La historia se repite
No se equivocaba la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando, poco antes de verse obligada a una cirugía y a un prolongado reposo, dijo que en el exterior hay personajes que quieren castigar a un país que “se atrevió a una receta diferente”. Por inadmisible que le parezca, a los juristas, empresarios y dirigentes políticos de otras latitudes no les gustan las estadísticas fraudulentas, la corrupción o la propensión a cambiar las reglas por razones a menudo misteriosas. Tampoco confían en el futuro de un “modelo” inflacionario que está descapitalizándose con rapidez. No se trata de prejuicios ideológicos sino de realismo. A pocos les molestaría la “heterodoxia” de los kirchneristas si hubiera motivos para suponer que, merced a las ventajas naturales de las que dispone la Argentina, una “receta diferente” podría funcionar muy bien aquí, pero sucede que no hay ninguno. Según la presidenta, entre los resueltos a castigarla por su atrevimiento está el Poder Judicial de Estados Unidos que “intenta dejar en default a nosotros”. Fue su forma de contestar la advertencia del juez neoyorquino Thomas Griesa de que no le convendría tratar de frustrar a los llamados fondos buitre cambiando el lugar de pago de los bonos. Con el propósito de presionar a Griesa y, si finalmente acepta intervenir en el asunto, a los miembros de la Corte Suprema de Estados Unidos, el gobierno kirchnerista está esforzándose por convencerlos de que un eventual fallo adverso tendría repercusiones muy negativas para la economía mundial al hacer aún más complicada la “reestructuración”, o sea, el default consentido, de países con graves dificultades, comenzando con Grecia. Sin embargo, parecería que los juristas norteamericanos han llegado a la conclusión de que los problemas planteados por el default argentino son sui géneris, de suerte que los fallos producidos por la Justicia del Estado de Nueva York no incidirían en el caso de Grecia u otros países de la Eurozona. La verdad es que virtualmente nadie quiere que la Argentina recaiga en default pero, a juicio de muchos, permitir que el gobierno kirchnerista siga mofándose de las reglas, so pretexto de que el “modelo” local es tan virtuoso que motiva envidia en el resto del planeta, sería todavía peor. Creen que de salirse los kirchneristas con la suya, otros se sentirían tentados a imitarlos, rehusándose a prestar atención a los fallos de instituciones como el Ciadi del Banco Mundial y difundiendo estadísticas engañosas que supuestamente sirven para ocultar la realidad, con el resultado de que el panorama económico mundial se haría aún más anárquico de lo que ya es. Para el Poder Judicial norteamericano, se trata de elegir entre los hipotéticos beneficios a corto plazo de pasar por alto las infracciones repetidas que se perpetran en nombre del “modelo” kirchnerista y las presuntas consecuencias a mediano plazo que con toda probabilidad tendría una decisión de resignarse a que un país cuyo gobierno se enorgullece de su vocación transgresora se burle de las normas que en teoría rigen en la comunidad internacional. Por un rato, el gobierno del presidente Barack Obama y el FMI brindaban la impresión de estar a favor de que la Justicia norteamericana convalidara la postura asumida por los kirchneristas, pero hay indicios de que últimamente han cambiado de opinión. Una vez más, pues, quienes llevan la voz cantante en Washington parecen haberse persuadido de que, dadas las circunstancias, será menos peligroso dejar caer a la Argentina de lo que sería rescatarla. En el 2001, integrantes del gobierno del republicano George W. Bush se negaron a enviarnos ayuda porque, aseveraron, les preocupaba el “riesgo moral”. En la actualidad, por las mismas razones, son los demócratas, de inclinaciones izquierdistas, los reacios a ayudar. Por fortuna, la situación en que nos encontramos aún dista de ser tan desalentadora como en vísperas del hundimiento de la convertibilidad y el default mayúsculo que sería festejado por casi todos los legisladores, pero aun cuando en esta oportunidad un default resultara ser meramente “técnico” y el impacto fuera escaso, el que, a pesar de haber disfrutado el país de una “década ganada” con tasas de crecimiento “chinas”, no haya logrado reincorporarse al sistema financiero mundial, nos dice todo cuanto necesitamos saber acerca de los méritos del modelo reivindicado por el gobierno..
