La enseñanza y el aprendizaje, ¿tienen edad?

El aprendizaje durante la niñez y la adolescencia no es igual que el del adulto. Es un concepto que la ciencia sostiene desde hace años y que la tecnología actual intenta corroborar. En estudios realizados utilizando alta tecnología se ha visto que el cerebro del niño no responde de la misma manera que el del adulto cuando se encuentran aprendiendo algo. Otros han demostrado que las interconexiones que ocurren entre las diferentes regiones del cerebro juegan un rol primordial en lo que se refiere al aprendizaje y la memoria. Parece ser cierto también que el cerebro del adulto, sometido a múltiples estímulos dañinos como el tabaco, la hipertensión arterial o enfermedades metabólicas, entre otras cosas, se ve dañado, daño que muchas veces se puede objetivar y otras veces sospechar por alteraciones en la memoria, en la atención, en la resolución de problemas, etcétera. La ciencia ha comparado funcionalmente cerebros entrenados en distintos temas con aquellos que no han tenido esa oportunidad. Son interesantes las conclusiones a las que han llegado los investigadores en neurocognición, que informan de las diferencias funcionales entre los cerebros de músicos y de no músicos y más aún entre los de músicos que han estudiado desde la niñez y los de aquellos que han aprendido en edad adulta. Es decir que la ciencia actual nos va informando que el cerebro se puede modificar tanto estructural como funcionalmente. Trasladando estos conceptos a la educación, enseñar a niños y adolescentes parecería ser que no es lo mismo que enseñar a adultos. Desaprovechar la edad escolar tal vez genere un daño importante. La ciencia considera que los estudiantes llegan a clase con esquemas mentales, o conceptos, desarrollados espontáneamente a través del contacto con los fenómenos de la vida diaria. Estos esquemas son cualitativamente muy distintos de los que desarrollan los expertos: se los considera intuitivos, ingenuos, erróneos, universales entre los sujetos y resistentes a la instrucción. El niño y el adolescente que no reciban instrucción estructurada generarán conexiones en sus cerebros tal vez erróneas, muy difíciles de erradicar y que bloquearán la incorporación de nuevos conceptos. En docencia se conoce esta hipótesis y muchos docentes sufren al intentar cambiar un concepto por otro. La ciencia intenta decirnos todo esto. ¿Se podrá extrapolar esta hipótesis a la vida del ciudadano común? Seguramente sí, por eso es importante la educación en la edad que corresponde. Cerebros entrenados en pensar y con conexiones interneuronales desarrolladas son cerebros distintos. Privar a los niños y adolescentes de esta oportunidad es limitarlos en la vida adulta, significa excluirlos y ponerlos en desventaja. El conocer estos conceptos tal vez ayude a recapacitar a toda la ciudadanía y entender que la educación es de suma importancia y que no se debe posponer bajo ningún concepto. (*) Magíster médico. Magíster en Enseñanzas de las Ciencias. UNC

CARLOS R. NAVARRO (*)


El aprendizaje durante la niñez y la adolescencia no es igual que el del adulto. Es un concepto que la ciencia sostiene desde hace años y que la tecnología actual intenta corroborar. En estudios realizados utilizando alta tecnología se ha visto que el cerebro del niño no responde de la misma manera que el del adulto cuando se encuentran aprendiendo algo. Otros han demostrado que las interconexiones que ocurren entre las diferentes regiones del cerebro juegan un rol primordial en lo que se refiere al aprendizaje y la memoria. Parece ser cierto también que el cerebro del adulto, sometido a múltiples estímulos dañinos como el tabaco, la hipertensión arterial o enfermedades metabólicas, entre otras cosas, se ve dañado, daño que muchas veces se puede objetivar y otras veces sospechar por alteraciones en la memoria, en la atención, en la resolución de problemas, etcétera. La ciencia ha comparado funcionalmente cerebros entrenados en distintos temas con aquellos que no han tenido esa oportunidad. Son interesantes las conclusiones a las que han llegado los investigadores en neurocognición, que informan de las diferencias funcionales entre los cerebros de músicos y de no músicos y más aún entre los de músicos que han estudiado desde la niñez y los de aquellos que han aprendido en edad adulta. Es decir que la ciencia actual nos va informando que el cerebro se puede modificar tanto estructural como funcionalmente. Trasladando estos conceptos a la educación, enseñar a niños y adolescentes parecería ser que no es lo mismo que enseñar a adultos. Desaprovechar la edad escolar tal vez genere un daño importante. La ciencia considera que los estudiantes llegan a clase con esquemas mentales, o conceptos, desarrollados espontáneamente a través del contacto con los fenómenos de la vida diaria. Estos esquemas son cualitativamente muy distintos de los que desarrollan los expertos: se los considera intuitivos, ingenuos, erróneos, universales entre los sujetos y resistentes a la instrucción. El niño y el adolescente que no reciban instrucción estructurada generarán conexiones en sus cerebros tal vez erróneas, muy difíciles de erradicar y que bloquearán la incorporación de nuevos conceptos. En docencia se conoce esta hipótesis y muchos docentes sufren al intentar cambiar un concepto por otro. La ciencia intenta decirnos todo esto. ¿Se podrá extrapolar esta hipótesis a la vida del ciudadano común? Seguramente sí, por eso es importante la educación en la edad que corresponde. Cerebros entrenados en pensar y con conexiones interneuronales desarrolladas son cerebros distintos. Privar a los niños y adolescentes de esta oportunidad es limitarlos en la vida adulta, significa excluirlos y ponerlos en desventaja. El conocer estos conceptos tal vez ayude a recapacitar a toda la ciudadanía y entender que la educación es de suma importancia y que no se debe posponer bajo ningún concepto. (*) Magíster médico. Magíster en Enseñanzas de las Ciencias. UNC

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