentales. Si bien algunas han fenecido, gracias a la tenacidad legendaria de los burócratas otras han sobrevivido hasta nuestros días, aunque nadie sabe a ciencia cierta para qué sirven. Con todo, conscientes de que siempre habrá lugar para más organismos de dicho tipo, varios años atrás los brasileños inventaron la “Unión de Naciones Suramericanas”, (Unasur), cuyo mérito principal consiste en no incluir a México y los países centroamericanos que por sus lazos con Estados Unidos podrían discutir el liderazgo de Brasil. Últimamente, casi todas las iniciativas de este tipo se han inspirado en la Unión Europea, pero sucede que a diferencia de los países del Viejo Continente los latinoamericanos nunca han estado dispuestos a hacer las concesiones mutuas necesarias para que prosperaran las diversas asociaciones que se han ensayado. Parecería que la Unasur, como tantos otros organismos intergubernamentales –Alalc, Aladi, etcétera, y también, a su manera, el Mercosur–, se limitará a representar la idea de que América Latina, o América del Sur, sería mejor unida que dividida entre los distintos países pero que los problemas prácticos seguirán asegurando que sólo sea cuestión de una aspiración vaga. Aunque hasta ahora el papel desempeñado por Unasur ha sido decididamente opaco, en nuestro país la organización cobró cierta importancia cuando, por motivos no muy claros, al ex presidente Néstor Kirchner se le ocurrió que le convendría encabezarla. No le resultó fácil conseguir el puesto modesto, apropiado para un funcionario menor, al que aspiraba, pero a pesar de la resistencia declarada del ahora ex mandatario uruguayo Tabaré Vázquez y la apenas disimulada de los presidentes actuales de Perú y Colombia, el lunes se vio ungido como secretario general al optar el sucesor de Vázquez, José Mujica, por pagar el “costo político” que, como subrayó, le supondrá un gesto destinado a congraciarse con nuestros gobernantes. Asimismo, quienes se habían opuesto a la nominación de Kirchner habrán entendido que, por tratarse de un cargo honorario, no valía la pena seguir negándoselo. No compartirán su opinión los muchos, entre ellos el ex presidente Eduardo Duhalde, que señalaron que en vista de las características de Kirchner hubiera sido difícil concebir un candidato peor calificado. Asimismo, el que pronto podría alcanzar dimensiones realmente impactantes el escándalo provocado por las revelaciones formales sobre la “embajada paralela” instalada por nuestro gobierno en sociedad con el mandatario venezolano, Hugo Chávez, ha hecho temer que en cualquier momento Kirchner sea blanco de acusaciones sumamente graves. En tal caso, su posición como jefe virtual de Unasur serviría para garantizar que el asunto recibiera la máxima atención internacional, lo que brindaría a quienes no lo quieren un buen pretexto para reclamar su renuncia. Puede que, lo mismo que Cristina en las semanas que precedieron a las elecciones presidenciales del 2007, el diputado y “hombre fuerte” del gobierno de su esposa se haya convencido de que figurar como un estadista internacional dará más brillo a su imagen, pero la posibilidad de que ello ocurra es reducida. Si bien es de suponer que Kirchner imagina que el cargo le dará cierto prestigio, no es del todo probable que permita que lo distraiga de asuntos que a su juicio son más importantes. Aun cuando en adelante no preste tanta atención a las vicisitudes parlamentarias que lo han mantenido ocupado desde fines del año pasado, sorprendería que por tener más trabajo dejara de manejar la economía nacional, embestir contra los medios de difusión o atender a sus propios intereses financieros. En efecto, el que un hombre tan activo como el diputado Kirchner se haya creído capaz de agregar a las tareas que ya desempeña las propias del secretario general de una organización que supuestamente está destinado a cumplir un rol protagónico en el escenario internacional, confirma que entiende muy bien que en verdad su importancia es escasa, que sólo se trata de otra sigla de las docenas, cuando no centenares, que existen en el mundo actual y que su función seguirá siendo a lo sumo simbólica.