La batalla por la soberanía

El 20 de noviembre de 1845 se libró una desigual batalla en las barrancas del río Paraná de las Palmas: una poderosa flota francobritánica, en nombre de la libertad de comercio, quiso forzar –y lo logró– el ingreso de las naves comerciales de sus países a las aguas interiores argentinas, sobre todo el Paraná, acceso a todo el litoral y a la curiosa república monárquica del Paraguay, a la sazón gobernada por el primer López, Carlos Antonio, el creador de una aislacionista dinastía continuada por su hijo, Francisco Solano. Más tarde éste enfrentó a Brasil, secundado por Argentina y Uruguay, en la guerra de la Triple Alianza, conocida, en ambientes nacionalistas, como la de la Triple Infamia. El aniversario de ese combate desigual se conmemora, entre nosotros, como el Día de la Soberanía. En Argentina gobernaba Juan Manuel de Rosas, estanciero bonaerense más que caudillo federal, aunque la “Santa Federación” era su divisa. El “Restaurador” defendía la soberanía argentina contra el capitalismo en expansión, que forzaba la apertura de los mercados para sus productos por las buenas o por las malas. Empezaron por las malas, invadiendo Buenos Aires, donde fueron rechazados dos veces. Siguieron por las buenas, apoyando vigorosamente la independencia latinoamericana, apoyo que los líderes de las revoluciones aceptaban con gusto, ya que el enemigo no eran los ingleses en la cumbre de su poderío sino el mucho más atrasado y decadente imperio español. Éste, enceguecido por su codicia, durante siglos había saqueado América por sus propios medios, llevándose los metales preciosos que hicieron su propia ruina económica una generación antes –y tal vez fueron responsables del ascenso de sus propios rivales europeos a la gloria del progreso capitalista y contribuyeron a financiar la Revolución Industrial–. Los nuevos imperios capitalistas necesitaban mercados y no vacilaban en recurrir a la fuerza si los clientes eran reacios a comprar. Se recuerda la Guerra del Opio, en la que en 1839 flotas inglesas invadieron China para imponer allí la aceptación del opio, con que no vacilaron en proveer generosamente al ávido pueblo de un imperio decadente. Algo más tarde fue la flota estadounidense la que intimó al hermético Japón para que se abriera al comercio occidental bajo la amenaza de ser invadido y “civilizado” a la fuerza. Japón reaccionó echando a los samuráis del poder y creando un Estado moderno al gusto capitalista, en lo que se conoce como la Restauración Meiji, aproximadamente contemporánea con la batalla de Pavón. El Río de la Plata había sido, aun desde antes de la Revolución de Mayo, una semicolonia británica. Los principales comerciantes de Buenos Aires eran ingleses y los patriotas que celebramos con justicia usaban con alegría el apoyo inglés contra los “godos” y, antes de llegar a Obligado, hubo dos manifestaciones bien claras de este deseo de apoyo. La más escandalosa fue la manifestación franca del director supremo Carlos María de Alvear quien, después de que su ministro Manuel García entregara la Banda Oriental, ganada en la guerra de 1927 a los brasileños (vía la independencia de la Banda Oriental como Estado tapón), manifestara abiertamente que estas Provincias Unidas deseaban formar parte del imperio de su graciosa majestad la reina Victoria. Las potencias capitalistas representaban un nuevo modo de hacer las cosas y, en su avidez estructural de obtener nuevos mercados en el Plata, cosa que Rosas no quería pero los caudillos del Litoral, como López, Ramírez y Ferré –que tal vez eran los herederos de Artigas– aprobaban, mandaron la flota para forzar la navegación de los ríos interiores argentinos. Rosas contrapuso una heroica defensa con la gloriosa y original idea de cerrar la entrada al Paraná en Obligado, entre San Pedro y Baradero, con una simbólica cadena. Sin embargo: ¿cuál era la intención de Rosas? ¿Impedir la invasión o defender el monopolio de la Aduana de Buenos Aires sobre el comercio exterior? No se pueden juzgar intenciones, sólo hechos. Los invasores rompieron la cadena y avanzaron hacia los puertos del Litoral, aplaudidos por los litoraleños, hartos del bloqueo porteño al que, en los hechos, estaban sometidos desde la época colonial. La historia que nos contaron es muy simple: siempre se sabe quiénes son los buenos y quiénes, los malos. Urquiza liberó la patria de la tiranía rosista que, sin duda, fue un reinado de un terrorismo reaccionario que puso el sistema educativo bajo la órbita de la policía. Pero lo hizo con el decisivo apoyo brasileño. La historia argentina de aquella época se comprende mucho mejor si se la entiende como lucha a tres bandas y no a dos, como se la cuenta: los federales de palabra pero unitarios al extremo (los porteños, bajo Rosas) y los unitarios de verdad (el “interior”, que luchaba contra personajes como Paz y Lavalle, aquel que fusiló a Manuel Dorrego, tal vez el único federalista que hubiese podido unificar el país a menor costo que el que pagamos después a Mitre y a Buenos Aires). Pero si agregamos a esto que el Litoral tenía intereses –probablemente apoyados por Brasil– que se contraponían a los de los dos contendientes tradicionales y que la lucha era entre tres bandos y no entre dos, como nos cuentan, también se entiende mejor la “traición” del federalista Urquiza unido a los brasileños contra Rosas, aunque no el misterio de su entrega de la batalla de Pavón al porteño Mitre. Los demás latinoamericanos aplaudieron la gesta de Obligado y San Martín legó su sable a Rosas. Y el aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado quedó en la memoria argentina como gesta patriótica pura y algo quijotesca. A veces resulta interesante mirar la historia en diagonal, y a lo aficionado… (*) Físico y químico

TOMÁS BUCH (*)


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