La confesión de Duhalde
Por lo común, todos los gobiernos, incluyendo a los más incompetentes, tratan de hacer pensar que, las apariencias no obstante, saben muy bien lo que están haciendo y que gracias a sus esfuerzos su país no tardará en superar las dificultades de turno. En cambio, el gobierno «de transición» encabezado por Eduardo Duhalde no ha vacilado en confesar que se siente totalmente desorientado por una crisis que lo ha desbordado por completo. Según el presidente de la República, «con las dificultades que tenemos y hasta no saber qué tipo de ayuda vamos a obtener, es muy difícil tener un programa económico concreto», lo cual, es de suponer, es su forma de decir que el FMI es responsable del colapso por no habernos enviado los varios miles de millones de dólares que nos hubiera permitido ir tirando un par de meses más. Sin embargo, ocurre que la resistencia de los países ricos a darnos una mano consiste precisamente en la incapacidad patente del gobierno duhaldista para formular algunas propuestas coherentes, acaso porque sea consciente de que cualquier «plan», por optimista que resultara, lo convertiría en seguida en blanco de los misiles verbales de otros populistas que no creen tener motivos para abandonar la teoría de que el realismo es un concepto neoliberal y por lo tanto «salvaje».
Si Duhalde tiene una estrategia, ésta consiste en permitir que el país siga destruyéndose hasta que, por fin, el gobierno de Estados Unidos y el FMI se hayan sentido tan conmovidos por el desastre que acepten mandarnos ayuda, pero los salvadores en potencia entienden lo que Duhalde tiene en mente y son reacios a colaborar. Temen que si optaran por arreglar un gran paquete asistencial, el dinero sería robado para ser usado para comprar dólares y que el gobierno, lejos de ponerse a elaborar un «programa concreto», se negaría a intentar llevar a cabo las reformas que con toda seguridad son necesarias. Puede que la pasividad de la administración norteamericana y del FMI se haya debido en parte a que tampoco ellos han sido capaces de concebir un «plan» para la Argentina que sea a un tiempo eficaz y políticamente aceptable, pero en el mundo tal y como está conformado les corresponde a los gobiernos nacionales encargarse de la tarea de manejar sus respectivas economías. Asimismo, en el peor de los casos los «costos» que tendrían que pagar los norteamericanos y los burócratas internacionales por las demoras resultantes serían mínimos en comparación con los sufridos por el pueblo argentino. Mientras que a lo sumo aquéllos se verán acusados de haber cometidos errores muy graves, lo cual podría obligarlos a participar en algunas polémicas acrimoniosas pero en última instancia inconcluyentes, éste se habrá visto reducido a un nivel de vida antes considerado propio de un país africano.
De todos modos, es llamativo que un político que antes de trasladarse a la presidencia protestaba ruidosamente contra la influencia del FMI, una entidad a su juicio viciada por el apego de sus directivos al ideario «neoliberal», y que se proclamaba paladín de la soberanía nacional, se haya convencido de que la Argentina sencillamente no está en condiciones de formular sus propios «planes» sin la colaboración entusiasta de la misma institución internacional cuyas actividades se había especializado en denostar. Lo entienda o no Duhalde, es una manera de decir que buena parte de lo que había reivindicado en el transcurso de su carrera pública era demagogia pura, sin ningún vínculo con la realidad del «mundo». Aunque es bueno que por fin un dirigente de su importancia se haya dado cuenta de lo inútiles que le habían resultado los lemas que había vociferado mientras estaba en el llano, todavía no han surgido demasiados indicios de que su experiencia haya servido para que otros políticos y sindicalistas hayan pensado en aprovechar la oportunidad para actualizarse. Por el contrario, muchos parecen resueltos a continuar comportándose como el Duhalde de antes, sin duda por suponer que la irresponsabilidad sistemática les será más beneficiosa que la voluntad de afrontar la crisis y que en una situación signada por el caos la incoherencia altisonante les resultará más rentable que la seriedad.