La elegancia de la inteligencia

Philippe Starck no tiene freno... por ello sigue subyugando.

Una vez usted dijo que su sueño es hacer del mundo… –…un lugar mejor. –¿Es la belleza lo que está buscando, entonces? –No porque tenemos que sustituir la belleza, que es un concepto cultural, por el de la bondad, que es un concepto humanista. –¿La belleza de la inteligencia es lo que usted pretende? –Sí. Busco siempre la elegancia de la inteligencia y la belleza de la felicidad. Lo caracteriza a él esa diarrea verbal que si a más de uno lo encuentra desprevenido puede impresionar como un pensador profundo. De todas maneras, Philippe Starck tiene lo suyo: es lúcido, veloz, culto, locuaz e indisimuladamente pagado de sí mismo. No tiene freno. Así lo demostró en la última mega Feria del Mueble de Milán donde subyugó una vez más con sus dichos y creaciones. Es el mago de Oz de estos tiempos, que rediseña y redecora las tiendas, las discos, los hoteles y los clubes más in del mundo; el inventor del “estilo emocional” y del exprimidor de limones con forma de hombre-araña; el que vive “como un monje”, que lee 12 libros a la vez y que la única evolución de sus diseños es “hacia una mayor honestidad”. No para un segundo porque, avisa, “el mundo se acaba: sólo le quedan 4.000 millones de años de vida y no podemos perder el tiempo”. –¿Dónde trabaja sus proyectos? –En cualquier lugar frente al mar. –¿Que le gustaría diseñar ahora? –Nada. Ya hay muy buenas sillas. Hay miles de lámparas buenas. Hay miles de cosas. –¿Habla de su trabajo con otros diseñadores? –Nunca. No estoy interesado en los diseñadores. –¿Qué define su estilo? –La libertad. –¿Cuáles de sus obras le ha dado mayor satisfacción? –La siguiente. Starck se define como una especie de poeta moderno. “Pero mi vida es complicada: cuando estoy en Bélgica soy productor de alimentos biológicos; cuando estoy en Holanda, arquitecto naval; cuando estoy en Inglaterra soy diseñador y propietario de páginas de Internet, arquitecto, director artístico y diseñador de cohetes; en Alemania hago diseño industrial; en Suiza soy diseñador de aviones; en Italia, ecologista y diseñador de muebles; cuando estoy en Francia soy director artístico de varias cosas, decorador y diseñador de lámparas, motocicletas o anteojos; en España soy arquitecto de museos y productor de aceite de oliva…”. Quizás por esta faceta de gran hacedor que no para nunca es que vale resaltar su receta para mantenerse en pie en momentos que el mundo anda rengo por la recesión que no se va nunca… “Existe algo que es vital y que yo llamo ‘la posesión de la diferencia’. Para cualquier empresa, saber ser diferente de los demás es vital… pero en tiempos de crisis eso se convierte en un bien extraordinario. Todo se trastoca en un sistema binario de vida o de muerte, en la medida en que los primeros que morirán económicamente serán aquellos que no tengan nada de particular que ofrecer y sólo basen su estrategia en la bajada de precios. En cambio, los que sepan ser diferentes –y, mucho mejor, únicos– estarán protegidos de todo contratiempo”. En tiempos difíciles como los que corren, apunta Starck, no hay que dejarse arrastrar nunca por el lamento, la queja y la melancolía. Jamás, agrega. “No podemos quedarnos quietos. Por desgracia recibí una educación demasiado buena como para permitirme el lujo de ser un oportunista, pero creo que cada crisis es como una guerra y ofrece nuevas oportunidades económicas, estéticas nuevas, nuevas necesidades… y nada de eso puede dejarse escapar. Todas las grandes innovaciones tecnológicas surgen, por desgracia, como consecuencia de las guerras. Las nuevas tecnologías, por fortuna, nos van a permitir acelerar el abandono del petróleo y, por qué no decirlo, de la sacralización divina del automóvil. Muchas cosas van a cambiar. Y las crisis son positivas para eso. Los retos y las dificultades conforman la verdadera belleza del hombre. Si no hay dificultades, nos ablandamos”. –¿Puede una situación como la actual llegar a servir de inspiración para la creación? –Claro que sí, está claro, es una oportunidad formidable. Devanarse los sesos para alcanzar, por ejemplo, nuevas formas de crear energía es algo extraordinario. Ahora estoy obsesionado con poder hacer funcionar barcos enteros con energía solar… ¡es formidable!, ¿no? Las ideas nuevas traen estéticas nuevas. –¿Es la realidad del día a día lo que más le inspira? –Sí, pero a condición de que pongamos esa realidad en relación con la gran imagen de la mutación, la mutación de nuestra especie, de toda una civilización. Ni un solo producto merece existir si no se inscribe en ese largo y lento trabajo de nuestra evolución. Hoy día hemos de trabajar, por ejemplo, en la invisibilidad que puede