La caja se ha quedado vacía
Felizmente para millones de personas de ingresos exiguos que apenas les permiten llegar fin de mes que, según el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, deberían ser incluidos entre “los ricos”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner optó por vetar un impuestazo que los hubiera empobrecido aún más. De haber prosperado los cambios de Bienes Personales impulsados por el dúo, hasta los dueños de un departamento destartalado en un barrio humilde se hubieran visto alcanzados por un gravamen oneroso que hasta ahora sólo han pagado los contribuyentes relativamente acomodados, lo que con toda seguridad hubiera desatado una nueva ola de protestas multitudinarias. Habrá sido por este motivo que Cristina y el ministro de Economía, Axel Kicillof, decidieron oponerse a una medida destinada a ocasionar estragos en la clase media nacional que ya se cree víctima de una combinación siniestra de ineptitud y rencor. Si bien a Cristina y Kicillof no les gustan los restos de la antes poderosa clase media nacional que han conseguido sobrevivir a las crisis de las décadas últimas, parecería que ambos entienden que no les convendría del todo provocarlos aumentando todavía más la ya excesiva presión impositiva. Por lo demás, sabrán que privarlos de golpe de recursos tendría un impacto devastador en el consumo. Así y todo, la propuesta de Echegaray, que fue avalada por Capitanich, no carece de lógica. Sucede que el poder kirchnerista depende en buena medida de “la caja”, o sea del dinero aportado por los contribuyentes, razón por la que a partir del 2003 el gobierno se ha apropiado de una proporción cada vez mayor del ingreso nacional, llegando a superar ampliamente en este rubro a la mayoría de los países del mundo. Estados Unidos y el Reino Unido ya han quedado atrás y, tal y como están las cosas, la Argentina no tardará en aventajar a Alemania y hasta los países escandinavos. El avance así supuesto sería tolerable si el dinero fuera usado para mejorar los servicios públicos pero, de más está decirlo, el gobierno de los Kirchner nunca ha manifestado el menor interés en hacerlo. Tampoco ha hecho un esfuerzo serio por combatir la pobreza; antes bien, se las ha arreglado para fomentar una “cultura de la pobreza” parasitaria por suponer que, a cambio de dádivas, siempre contará con los votos necesarios para aferrarse el poder. El “modelo” de Cristina se parece a una máquina que fue construida con el propósito de vaciar al país de dinero para que sea redistribuido según pautas políticas, cuando no personales, en beneficio no de los sectores más pobres, que perciben mendrugos, sino de empresarios cortesanos, propagandistas a sueldo, militantes de agrupaciones como La Cámpora y otros que tienen buenos motivos para sentirse comprometidos con el proyecto oficial. Funcionó a su modo hasta la reelección de Cristina, un par de años atrás. Desde entonces está en problemas. Por su naturaleza, el “modelo” es insaciable, pero todo tiene su límite. Mal que les pese a los kirchneristas, no hay dinero suficiente en el país como para permitirles continuar aumentando el gasto público al ritmo al que se han acostumbrado. Quisieran huir hacia delante pero, a pesar de su resistencia “principista” a aplicar los frenos, no tienen más alternativa, de ahí el ajuste nada prolijo que está en marcha. La disputa en torno a Bienes Personales entre Echegaray y Kicillof ha perjudicado al kirchnerismo no sólo porque la propuesta del recaudador se vio repudiada por opositores de la izquierda, el centro y la derecha, sino también porque llamó la atención a la confusión imperante en el seno del gobierno de Cristina. Es dolorosamente evidente que el “equipo” económico actual está tan dividido como el anterior, lo que, dadas las circunstancias, dista de ser sorprendente. Para el gobierno, conseguir más dinero, por los medios que fueran, es una obsesión, pero ya se han agotado todas las fuentes. De intensificarse más la presión impositiva, las consecuencias para la economía serían calamitosas, pero si se conforma con lo mucho que ya recauda, se verá constreñido a hacer gala de un grado de disciplina fiscal, es decir de austeridad, que le es ajena y que, claro está, dejaría desamparada a su clientela.