La hora de Duhalde
Aunque a Duhalde le corresponderá restaurar el orden con medios defectuosos, cometería un error si favoreciera a un sector político en desmedro de otros.
Es posible que el ex gobernador bonaerense y ex candidato peronista a la presidencia de la República Eduardo Duhalde realmente resulte ser la persona indicada para liderar a la Argentina en lo que muchos consideran la peor crisis de su historia. Por cierto, es de esperar que lo sea porque de lo contrario los años venideros serán trágicos. Sin embargo, hasta que haya algunos motivos concretos para creer que por fin la Casa Rosada esté ocupada por un estadista auténtico, su nombramiento seguirá ocasionando dudas de toda clase. Aunque sus rivales peronistas, como el mandatario cordobés Juan Manuel de la Sota, dicen estar dispuestos a respaldarlo, sorprendería que ellos optaran por suspender la interna durante el tiempo suficiente como para permitirle gobernar con la eficacia necesaria y que los duhaldistas desistieran de aprovechar las oportunidades creadas para aumentar su propio poder a costa de sus adversarios. Asimismo, nadie olvidará que a fin de mostrar que Duhalde disfruta de la aprobación popular, militantes de su línea interna fueron trasladados en camiones y micros a las cercanías del Congreso donde, además de celebrar una batalla callejera feroz con grupos izquierdistas, incidieron en el ánimo de legisladores conscientes de que horas antes el pronto a ser presidente había advertido sobre el peligro de una «guerra civil».
Este detalle, combinado con la sospecha muy difundida de que los saqueos que siguieron a los cacerolazos que desataron la caída de Domingo Cavallo, Fernando de la Rúa y, después, Adolfo Rodríguez Saá, fueron obra de peronistas bonaerenses, será mencionado repetidamente en adelante no sólo por los propensos a privilegiar las teorías conspirativas, mientras que muchos economistas creen que el colapso económico que ha sufrido el país no se hubiera producido de no haber sido por el abultado gasto político de Duhalde en su período como gobernador de la provincia de Buenos Aires. La política económica de su gobierno no podrá basarse en los mismos principios porque como presidente no contará con ninguna fuente de ingresos comparable con la conformada en aquel entonces por «la Nación». Por el contrario, mal que le pese, tendrá que manejarse con muy poco, lo cual planteará muchos problemas a un hombre de instintos populistas: de su forma de solucionarlos dependerá el futuro no sólo de su gestión, sino también del país, porque la Argentina no está en condiciones de perder mucho tiempo más.
Duhalde tiene fama de ser una persona «autoritaria» y, por desgracia, durante algunos días por lo menos será forzoso que el gobierno que encabece se muestre preparado para tomar medidas destinadas a convencer a los violentos de que no les será permitido seguir mofándose de la ley so pretexto de ser «luchadores sociales». Tal como están las cosas, ningún presidente podría darse el lujo de hacer pensar que en cualquier conflicto entre la policía o la gendarmería y una turba enfurecida se pondría al lado del «pueblo». Sin embargo, aunque a Duhalde le corresponderá restaurar el orden con los medios defectuosos que están a su alcance, cometería un error gravísimo si brindara la impresión de favorecer a los identificados con un movimiento político particular en desmedro de otros, o si dejara que las fuerzas de seguridad prestaran más atención a las presuntas preferencias ideológicas de un sospechoso que a lo que efectivamente hiciera.
Otro desafío que le será necesario enfrentar tiene que ver con la corrupción. Si se le ocurre rodearse de individuos como Alberto Pierri y otros dirigentes del peronismo bonaerense, correrá el riesgo de que pronto empiecen a celebrarse más cacerolazos espontáneos protagonizados por la clase media porteña, sector que, para colmo, nunca ha disimulado lo escasa que es su admiración por su estilo político. Aunque es innegable que Duhalde ya posee una base política que es mucho más amplia que aquélla de Rodríguez Saá e incluso de la conservada por De la Rúa en la parte final de su gestión, no le será nada fácil probar que, a diferencia de virtualmente todos sus antecesores en el cargo, es capaz no sólo de alcanzar la presidencia, sino también de ponerla al servicio del país en su conjunto.