llevar a la desmaterialización, o en la posibilidad de crear productos que tengan cada vez más capacidad de inteligencia, pero menos volumen y menos peso, y en cosas así. ¿Cómo ser pesimistas con un campo así por delante? Starck piensa que el mayor factor de inmovilismo en nuestras sociedades es el desconocimiento de lo ocurrido en el pasado y la falta de memoria. “Pensemos en una historia de 8.000 millones de años que empezó hace 4.000 millones de años en forma de bacteria, de pez, de rana, de mono… y que ahora está justo en su mitad. Bueno, pues aquella bacteria no tenía ni idea de lo que íbamos a ser, ni nosotros tenemos idea de lo que seremos en el futuro, antes de que, dentro de 4.000 millones de años, la implosión del Sol provoque la explosión de este mundo. No somos más que mutantes. Y ahí radica nuestra belleza. Y ahí está la diferencia entre nosotros y una vaca: que nosotros somos la única especie animal que ha decidido, por fantasía, asumir el control de la dirección, de la velocidad y de la calidad de nuestra curva de mutación. Eso es extraordinario, pero implica tener claro que no somos lo definitivo, sino una mera transición. Hace cinco minutos usted y yo éramos otros…”. Acota para completar su idea: “La memoria es corta e increíblemente frágil, pero es que además no existe ninguna voluntad de investigar, de mirar más allá. Lo que más me aterroriza de la sociedad actual es el corto plazo, ver cómo la gente se desplaza dentro de su propio segmento olvidando por completo de dónde viene y sin tener ni la más remota idea de a dónde va”. Para él, “una sociedad que no tiene ninguna guía, ningún guión, ninguna utopía… va por mal encaminada. Vivimos en una era profundamente moderna pero nunca hemos sido menos utópicos. Nunca la humanidad ha tenido menos proyecto de sociedad que hoy. No hay nada por delante. Hasta hace poco hubo al menos la utopía del socialismo, la del comunismo, la del capitalismo y otras. Hoy no hay nada. El socialismo se ha formalizado del todo. El comunismo era una idea maravillosa pero cayó por culpa de la mala calidad del primer prototipo, lo que es extremadamente idiota: porque si yo tirase la toalla cada vez que me sale mal el primer prototipo de una creación estaría apañado, no haría nunca nada. Teníamos un proyecto de reparto universal de la riqueza, algo que era absolutamente esencial. Bueno, pues como salió mal el primer ensayo hubo quien dijo: ‘Es el proyecto el que falla’. No es así”. Insiste: “Tropezar para seguir andando. Yo hago cinco o seis prototipos de cada objeto. Habría sido del todo lógico que hubiésemos ensayado cinco o seis prototipos de comunismo. Y precisamente creo que una de las urgencias de ahora mismo es la puesta en marcha de un gran partido, o de un gran movimiento popular basado en la idea del reparto. Es estrictamente necesario repensar el reparto mundial, no sé bien cómo, no me dedico a esto, pero hay que hacerlo. Por supuesto, eso da miedo y hace temblar a casi todo el mundo, pero es porque nadie se ha tomado el tiempo de pensar a fondo en estas cuestiones. ¡No se trata de quitar a los ricos para dárselo a los pobres! Es otra cosa. No sé cuál, pero otra. Y desde luego, como no haya en un futuro cercano una organización mundial del reparto, vamos directamente hacia un conflicto civil a escala mundial”. Lo habíamos advertido. Sufre de diarrea verbal. ¿Pero no nos maravilla con lo que dice tanto como con lo que diseña? Nació en París en 1949. Su padre fue diseñador de aviones; por ello, su infancia la pasó entre tableros de dibujos. Estudió en la Escuela Nissim de Camondo en París. Creó su primera empresa en 1968 para producir objetos inflables. A principio de los 80 el presidente francés François Mitterrand le asignó una suite del Palacio del Elíseo en París para que la decorara. Fue un boom con lo que hizo. Desde entonces, no paró de diseñar objetos, locales comerciales, viviendas, hoteles y condominios. –¿Cuál es el mejor momento del día? –Cuando hacés el amor a la persona que amas. –¿Cómo te enterás las noticias? –Vivo como un monje: no leo noticias. Sólo leo libros –hasta 12 al mismo tiempo– y revistas científicas. –¿Puede describir una evolución en su trabajo desde sus primeros proyectos al último? –Que cada vez soy más honesto. –¿Hay algún arquitecto o diseñador del pasado o actual que usted aprecie mucho? –No estoy interesado en arquitectos o diseñadores. –¿Algún consejo para los jóvenes? –Hacer un trabajo útil, siempre. –¿A qué le tiene miedo? –A la pérdida de la civilización. Fuentes: El País y designboom

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“Lo que más me aterroriza es que la gente sólo piense en el corto plazo”.


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