La década K

Por Redacción

En un país tan inestable como la Argentina, mantenerse en el poder por diez años sin recurrir a la fuerza es de por sí una hazaña política. Aunque es escasa la posibilidad de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner logre superar el récord de otro peronista, Carlos Menem, la dupla que formó con su marido, Néstor Kirchner, lo hará con comodidad, puesto que está celebrándose el décimo aniversario de la llegada a la Casa Rosada del matrimonio que a partir de mayo del 2003 dominó el escenario nacional, construyendo su propio movimiento sobre la base de un “proyecto” que pronto consiguió la adhesión de una proporción muy significante de la clase política del país y, por tanto, del electorado. Con todo, si bien es natural que la presidenta haya calificado de “ganada” la década kirchnerista, abundan las señales de que el ciclo que aún protagoniza se ha agotado y que, como sucedió en tantas ocasiones anteriores, el “modelo” al que se aferra ha entrado irremediablemente en un callejón sin salida. Es verdad que en el transcurso de la gestión kirchnerista la economía ha disfrutado de algunos años de crecimiento vigoroso que le permitió recuperarse del colapso catastrófico del 2001 y el 2002, pero sucede que, merced en buena medida al “viento de cola” que soplaba desde China, casi todas las economías sudamericanas se expandieron con rapidez parecida en el mismo período. Sin embargo, mientras que con excepción de la venezolana lo hicieron sin sufrir problemas inflacionarios, en nuestro país la mayoría prevé que la tasa anual siga en torno al 30%. También se prevé que, a lo mejor, los años próximos se vean signados por la estanflación, cuando no por una recesión prolongada acaso leve pero así y todo desmoralizadora. El pesimismo que está difundiéndose es lógico; el que el gobierno se haya sentido obligado a congelar los precios en los supermercados, anunciar un nuevo blanqueo de capitales, aplicar un “cepo cambiario” a fin de frenar la sangría de divisas, habla de una crisis que se le ha escapado de las manos. Asimismo, la toma por el secretario de Comercio Guillermo Moreno del Indec –acaso el error más grave que cometió el expresidente Néstor Kirchner– socavó la confianza de los agentes económicos en la gestión de su gobierno y de aquel de su esposa. Si bien la estrategia maniquea de confrontación que eligieron los Kirchner les aportaría muchos beneficios políticos, perjudicaría mucho al resto del país al profundizar hasta tal punto las diferencias entre oficialistas y opositores que, a esta altura, no hay nada que se parezca a un diálogo sino sólo un intercambio constante de insultos. Por lo demás, en la actualidad los blancos principales de la hostilidad oficialista son aquellos medios periodísticos que se resisten a hacer suyo el “relato” de Cristina y sus partidarios más vehementes. Parecería que, como una dictadura militar, el gobierno está resuelto a controlar la información y castigar a quienes se animan a criticarlo. Tal actitud puede atribuirse a la conciencia de que no le será dado defenderse contra la avalancha de denuncias sobre el presunto enriquecimiento ilícito tanto de Néstor Kirchner como de personajes como el vicepresidente actual, Amado Boudou. La fase final de la década K se ha visto ensombrecida por una crisis económica que dista de haber culminado y por información, de apariencia verosímil, acerca de los métodos empleados por el gobierno para “construir poder” a base de “la caja” que utilizaría para presionar a gobernadores provinciales, intendentes y los legisladores que le responden, además de crear, mediante el “capitalismo de los amigos” y el dinero del Estado, un imperio periodístico próspero pero de influencia relativamente limitada. De no ser por la debilidad de una oposición fragmentada, el país ya estaría preparándose para enfrentar el inicio de un nuevo ciclo, pero felizmente para los kirchneristas los esfuerzos por reducir la cantidad de opciones opositoras aún no han brindado los frutos que esperan los muchos ciudadanos que se sienten preocupados por el futuro nacional y que entienden que al eventual sucesor de Cristina le aguardará una tarea sumamente difícil ya que, además de reencauzar una economía que se ha salido de madre, tendrá que reparar las instituciones fundamentales de la democracia y restaurar un clima de convivencia.


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