La debilidad de los poderosos
JAMES NEILSON (*)
Puede que Estados Unidos esté en vísperas de algo realmente espectacular, como un gran ataque electromagnético que, al inutilizar un sinfín de sistemas, computarizados o no, que dependen de la electricidad, lo devolvería al siglo XIX, provocando primero el caos y después hambrunas. Por cierto, a juzgar por la forma en que el gobierno de la superpotencia ha reaccionado ante presuntas señales detectadas por los servicios de inteligencia de que sus enemigos se están preparando para celebrar el fin del mes sagrado musulmán de ramadán con una ofensiva en gran escala, Barack Obama y sus asesores temen lo peor. O puede que no ocurra nada fuera de lo común y que, luego de descansar algunos días en lugares más seguros, los diplomáticos norteamericanos regresen a la veintena de embajadas y otras misiones en que se bajaron las persianas por si acaso. Sea como fuere, no cabe duda alguna de que Al Qaeda acaba de anotarse un triunfo memorable sobre la superpotencia satánica. Al enterarse de que militantes islamistas planeaban un ataque “estratégico” contra Estados Unidos y sus aliados europeos, el presidente Obama ordenó el cierre preventivo de casi todas las embajadas de su país en el norte de África y el Oriente Medio. Así las cosas, aun cuando Al Qaeda no se haya propuesto hacer nada malo, sus líderes ya han confirmado que, para sembrar terror en Estados Unidos y Europa, les basta con hablar de ataques mortíferos por venir. En los países occidentales, la evacuación repentina de tantas instalaciones norteamericanas ha motivado cierto escepticismo, lo que es lógico ya que sucedió justo cuando Obama se sentía obligado a tranquilizar a los preocupados por las actividades de sus servicios de inteligencia que, para sorpresa de nadie medianamente informado, se han acostumbrado a monitorear una cantidad fenomenal de comunicaciones electrónicas no sólo en Estados Unidos sino también en el resto del planeta. Según quienes piensan así, sería su modo de subrayar la importancia que tiene para la Casa Blanca el caso protagonizado por el “topo” Edward Snowden. Para muchos habitantes de los países musulmanes, en cambio, la reacción de Washington frente a la amenaza terrorista merecerá una lectura muy distinta. No les preocupará demasiado saber que hay espías que buscan información en el ciberespacio, pero sí quedarán impresionados por lo que tomarán por evidencia de un grado extraordinario de pusilanimidad. La convicción nada arbitraria de que tanto Estados Unidos como las demás potencias occidentales se han apocado hasta tal punto que, a diferencia de las de antes –o de Rusia, China e Israel–, ni siquiera están dispuestas a defenderse con la implacabilidad exigida por las circunstancias, está detrás de las convulsiones violentas que están agitando buena parte del mundo. La impresión dejada por la huida en helicóptero de los últimos norteamericanos que salían de lo que entonces aún se llamaba Saigón, abandonando a una suerte miserable a quienes habían confiado en ellos, nunca se borró por completo. Tampoco ha olvidado la gente de regiones conflictivas que Estados Unidos tiene la costumbre de sacrificar a “amigos”, como el Cha de Irán y, últimamente, el dictador egipcio Hosni Mubarak, en un intento, por lo común vano, por congraciarse con sus sucesores. Para quienes entienden que su propia vida, y la de sus familiares, depende de la lealtad personal de sus socios, tales detalles son de importancia fundamental. Es, con toda seguridad, natural que el gobierno de Obama no quiera ver repetirse lo que sucedió el año pasado en la ciudad de Bengasi en Libia, donde el embajador de su país fue degradado y después asesinado por una banda de guerreros santos enfurecidos, no lo es en absoluto que haya optado por publicitar la decisión de cerrar casi todas las sedes diplomáticas norteamericanas entre Argelia y Pakistán, llamando así la atención mundial a su propia debilidad. Mal que bien, en muchas partes del mundo el prestigio de los distintos países depende de su presunta capacidad para hacer valer su poder de disuasión. Por lo tanto, un operativo como el que se puso en marcha la semana pasada, uno que tal vez sería apropiado si Estados Unidos estuviera por emprender una contraofensiva generalizada fulminante, lo que no parece ser el caso, debería llevarse a cabo de la manera más sigilosa posible. En mayo del 2011, cuando efectivos de las fuerzas especiales norteamericanas lograron matar a Osama Bin Laden en el caserón destartalado, al lado de una base del ejército paquistaní, en que vivía como un jubilado, Obama aprovechó la oportunidad para ufanarse de la proeza, dando a entender que, merced a su propio coraje descomunal –“coraje político”, se entiende–, había aplastado Al Qaeda, algo que no pudo hacer su antecesor belicoso George W. Bush, concluyendo así “la guerra contra el terror” que en su momento había declarado el tejano adoptivo. Sin embargo, a juzgar por el pánico que se ha apoderado del gobierno norteamericano, Al Qaeda, que ha evolucionado en una red difusa de agrupaciones islamistas diseminadas por el mundo que se afirman resueltas a enarbolar su bandera negra sobre la Casa Blanca y el Capitolio en Washington, el Vaticano, los edificios más emblemáticos de Europa y muchos otros lugares, no ha perdido su capacidad para asestar golpes tremendos contra los reductos de los infieles. Por el contrario, parece estar en condiciones de conseguir sus objetivos en el vasto arco de territorio que se extiende desde el Atlántico hasta el Mar de China, forzando a Estados Unidos y sus aliados a huir espantados frente a los soldados de Alá. Los yihadistas de Al Qaeda festejaron el derrocamiento del Hermano Musulmán Mohamed Morsi por el ejército egipcio porque, desde su punto de vista, mostró que el islamismo militante no podría consolidarse en el poder por medios relativamente pacíficos. Aunque Al Qaeda comparte con la Hermandad el mismo objetivo, la destrucción definitiva del occidente infiel, a comienzos de la “primavera árabe”, pareció que se imponía la idea de que para triunfar no fuera necesario matar prematuramente, pero la guerra civil en Siria, el golpe de Estado en Egipto y los conflictos brutales que se han hecho rutinarios en muchos otros países musulmanes están dando la razón a los violentos que, para su gratificación, acaban de ser informados de que el gendarme norteamericano no tiene ningún deseo de arriesgarse enfrentándolos, a menos que pueda hacerlo con drones teledirigidos por alguien ubicado a miles de kilómetros de las zonas de conflicto.
SEGÚN LO VEO
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