La ardua misión de batallar contra un virus que no perdona

El director del hospital Ramón Carrillo, Leonardo Gil, cuenta cómo es el trabajo en la primera línea y cómo se prepararon las instalaciones para contener el brote y tratar a los enfermos. Qué pasa con las otras patologías y la atención de los más pobres.





Hace poco más de tres años que Gil dirige el hospital más grande de la provincia. Le tocaron dos brotes: hanta y covid. Foto: archivo

Hace poco más de tres años que Gil dirige el hospital más grande de la provincia. Le tocaron dos brotes: hanta y covid. Foto: archivo

Dedicación a tiempo completo, sin respiro, sin tregua ni feriados. Ese es el ritmo de trabajo que asumió hace ya cinco meses el director del hospital Ramón Carrillo, Leonardo Gil, quien admite que la pandemia de coronavirus le impuso un desafío profesional que no imaginaba y que no duda en asimilar con “las sensaciones de una guerra”.

En realidad la atención de Gil y la del equipo a su cargo están puestas sobre el covid-19 desde enero pasado, cuando comenzaron a leer los primeros reportes sobre lo que ocurría con el virus en el mundo y la certeza inexorable de que llegaría pronto a estas latitudes.

Hoy la incógnita pasa por saber hasta cuándo durará, y esas dudas y temores se mezclan desde hace tiempo con el cansancio. “Sí, esto se extendió mucho y la verdad es que estamos cansados, pero hay que ir para adelante y no bajar los brazos”, asegura Gil.

¿Cómo vive este proceso desde el inicio de la pandemia? ¿Cómo lidia con las incertidumbres, las demandas múltiples?

–Lo primero es que esto es un gran trabajo en equipo. Es imposible encararlo y elucubrarlo solo. Hay muchas miradas y debe ser así. Por suerte nosotros previmos bastante. El 29 de enero empezamos a trabajar con covid. Nadie lo veía venir en ese entonces. Teníamos una comisión semanal para seguir lo que pasaba. Empezamos a preparar todo. La terapia intensiva estaba muy vieja e incompleta, había que adecuar los respiradores. Adecuar lo estructural y lo funcional. Se vivió como un proceso.

¿Hoy la terapia cómo es? ¿Cuánto aumentó?

–La cooperadora había hecho una donación y teníamos nueve camas, pero estaban habilitadas entre seis y siete. El resto no estaban equipadas. Ahora equipamos todo, cerramos con boxes individuales las nueve más las cuatro de la terapia, más la Unidad de Cuidados Intermedios. Se cambió todo el sistema de ventilación, en eso nos ayudó mucho Invap. También hubo que extender la red de internet para el monitoreo de los pacientes, una nueva red eléctrica, para que soporte 42 respiradores. En definitiva, teníamos siete camas y ahora tenemos 25 respirables.

La relación de Gil con la prensa es fluida. Su palabra ayuda a desplegar políticas contra el virus. Foto: archivo

–¿Y el personal?

–Aumentamos un 30% en enfermería. Pero perdimos parte del plantel (casi un 40%) porque son factores de riesgo o porque tienen que cuidar hijos. Hoy tengo que decir que lo vivimos con mucho cansancio, es mucho tiempo, y no se ve el final.

¿Se puede anticipar cómo va a seguir acá por lo que pasa en otros países?

–Es difícil. El virus no tiene relación con las estaciones, como pasa con la gripe. Creíamos que el invierno iba a ser crítico, pero tuvimos menos gripe y menos bronquiolitis. Porque los chicos no van al colegio.

¿Cómo juegan las presiones?

–En todo lo que es interinstitucional hemos podido trabajar muy bien. Las presiones son por poder cubrir, porque uno busca resultados. Esta pandemia, como se suele decir, saca lo mejor y lo peor de la gente. Y pasó eso. Profesionales, no profesionales, personas en general que se pusieron a disposición y otros que reaccionaron con mucho miedo. Cuando llegaron los primeros casos, en abril, lo experimentamos como una guerra. Nunca estuve en la guerra, pero uno se puede imaginar. Se lo dije a los excombatientes cuando nos visitaron. Uno está expectante y le cae una bomba al lado y se muere un amigo. La sensación debe ser muy similar. Compañeros nuestros infectados, no saber qué iba a pasar. La palabra covid era muerte. Empezó a haber mucho nerviosismo y mucho miedo, compañeros angustiados, que lloraban. Nos empezamos a pelear entre nosotros. Todo el mundo quería que lo hisopen.

Pero hoy ya tienen un manejo distinto.

