La gran muralla china
Los mercados funcionan como supercomputadoras que procesan una cantidad asombrosa de información, pero a menudo resultan incapaces de distinguir lo anecdótico de lo realmente importante. Aunque reaccionaron con preocupación al enterarse de que hacia fines del año pasado se habían reducido abruptamente las exportaciones de China, algo que podría deberse a problemas coyunturales, no los conmovió el que haya buenos motivos para creer que la población del país que aspira a desplazar a Estados Unidos como la superpotencia reinante haya comenzado a achicarse.
De estar en lo cierto el investigador Yi Fuxian de la Universidad de Wisconsin y otros demógrafos chinos –y es más que probable que sí lo estén–, el régimen nominalmente comunista no podrá continuar ocultando una realidad que amenaza con hacer trizas de sus ambiciosos proyectos geopolíticos. Tal y como están las cosas, China está precipitándose hacia una pared demográfica, una gran muralla que no le será posible derribar.
En la lucha por superar a los norteamericanos, los chinos cuentan con muchas ventajas. La principal es que están dispuestos a trabajar más y estudiar con más ahínco, concentrándose en las ciencias duras, que sus rivales. Asimismo, por ser tantos, sólo han tenido que alcanzar la cuarta parte de la productividad per cápita de los norteamericanos para disponer de una economía que, conforme a mediciones que toman en cuenta el poder adquisitivo de quienes dependen de ella, ya es mayor que la estadounidense. Con todo, a menos que los chinos consigan revertir la espiral demográfica negativa en que su sociedad se ve atrapada, el futuro que les aguardará podría ser trágico.
Según se informa, en las zonas más desarrolladas del nordeste de China, con aproximadamente 110 millones de habitantes, entre el 2000 y 2015 la tasa de natalidad se desplomó desde 0,9 hasta 0,56, de suerte que la próxima generación constituirá una mera fracción de la actual. Para colmo, de resultas de la política de hijo único, que fue formalmente abandonada un par de años atrás, hay un superávit de varones –119 por cada 100 mujeres– que nunca podrán casarse. Es de prever que el régimen intensifique el fervor nacionalista, que ya es notable, para aplacar la frustración que sentirán millones de jóvenes que esperaban más de la vida, como han hecho otras dictaduras en tiempos de grave crisis social.
Las autoridades chinas apostaron a que el fin de la política de hijo único se vería seguido por un boom demográfico, pero sucede que luego de cuarenta años de abortos obligatorios o infanticidio para la mayoría ya es normal conformarse con a lo sumo un niño, por preferencia un varón. Como han descubierto aquellos gobiernos europeos que desde hace años están procurando convencer a las parejas casadas de que les convendría tener por lo menos dos hijos, ni las exhortaciones ni los eventuales beneficios económicos han servido para mucho.
China, pues, está envejeciendo a un ritmo aún mayor que el de muchos países occidentales. Puede que haya exagerado Yi que, con la colaboración de otro especialista, Su Jian, acaba de publicar un artículo sobre el tema en un matutino de Hong Kong en que dicen que “una gran nación, representante de casi un tercio de la población mundial en el pasado, está degenerando poco a poco en un grupo de ancianos gracias a unas políticas demográficas erróneas”, pero no cabe duda de que a China le costará mucho atenuar las dificultades de todo tipo ocasionadas por un régimen totalitario que, al tratar de solucionar un problema demográfico urgente, creó otros que andando el tiempo serían todavía mayores.
En los países europeos y el Japón, el envejecimiento de la población empezó a hacerse sentir cuando ya eran relativamente ricos y por lo tanto poseían recursos suficientes como para moderar por un rato el impacto de un fenómeno que nadie había previsto.
En cambio, China y otros países que se encuentran en una situación parecida como Irán son pobres. ¿Qué harán sus gobiernos cuando, dentro de poco, no estén en condiciones de repartir subsidios, por exiguos que sean, entre los muchos que no podrán aportar nada a la economía y carezcan de descendientes capaces de ayudarlos en la manera tradicional?
Nadie sabe la respuesta a este interrogante clave, pero no sorprendería que se entregaran al aventurismo diplomático y militar, con el propósito de convencer a sus compatriotas de que todas sus penurias se deben a las maquinaciones de potencias extranjeras envidiosas, una estratagema que, con un personaje tan caprichosamente agresivo como Donald Trump en la Casa Blanca, podría resultarles irresistible.
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