La buena voluntad no basta

Por Redacción

El papa Francisco no habrá olvidado los escándalos que estallaron periódicamente cuando aún era Jorge Bergoglio, motivados por denuncias acerca del “trabajo esclavo” de personas, en muchos casos inmigrantes procedentes de países limítrofes, que en la Capital Federal y el conurbano bonaerense confeccionaban ropa en talleres insalubres a cambio de salarios sumamente exiguos, de suerte que creía saber de qué se trataba cuando, para marcar el Día del Trabajador, condenó con vehemencia el fenómeno en la homilía que pronunció ante una muchedumbre en la plaza de San Pedro. Conmovido por el desastre que poco antes se había dado en Bangladesh, donde murieron más de 500 obreros, la mayoría mujeres, al derrumbarse un precario edificio alquilado por empresarios que producían bienes de consumo baratos para el mercado internacional, criticó con dureza las actuales condiciones económicas tanto en Asia como en Occidente. Atribuyó aquella tragedia, y también el desempleo masivo que está provocando estragos en buena parte de la Unión Europea, a “la concepción economicista de la sociedad, que busca el provecho egoísta fuera de los parámetros de la justicia social”, de tal modo manifestando su desprecio por las normas que, en opinión de la Iglesia Católica, imperan en el mundo desde los días de la Revolución Industrial. Si bien muchos compartirán con el sumo pontífice la indignación que dijo sentir al enterarse de que en Bangladesh las obreras ganaban “38 euros al mes”, remediar tal situación requeriría algo más que un poco probable cambio de actitud por parte de los occidentales. Por cierto, no ayudaría que los gobiernos de los países ricos, presionados por sindicalistas de mentalidad proteccionista, se negaran a comprar bienes que a su entender son producto del “trabajo esclavo”. Un boicot supuestamente basado en principios humanitarios asestaría un golpe brutal a Bangladesh y a otros países asiáticos que están en vías de reemplazar a China, donde los salarios han aumentado mucho en los últimos años, como destino preferido de las inversiones occidentales o japonesas, ya que les parece mejor ser explotados por las grandes empresas multinacionales de lo que sería resignarse a la indigencia. Por lo demás, los más perjudicados por medidas destinadas a defender los derechos de las víctimas de la explotación “economicista” serían con toda seguridad los obreros mismos que, para tranquilizar las conciencias de sus hipotéticos simpatizantes en los países ricos, perderían la única fuente de ingresos que tienen. Según Francisco, vivimos en un mundo en el que “las personas son menos importantes que las cosas que dan provecho a quienes tienen el poder político, social y económico”. ¿Fue diferente en el pasado? Puede que hubiera algunas sociedades que, merced a la abundancia de recursos naturales, lograron liberarse del materialismo para regirse conforme a principios más elevados pero, de haber existido, tales utopías desaparecieron hace mucho sin dejar más rastro que mitos en torno a una “edad de oro” antediluviana. Por cierto, los países de tradiciones católicas nunca han sido dechados de justicia social, privilegio éste que se ha visto monopolizado últimamente por sociedades escandinavas relativamente homogéneas de cultura luterana. Por razones que tienen muy poco que ver con el desdén por la ostentación consumista, la Iglesia Católica combate desde hace siglos el liberalismo en todas sus formas, lo que le ha permitido competir con el progresismo izquierdista con el propósito de erigirse en líder de la lucha contra el capitalismo globalizado. Sin embargo, ya es penosamente evidente que, lo mismo que la izquierda marxista, la Iglesia Católica no ha sido capaz de plantear alternativas convincentes a un statu quo nada satisfactorio, una tarea que ha quedado en manos de “centristas” moderados, algunos conservadores o liberales y otros que se inspiran en el socialismo democrático. Aunque es posible que las exhortaciones morales del papa y los muchos que piensan como él influyan en la conducta de una pequeña minoría de políticos y empresarios, también lo es que en términos generales su impacto sea negativo al contribuir a sembrar la impresión de que el único sistema económico que efectivamente funciona, ya que hasta ahora nadie ha conseguido construir uno mejor, es tan perverso que el futuro que nos espera será inenarrablemente terrible.


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