–Y sí. A medida que pasó el tiempo empezamos a perderle un poco el miedo, no el respeto. Hoy estamos fortalecidos desde ese lado. Pero queda el problema del equipo reducido. Se sobrecargan otras personas, es parte de este proceso.

En su caso personal ¿también influyen los miedos?

–Miedo todos tenemos de que nos pase algo. Creo que uno lo controla con responsabilidad y tratando de achicar todos los riesgos, siendo responsables. Tengo hijos, y si se enferman no me lo banco. Imaginate si del hospital llevo el bicho a mi casa. Pero somos muy cautelosos con todo eso, con las herramientas que hay.

¿Hacia dónde cree que va a esta pandemia? ¿Cómo va a evolucionar?

–Va a seguir así, va a ser una nueva vida hasta que salga un medicamento. Con los virus es complejo. La salida es vacuna o medicamento. Hasta entonces va a seguir así, igual no se sabe cómo se comporta el virus. Hubo virus que se apagaron solos. Decir algo con certeza sería mentir. Se escribe mucho y algunas cosas contradictorias.

Hay preocupación por las otras enfermedades que están siendo desatendidas, ¿eso anticipa una crisis a futuro? ¿Lo ven en el hospital?

–Yo creo que la pospandemia va a ser todo un tema. Nosotros dividimos en este contexto lo más emergente, se atendió todo lo que era covid, se hizo un call center para las urgencias y canalizar así las que no pueden postergar la atención. Eso funcionó muy bien al principio, después ya no fue tan sencillo, hemos tenido dificultades con las lineas telefónicas. Y cuando quisimos abrir un poco más los consultorios presenciales para la demanda de la gente tuvimos estos picos con el virus. Así que no ha sido fácil. Se han operado algunas patologías más prevalentes para que no se compliquen, por ejemplo las vesículas, los cálculos biliares, que si no terminan en pancreatitis. Se ha visto eso. Todo lo que termina en “itis” empezó a aparecer.

Dijo que mucha gente “que en esta época tenían trabajo temporario y obra social y no venía al hospital, ahora empezó a venir”. “Desde que empecé en la dirección casi se duplicaron las consultas en muchas especialidades. Fortalecimos los equipos y pasamos de 723 a 930 trabajadores”.

Una exigencia que era impensada hasta hace unos meses

 “No puedo creer que ya estemos en agosto. Y pensar que empezamos con todo esto en enero, ¿Cómo no vamos a estar agotados? Siete meses hablando de lo mismo. Te levantás y te acostás pensando en covid”, subraya Gil en tren de reflexionar sobre el momento que le toca.

Acto seguido, agrega: “yo tenía una esperanza, o el deseo mejor dicho, de que tengamos una solución a esta altura. Pero pasó un montón de tiempo y tenés el mundo parado de cabo a rabo. La verdad que es una situación extrema. Vamos para adelante porque la familia nos acompaña, igual que los amigos y los compañeros. Pero esto nos va a marcar mucho a todos, a toda la comunidad. Somos testigos de una cuestión muy poco usual. Aunque salgamos expertos en esto, la vida me ha demostrado que ser experto en algo sirve de poco”.

Una gestión corta e intensa

Leonardo Gil asumió la dirección del hospital más grande de Río Negro en enero de 2017, cuando el ministro de Salud, Fabián Zgaib, le ofreció el cargo. Lo conocía por su rol como referente de la Asociación de Técnicos y Profesionales y creyó que Gil era ideal para el puesto. “Nunca me pareció algo llamativo la gestión –afirma ahora, 43 meses después–. Pero dije vamos para adelante, a ver si puedo cambiar algo las cosas”.

En este tiempo le tocó el brote de hanta, que afectó especialmente a Epuyén, pero que repercutió en toda la zona y en el hospital de Bariloche como cabecera regional.

Y ahora es la crisis del coronavirus lo que le obliga a extremar esfuerzos y atención, y que seguramente le dejará una experiencia imborrable.

Gil es médico ginecólogo y se recibió en la Universidad de La Plata, aunque su ciudad de origen es Mar del Plata. Apenas recibido ejerció en 25 de Mayo, en Ensenada y llegó a Bariloche en 2004. Desde entonces se integró al plantel del hospital, donde dirigió el servicio de su especialidad. Tiene un hijo de 8 años y una hija de 12.

Desde que se hizo cargo de la dirección fue siempre abierto y comunicativo en la relación con la prensa. Pero al comienzo de la crisis del covid, aunque arreciaban las preguntas, debió llamarse a silencio por férreas directivas bajadas desde Salud. Con el correr de las semanas esa imposición se relajó y hoy Gil destina una parte estimable de su tiempo a informar a los medios sobre la situación epidémica en Bariloche.


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