La guerra más larga de la Historia

De Mendoza a Sayhueque. Es posible que la Historia no registre una guerra tan prolongada en el tiempo (1536-1885) y extendida en vasto escenario como la producida en la llanura pampeana y la estepa patagónica. La dimensión temporal del conflicto y su costo humano hicieron exclamar a Manuel Gálvez: “Es la mayor epopeya de nuestra historia”.

OPINIÓN

El remoto antecedente del prolongado enfrentamiento se ubica en la Batalla de Pavía (1525), donde las tropas de Carlos V vencieron a las de Francisco I. En esa batalla el rey de Francia fue hecho prisionero y enviado a Madrid. El emperador español le impuso al monarca galo duras condiciones para ser liberado, requisitos que Francisco I aceptó pero incumplió al recuperar su libertad. Y forjó una alianza antiespañola con el papa Clemente VII. Carlos V enfureció al conocer este acuerdo y ordenó (1527) a sus tropas atacar y saquear Roma. Se produjo, entonces, una extrema paradoja de la Historia. Un adalid de la cristiandad: un católico devoto, de misa diaria y “en ocasiones dos veces”, señala Hugh Thomas, atacó el Vaticano. Agresión que, de no ser por la heroica defensa de la Guardia Suiza, hubiera significado la muerte del papa Clemente VII. Los tercios españoles y los lansquenetes alemanes, a las órdenes de Pedro de Mendoza, cumplieron con celeridad y gusto la orden imperial. La paga a esa tropa “sufría escandalosos retrasos”, señala el referido hispanista inglés, y el botín a obtener en la rica Ciudad Eterna compensaría con creces esas carencias. El saqueo de Roma proveyó a Pedro de Mendoza de la riqueza con que solventó su expedición al Río de Plata. El primer fundador de Buenos Aires creó la mayor flota que el Imperio español envió a América desde el Descubrimiento. El ansia de poder y riquezas y la búsqueda de un remedio para su sífilis lanzaron a Mendoza a la aventura americana. Se pensaba que la sífilis se originaba en América, por eso Mendoza creyó que en estas tierras encontraría cura para su mal. Si la expedición del saqueador de Roma fue la más grande, también fue una de las más desgraciadas por las fuertes tormentas que afrontó. Raleados y maltrechos, los navíos españoles llegaron a la costa occidental del Río de la Plata en febrero de 1536 y fundaron la primera y frustrada ciudad de Buenos Aires. La llegada de Mendoza a nuestras costas no fue una invasión, como con ligereza algunos la estigmatizan. A diferencia de lo acometido por Pizarro contra la estructura del Imperio incaico o el asalto de Cortés al Imperio azteca, los españoles se establecieron sobre una llanura hirsuta, recorrida por tribus nómades, que a nadie pertenecía. Lo actuado por los ibéricos es comparable con el asentamiento que los galeses hicieron en el sur de la Patagonia y el nomadismo de los indígenas, similar al de las tribus beduinas en el desierto de Arabia. Esto lo observó el coronel T. E. Lawrence cuando comandaba a los árabes en lucha contra los turcos: “Los hombres han considerado al desierto como una tierra árida, que pertenece al primero que la ocupa”. Se inició así una pelea por el espacio y ese ámbito sería del que pudo quedarse con él. Y así comenzó un áspero y prolongado enfrentamiento abarcador de todos los aspectos de la vida humana. Se opusieron dos modos de vida, la de los asentados y la de los nómades. Y éste sería el signo de una contradicción que atravesó tres largos períodos: el colonial, el criollo de la Independencia y las guerras civiles y el del Estado argentino. Al principio fueron aldeas fundadas con formalidades de la España imperial y luego la República aplicó el sistema romano: el fortín militar y en derredor los habitantes. El caballo acrecentó, en el duro trasiego de esta guerra sin tiempo, la movilidad del nómade pedestre y potenció su capacidad militar. Esta supremacía táctica enseñoreó al indígena en la llanura durante más de tres siglos. El equino, que tanto poder dio al indio -otra paradoja de la historia, ¡y no menor!