Kunkel, el señor del apriete
Siempre le agradó hacer política yendo por lo extremo. O lo intolerante. Tanto en gestos como en verbo. Situarla aceleradamente como amenaza. Apelar a la acción directa, con toda la connotación que esta construcción tiene en la lucha política, tan asociada al fascismo.
OPINIÓN
Eso fue lo que hizo el martes último el kirchnerista Carlos Kunkel cuando le advirtió al juez Lijo que será investigado por el Consejo de la Magistratura si no actúa en forma “correcta”.
Desde muy joven Kunkel asumió la militancia blandiendo esa cultura de hacer política. Meritorio en la entrega sin más a la causa del General. Pero piruetas tiene la historia: el General lo usó. Luego abonó el terreno que llevó a Kunkel a la tortura y años de celda, instancias en que el hoy kirchnerista tuvo conducta digna. Conducta que le escasea hoy, siempre en clave a la práctica política. No ha olvidado que en ese camino lo suyo es sencillo: prepotencia. Buen entrenamiento para el insulto. Alistamiento permanente para el apriete. Y, si es necesario, disposición para eso que técnicamente se define en una palabra adecuada: “piña”.
Y cuando la lucha política en favor del General exigió fierros, Kunkel con un 38 en sobaquera. Lo recuerda la bibliografía de los comienzos de los crudos 70.
Fue un día de ese tiempo en que Kunkel y un grupo de jóvenes recorrieron la Facultad de Humanidades de La Plata. Junto con la Facultad de Derecho y el Rectorado, funcionaban en 7 entre 47 y 48.
Serían las 17. Kunkel y los suyos abrieron puertas de aulas bajo clase. Entraron sin rodeos. Así, al estilo camisa parda.
-¡Compañeros, se levantan las clases para asistir al homenaje a Evita que se hace en el aula magna! -chilló.
Pero piruetas tiene la historia.
-Yo no estoy de acuerdo con interrumpir la clase, respeto a Eva pero no tienen que interrumpir la clase -dijo un jovencito enclenque, miope.
Kunkel giró, lo perfiló con mirada de rayos. Pero se fue.
-El que quiera ir, que vaya. Yo sigo dando clase -dijo el sociólogo Julio Godio. Hombre de izquierda y a cargo de una comisión en Sociología.
Cuando la clase terminó, el jovencito salió al pasillo y ahí venían Kunkel y los suyos.
-¿Tan joven y ya sos gorilita, pendejo? -lo increpó Kunkel.
-A mí no me gusta que me prepoteen, que me digan lo que tengo que hacer -respondió el pibe. Entonces Kunkel lo insultó.
Cuando el diálogo creció en tensión y Kunkel se iba sintiendo a las anchas para desplegar lo único que sabe de política, la acción directa, intervino uno de sus compañeros. Un grandote, bonachón, estudiante de historia: Carlos Starita. Con los años integraría el comando de Montoneros que secuestró y asesinó al director del diario “El Día”, Kraiselburd.
-Pará, Carlos, pará. Venga, compañero, venga, vamos a tomarnos un café -le dijo Starita al joven de textura enclenque y lo tomó del hombro.
Y Kunkel se quedó con las ganas. Pero sigue apretando. Ahora a un juez.
CARLOS TORRENGO
carlostorrengo@hotmail.com
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