La guerra continúa

Por Redacción

Sólo han transcurrido poco más de seis meses desde que los ataques que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York y una parte del Pentágono obligaron al gobierno de Estados Unidos a tomar en serio amenazas que hasta aquel momento habían parecido más propias de Hollywood que de la política internacional, pero la «guerra contra el terrorismo» ya ha dado pie a la intervención militar norteamericana no meramente en Afganistán sino también en Filipinas, Georgia y Yemen y a una mayor colaboración con las fuerzas armadas colombianas. Asimismo, no es ningún secreto que el presidente George W. Bush se ha propuesto derrocar al dictador iraquí Saddam Hussein a pesar de las dudas de sus aliados europeos y la oposición de los países árabes. En todos estos casos la lógica de la actitud norteamericana es clara: no se puede permitir que grupos terroristas o regímenes que les son afines posean la capacidad para causar la muerte de miles, acaso millones, de occidentales. Sin embargo, por motivos que están relacionados con la resistencia de europeos, latinoamericanos y otros a creer que los peligros puedan ser tan horrorosos como harían suponer los datos disponibles, en el resto del mundo la mayoría prefiere minimizar los riesgos, atribuyéndolos a la imaginación belicosa de Bush, asumiendo de este modo una postura no muy distinta de aquella de Estados Unidos antes del 11 de setiembre del año pasado. Si bien en los días que siguieron a los ataques casi todos los occidentales manifestaron su solidaridad con los norteamericanos, últimamente la preocupación por el poder omnímodo del «imperio» se ha intensificado.

Por si el panorama ya no fuera lo bastante sombrío, la toma de conciencia de la magnitud de la amenaza supuesta por la existencia de decenas de miles de fanáticos antioccidentales bien entrenados y bien equipados coincidió con la intensificación del conflicto entre los israelíes y los palestinos. Aunque esta lucha no parece haber conmovido demasiado a Osama ben Laden, un líder obsesionado por el gran enfrentamiento entre el Occidente y el mundo musulmán, en todos los países árabes se la considera fundamental, de suerte que el riesgo de que estalle una «guerra entre civilizaciones» que al parecer fue conjurado por el rápido triunfo estadounidense en Afganistán se ha hecho mayor que nunca. Huelga decir que, de confirmarse los pronósticos más pesimistas, los combatientes no respetarían ninguna frontera nacional.

La «guerra contra el terrorismo» se ha visto convertida en el tema principal de nuestro tiempo y ha incidido en las decisiones de todos los gobiernos del planeta, entre ellos los argentinos, fuera el encabezado por el ex presidente Fernando de la Rúa o el actual del presidente Eduardo Duhalde. Aunque es claramente de nuestro interés que el terrorismo internacional, sobre todo el «islámico», sea reprimido -ya lo hemos sufrido en carne propia en dos ocasiones- y que tenemos que estar preparados para hacerle frente, la crisis económica que nos ha privado de la posibilidad de aportar a la pacificación de Afganistán también ha agravado las dificultades planteadas por la confusión habitualmente imperante en la zona de la Triple Frontera. Además, sorprendería que el clima de caos que se ha difundido no resultara ser un caldo de cultivo para ideologías hostiles a Estados Unidos que, como ha sucedido en otras oportunidades, propenderían a hacer causa común con diversas manifestaciones del nacionalismo árabe. A raíz de tales riesgos, la Argentina, lo mismo que tantos otros países, puede vincular la ayuda financiera que necesita con las exigencias de «la guerra», aunque a diferencia de lo que ocurre en los demás países, aquí los problemas locales no se deben todavía a la presencia de poderosos movimientos antinorteamericanos, sino a la falta de recursos que limita el accionar de las fuerzas de seguridad. Con todo, el que la Argentina no sólo no esté en condiciones de cumplir un papel activo en la campaña contra el terrorismo internacional, sino que también podría alejarse de la «coalición», no ha servido para convencer al gobierno de Bush de que le convendría esforzarse más por encontrar una «solución» para el desastre económico que se ha producido. Pronto sabremos si dicha omisión resultará ser tan costosa como hace prever la historia reciente del país.