La Iglesia católica y el aborto en la Argentina

Daniel Baum

* Diputado nacional 1992 1995 (PJ). Senador nacional 1995 2001(PJ). Fue Subsecretario de Relaciones Institucionales del Ministerio de Relaciones Exteriores. Exdiputado provincial por Unión Popular.

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¿No se estará consintiendo en nuestro país el acompañamiento a regímenes populistas que vienen avanzando en nuevas formas de un renovado oscurantismo?


La aprobación de la ley del Aborto en nuestro país estuvo acompañada por una tibia y vergonzante actuación de la Iglesia católica argentina, su accionar en la defensa de las dos vidas pasó prácticamente desapercibido.

Esta mirada sobre la pobre participación de la Iglesia católica en los distintos movimientos que fueron desarrollándose en la defensa de las dos vidas hace que deba señalarse su responsabilidad sobre lo que acaba de aprobarse. Para ser justos, solo puede destacarse, como excepción, la actuación de los curas villeros que sí militaron y pusieron su grito en el cielo contra la ley del Aborto.

¿Será que la cúpula de la Iglesia católica interpretó que el presidente Alberto Fernández contaba con el apoyo del papa Francisco?

En oportunidad de producirse aquella publicitada visita al Vaticano, era sabido el compromiso de campaña del actual presidente sobre avanzar nuevamente con la ley del Aborto. Sin embargo, no puede confundirse un apoyo al proyecto de semejantes consecuencias con aquella visita por más amistosa que fuera y pensar entonces que aquellos abrazos fraternos podían implicar una bendición tácita para avanzar con el aborto legal en la Argentina. Sea lo que sea, lo cierto es que el Gobierno cita a cada rato al papa Francisco para fortalecer su discurso en muchos temas de la vida nacional y es en ese marco que el presidente Fernández hoy se ufana, sin ponerse colorado, de tener su ley del Aborto y exhibirla como el logro más importante en lo que va de su gestión.

Pero independientemente del derecho en democracia a pensar en un sentido o en otro, lo que duele especialmente fue la decisión del gobierno nacional de elegir la finalización del 2020 para avanzar nuevamente con la ley del Aborto. Preguntémonos con la mano en el corazón: ¿era en plena pandemia, sabiendo con total certeza que se producirían movilizaciones masivas, el momento más conveniente para impulsar esta ley?

Es difícil criticar a una institución religiosa, pero en este caso hay que hacerlo, la Iglesia católica no hizo todo lo que podía haber hecho para frenar la aprobación de la ley.

En este sentido, solo como posibilidad, ¿no hubiera sido oportuna una visita del papa Francisco a su país natal en estas circunstancias? Nadie puede dudar de que si ello hubiera ocurrido su sola presencia habría enterrado por muchos años la posibilidad de legalizar el Aborto en nuestro país.

Pero más allá de algunos trascendidos sobre distintas acciones efectuadas por el papa, como haber realizado personalmente algunas llamadas telefónicas para persuadir a distintos legisladores que pensaban cambiar su voto, la sensación al final es que su accionar tuvo sabor a poco y muy distante de aquella imagen de compromiso que todos admirábamos del obispo Jorge Bergoglio cuando era capaz de subirse a un colectivo para cumplir su labor pastoral en las villas pobres de su diócesis.

Que nadie se sorprenda ahora si a partir de lo aprobado en Argentina muchos otros países latinoamericanos van a seguir el camino de legalizar el aborto, será un triunfo de quienes concibieron hace ya muchos años aquello que se llamó la doctrina McNamara, cuyo fundamento central sostenía que para combatir la pobreza era necesario el control de la natalidad.

También habrá que preguntarse si con ello no se consolidará en el devenir de los países pobres una nueva doctrina que en nombre de la solidaridad y de la igualdad termine afirmando tres pilares muy discutidos del populismo:

“Pobrismo + oscurantismo + control de la natalidad”.

Es muy llamativo y preocupante que en estos tiempos en que se defiende al pobrismo, se cuestiona al mérito como valor para alcanzar el progreso y se impulsan leyes de control de la natalidad existan regímenes autoritarios que, aunque nacieron en democracia, tienden cada vez más a parecerse a los gobiernos como los de Rusia y de China. Basta con mirar lo que pasa en nuestra hermana Venezuela.

La Iglesia católica tuvo en la Edad Media una de las etapas más nefastas de su historia, no solo por los horrores de la inquisición, sino fundamentalmente por aceptar al oscurantismo como doctrina de control y dominación.

Finalmente, cabría preguntarse con preocupación si, dado que también son seres humanos quienes integran la cúpula de la Iglesia católica argentina, no se estará consintiendo en nuestro país, por pasividad, comodidad y omisión, el acompañamiento a regímenes populistas que vienen avanzando en nuevas formas de un renovado oscurantismo, más moderno, más épico y más popular.


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