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 11 de octubre de 2013
No se equivocaba la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando, poco antes de verse obligada a una cirugía y a un prolongado reposo, dijo que en el exterior hay personajes que quieren castigar a un país que “se atrevió a una receta diferente”. Por inadmisible que le parezca, a los juristas, empresarios y dirigentes políticos de otras latitudes no les gustan las estadísticas fraudulentas, la corrupción o la propensión a cambiar las reglas por razones a menudo misteriosas. Tampoco confían en el futuro de un “modelo” inflacionario que está descapitalizándose con rapidez. No se trata de prejuicios ideológicos sino de realismo. A pocos les molestaría la “heterodoxia” de los kirchneristas si hubiera motivos para suponer que, merced a las ventajas naturales de las que dispone la Argentina, una “receta diferente” podría funcionar muy bien aquí, pero sucede que no hay ninguno. Según la presidenta, entre los resueltos a castigarla por su atrevimiento está el Poder Judicial de Estados Unidos que “intenta dejar en default a nosotros”. Fue su forma de contestar la advertencia del juez neoyorquino Thomas Griesa de que no le convendría tratar de frustrar a los llamados fondos buitre cambiando el lugar de pago de los bonos. Con el propósito de presionar a Griesa y, si finalmente acepta intervenir en el asunto, a los miembros de la Corte Suprema de Estados Unidos, el gobierno kirchnerista está esforzándose por convencerlos de que un eventual fallo adverso tendría repercusiones muy negativas para la economía mundial al hacer aún más complicada la “reestructuración”, o sea, el default consentido, de países con graves dificultades, comenzando con Grecia. Sin embargo, parecería que los juristas norteamericanos han llegado a la conclusión de que los problemas planteados por el default argentino son sui géneris, de suerte que los fallos producidos por la Justicia del Estado de Nueva York no incidirían en el caso de Grecia u otros países de la Eurozona. La verdad es que virtualmente nadie quiere que la Argentina recaiga en default pero, a juicio de muchos, permitir que el gobierno kirchnerista siga mofándose de las reglas, so pretexto de que el “modelo” local es tan virtuoso que motiva envidia en el resto del planeta, sería todavía peor. Creen que de salirse los kirchneristas con la suya, otros se sentirían tentados a imitarlos, rehusándose a prestar atención a los fallos de instituciones como el Ciadi del Banco Mundial y difundiendo estadísticas engañosas que supuestamente sirven para ocultar la realidad, con el resultado de que el panorama económico mundial se haría aún más anárquico de lo que ya es. Para el Poder Judicial norteamericano, se trata de elegir entre los hipotéticos beneficios a corto plazo de pasar por alto las infracciones repetidas que se perpetran en nombre del “modelo” kirchnerista y las presuntas consecuencias a mediano plazo que con toda probabilidad tendría una decisión de resignarse a que un país cuyo gobierno se enorgullece de su vocación transgresora se burle de las normas que en teoría rigen en la comunidad internacional. Por un rato, el gobierno del presidente Barack Obama y el FMI brindaban la impresión de estar a favor de que la Justicia norteamericana convalidara la postura asumida por los kirchneristas, pero hay indicios de que últimamente han cambiado de opinión. Una vez más, pues, quienes llevan la voz cantante en Washington parecen haberse persuadido de que, dadas las circunstancias, será menos peligroso dejar caer a la Argentina de lo que sería rescatarla. En el 2001, integrantes del gobierno del republicano George W. Bush se negaron a enviarnos ayuda porque, aseveraron, les preocupaba el “riesgo moral”. En la actualidad, por las mismas razones, son los demócratas, de inclinaciones izquierdistas, los reacios a ayudar. Por fortuna, la situación en que nos encontramos aún dista de ser tan desalentadora como en vísperas del hundimiento de la convertibilidad y el default mayúsculo que sería festejado por casi todos los legisladores, pero aun cuando en esta oportunidad un default resultara ser meramente “técnico” y el impacto fuera escaso, el que, a pesar de haber disfrutado el país de una “década ganada” con tasas de crecimiento “chinas”, no haya logrado reincorporarse al sistema financiero mundial, nos dice todo cuanto necesitamos saber acerca de los méritos del modelo reivindicado por el gobierno..
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