-, fue traído por los españoles. El ganado bovino y equino y la sal que extraían fueron el principal objetivo económico del malón araucano (mapuche) que tenía a Chile como cautivo mercado comprador. La expresión estética de esa riqueza saqueada a nuestra tierra fue la platería mapuche (araucana). Un prolongado conflicto suele unir ambos extremos y dos personajes, Martín Fierro y el coronel Manuel Baigorria, son ejemplos acordes con este pensamiento de Pascal: “No se muestra uno grande por hallarse a un extremo, sino por tocar los dos a la vez”. El personaje de Hernández huye a los toldos indígenas desde los bordes de una “civilización” que lo expulsa. Y el oficial unitario del general Paz se refugia con los ranqueles ante el resultado adverso de su causa. Pero cuando Fierro presencia las crueldades que el araucano (mapuche) comete con el hijo de la cautiva, mata al indio y huye con ella. Y al llegar a sus pagos exclama: “Besé esta tierra bendita / que ya no pisa el salvaje” y elige: “infierno por infierno / prefiero el de la frontera”. Baigorria, verdadero hombre de dos mundos, también eligió y volvió de la tribu con fama de toqui, comandante militar indígena. Roca lo destinó a la Comandancia de Fronteras. El viejo coronel mestizo sabía mucho de la guerra aborigen, había estado al frente de devastadores malones que se habían abatido sobre pueblos federales, sus antiguos enemigos. En la lejana Comandancia el futuro conquistador del desierto y el jefe ranquelino conversaron sobre cómo hacía la guerra el indígena; Roca quería conocer al detalle las tácticas de combate araucano. Baigorria murió (1875) sin saber que aquellas pláticas terminaron con un mito de esa guerra, el Remington, y ayudaron a dar fin al prolongado conflicto. La nueva arma aumentó el poder de fuego, pero las batallas se definían en el entrevero y al llegar al cuerpo a cuerpo el soldado sacaba el sable y arrojaba el fusil al suelo. El nuevo armamento compensó la superioridad numérica indígena, pero fue la nueva táctica creada por Roca la que dio vuelta la guerra a favor del Estado argentino. El general tucumano percibió en el desierto pampeano patagónico lo mismo que Lawrence advirtió en el páramo medio oriental: “Nuestros triunfos eran la velocidad y el tiempo”, “pues en Arabia la distancia era superior a la fuerza y el espacio superior al poder de los ejércitos”. Con lo aprendido, Roca diseñó la nueva táctica: suprimió la artillería, aumentó la caballada, suprimió la coraza de cuero e impartió una orden que sus oficiales nunca oyeron: “Alivien a los soldados de sus enseres para que fuesen tan ligeros como un indio”. Era el “malón blanco” que con “la velocidad” reducía “el tiempo” en relación con “la distancia” y achicaba “el espacio” de la vasta llanura. Táctica que Roca completó ordenándole a Villegas: “No deje aburrirse en los cuarteles a los oficiales y soldados de su división y desprenda siempre partidas ligeras que vayan hasta los mismos toldos, aunque sean de 20 a 30 hombres”. La presión disuasiva de la nueva táctica redujo los combates y aceleró el fin del conflicto. Pero fue otra paradoja la que cerró esta guerra secular. Valentín Sayhueque, señor del País de las Manzanas, apreciado por Muster y el Perito Moreno, se declaró argentino e izó por primera vez el pabellón nacional en el corazón del Manzanagueyú en 1874. Roca lo nombró gobernador del País de las Manzanas. El cacique rechazó propuestas expansionistas chilenas y la pretensión de Calfucurá de tenerlo de aliado en sus devastadores malones. Villegas envió dos cartas a Sayhueque exigiéndole el cumplimiento de cláusulas del Tratado de Paz que el líder manzanero había firmado con el gobierno nacional en 1863. Las misivas no tuvieron respuesta y Villegas se lanzó en persecución de Sayhueque. Una larga presión de cuatro años terminó por cansar al cacique del Manzanagueyú, quien se entregó rendido en Junín de los Andes en enero de 1885. Concluye así “la mayor epopeya de nuestra Historia”, que fue grande también porque involucró a dos mundos. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina

HÉCTOR LANDOLFI (*)


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